Fermín Gassol Peco.– Hace años el trabajo me hizo coincidir con una persona que mantenía un comportamiento ciertamente admirable. Declaraba ser víctima del sistema, es decir, de las personas y circunstancias con las que tenía relación mientras vivía dándole a su bola tan feliz, liberado de toda responsabilidad; una actitud que prolongaba en la familia.
Las personas “victimistas” tienen esa universal connotación; la de considerarse perjudicadas en todas las situaciones, decisiones y actuaciones. Una manera negativa y pasiva de andar y comportarse por la vida. En contraposición a los paternalistas, a quienes se les ve de lejos, a los “victimistas” hay que buscarlos a ras o bajo el suelo, pues actúan desde una trinchera sicológica a la que recurren tanto para disparar acusando verbalmente o para refugiarse de los vientos y avatares de la vida.
El victimismo, como todo aquello que afecta al comportamiento fuera de lo normal, mantiene diversos grados; en un lenguaje coloquial, para nada académico, pero sí creo que ilustrativo, podríamos decir que existe un victimismo extrínseco y otro intrínseco. Quienes pertenecen al primero suelen culpar a los demás, liberándose así de toda responsabilidad, sacudiéndose las moscas y viviendo tan felices; suelen ser personas inseguras e inmaduras y poco inteligentes. El victimismo intrínseco, al contrario, si afecta a la intimidad de quienes lo padecen haciendo de sus vidas auténticos calvarios; en su estado más extremo puede acabar en una paranoia. Una enfermedad que quizá pueda tener su origen en alguna experiencia adversa o traumática durante la infancia, que en la vida todo tiene su porqué.
Pero existe otra forma de victimismo mucho más repercusiva por las consecuencias sociales que pueda acarrear: el victimismo manipulador, aquel que se ejerce para obtener beneficio personal o estructural en ámbitos de determinadas etnias( no diré cuales), religiones (luterana); y de una manera sobresaliente en algunas ideologías políticas como estrategia electoral, apelando a la empatía popular para lograr apoyos, culpando a los demás de todo lo que se menea, deslegitimando a los adversarios, evadiéndose de toda responsabilidad hacia aquello que critican o censuran. Los populismos como una forma de victimismo político social.
Cierto es que todos hemos sido víctimas en más de una ocasión de situaciones o decisiones en la que hemos salido perjudicados. Al contrario sería imposible pues nadie está libre de cometer errores que resultan tener mayor o menor trascendencia en las vidas de quienes resultan damnificados.
Pero como tantas otras cosas, ser víctima en alguna ocasión nada tiene que ver con una forma de enfocar la vida, que en este caso resulta ser ofensiva hacia quienes van dirigidas las culpabilidades o responsabilidades, convirtiéndose paradójicamente en víctimas reales de esa relación, ya sea familiar, de amistad, profesional, social o política. Son personas instaladas en la llamada “cultura de la queja”; relacionarse con ellas resulta ser en la mayoría de las ocasiones tiempo perdido.











Cuando la victima dirige el país, nos hace victimas a todos de sus mentiras
Su tesis, su banda del peugeot,su constitucional, su fiscal general, su hermano, su mujer y el cambio climatico eso se acaba con el unos enchufados mas ecoresilientes y sostenibles por el contribuyente