Manuel Valero.- La máxima del periodismo es contar la verdad de la cosas con todo su relativismo. Además de esa misión tan heroica –nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio, canta Serrat-el periodismo tiene una doble misión: cumplir con el mandato constitucional de ser vehículo del derecho ciudadano a recibir información veraz, y otra más política, cual es la de fiscalizar al Poder mediante la denuncia o la crítica. Hablo de Poder, no de Gobierno. Más que cuarto poder es contrapoder. Pero de la teoría a la práctica hay un largo y sinuoso trecho.
El periodismo es un ejercicio saludable en un sistema democrático del cual se erige en una de sus columnas que lo sustentan. No es, sin embargo, una tarea olímpica de la perfección. Aunque nada de lo humano le es ajeno el periodismo y el periodista están también sujetos a las miserias humanas. Pero sirva la sugerencia ideal de una profesión vigilante y honrada para entender el trabajo del periodista que persigue la verdad de las cosas sin otro afán que el de cumplir con el sentido profundo de la profesión que bien entendida contribuye a muscular la democracia. El periodismo únicamente cobra sentido en un orden social libre y democrático, ya que los totalitarismos, tanto los duros como los que ejercen una tolerancia justa para perpetuarse, conciben los medios de comunicación como mera propaganda al servicio del Poder.
A lo largo de los últimos años hemos asistido en España a una evolución del periodismo que lo acerca paradójicamente a la prensa decimonónica por cuanto tiene de servicio a una ideología o partido político. Basta echar un vistazo a la prensa del XIX y de buena parte del XX para comprobar que las cabeceras eran mera trasmisión de este o aquel movimiento ya liberal, ya conservador, ya monárquico, ya republicano, ya demócrata o ya socialista. No fue hasta la muerte de Franco y la aparición de El País que en España no comenzó un ejercicio del periodismo independiente… del Poder, que a duras penas ejercían algunos semanarios y el vespertino Informaciones. Como era natural grupos privados editoriales sacaron al quiosco sus propias cabeceras, al tiempo que la radio rompía amarras con la RNE franquista y con los años también se agruparon otras iniciativas en proyectos privados de televisión. La diversificación de los mass media no supuso al extinción de los medios públicos. Hoy, no solo en España sino en el mundo de nuestro entorno y cultura, la televisión y la radio pública coexisten en el mercado de la diversidad.
Y así hasta hoy, con la aparición insospechada hace unas décadas de las redes sociales que lo han trastocado todo hasta crear una sociología digital de generación y recepción de noticias alternativas, muchas de dudosa credibilidad cuando no ninguna –fakes- que incluso han trastocado las relaciones humanas.
De la misma manera que no se concibe el periodismo bajo una dictadura, tampoco es muy saludable que en un sistema democrático, esté cobrando fuerza un periodismo que no es contrapoder sino, todo contrario, aliado y vocero. Mientras se trata de medios privados (generalmente a cambio de publicidad institucional sobre todo en el mundo digital) la contaminación de la información es tolerable y justificable por el hecho de que el abanico debe ser amplio y plural. El problema asoma cuando la titularidad del medio es pública y la independencia y pluralidad exigible por ser costeado por todos los electores, se convierte en una fuerza de choque gubernamental contra las informaciones adversas y las opiniones críticas con el Poder. Insisto, léase Poder y no Gobierno. Si el periodismo ha de fiscalizar al Gobierno de turno, es o debería ser de mayor obligatoriedad para el periodismo público. Pero estos tiempos convulsos en los que vamos a agotar una legislatura (si se agota) sin presupuestos y con la sinrazón de un Gobierno en minoría parlamentaria, la televisión y la radio pública han abrazado sin pudor la causa del Gobierno contra las causas judiciales que tiene abiertas.
He visto a un presentador público tratar de acorralar a un historiador mejicano con preguntas capciosas que se alinean con las tesis de la colonización inhumana y la conquista sangrienta de Hernán Cortes, algo de lo que según el citado entrevistador insinuaba debemos avergonzarnos. El rapapolvo del historiador fue glorioso. Es hasta cierto punto comprensible que los medios públicos sean más condescendientes con el partido en el Gobierno, pero la actual toma de partido hasta mancharse del ente público lo es literalmente.
El periodismo español hoy se ha troceado en trincheras y colabora a ahondar la polarización (maldita palabra), y el periodismo público es un escudo contra los embates de los periodistas serios que son pocos pero los hay, de los que fiscalizan a saco al Poder, repito Poder no Gobierno que siempre es de turno, y también contra las cornadas de la trinchera enemiga, que como trinchera también los hay de traca. Y así vamos.
PD.- El caso contrario lo han protagonizados dos directivos de la BBC que han dimitido de sus cargos por una supuesta manipulación de un discurso de Donald Trump. Por algo la BBC es la televisión pública más independiente del mundo y por eso, la mejor. Además, la televisión española, tanto la pública como la privada, han hecho suyo el estilo Sálvame en las tertulias políticas hasta el punto de hacer de la vieja La Clave un programa, hoy insólito, en la España de los 80.Y luego, ya digo, las redes con canales donde solo falta gritar al abordaje. Tal vez pase que uno se hace mayor, que es una verdad como un templo, porque, efectivamente, no tiene remedio.














