El Ojailén, nuestro valle

Antonio Carmona.- Nos consta que en otros idiomas no se expresa con este mismo sustantivo, pero en el nuestro sí que designamos el origen o surgimiento de un río como el lugar de su “nacimiento”. Es decir, el río “nace”. Le otorgamos así una categoría de especie viva, casi humana. Sería este el motivo por el que, a Jorge Manrique, en las coplas por la muerte de su padre, le vino de perlas la célebre metáfora entre la vida real y la vida alegórica del río, con esta peculiar imagen fluida y sin posibilidad de retorno.

Nuestro río, el Ojailén, sin embargo, no va “a dar en la mar”. Ni siquiera se ponen muy de acuerdo los geógrafos en lo tocante a su recurrido completo, considerando algunos que es un modesto afluente del río Fresneda, mientras otros sostienen lo contrario, prolongando su cuenca hasta la confluencia con el río Montoro. La suma de ambos caudales, Ojailén y Montoro, constituyen a partir de ese momento el río Jándula, tributario del Guadalquivir. Habrá tiempo de ahondar en este tema. Sea como fuere, El río Ojailén y su valle es uno de esos lugares que muchos de nosotros consideramos nuestro hogar. Siempre ha sido un territorio de paso, aunque también de acogida, de ese tipo de acogida que opta por no pedir explicaciones a quien se está buscando una vida.

En esta superficie trapezoidal, entre las sierras cuarcíticas de Calatrava al norte y Puertollano al sur, han quedado remanentes fósiles de hace tantos millones de años que en aquellos entonces ningún río, ningún paso de montaña, ningún valle tenía aún nombre y no había ni un triste homínido para atestiguar la presencia de una vegetación exuberante, tiburones y anfibios que proliferaban en esta peculiar cuenca del Carbonífero. Los cazadores-recolectores abandonaron útiles líticos —raederas, bifaces— en sus márgenes como migas de pan de una memoria ancestral. La revolución neolítica de la agricultura y la ganadería, sembró sus sierras y estribaciones de vías pecuarias y yacimientos en altura, cuyos habitantes tuvieron a bien decorar los abrigos rocosos con una caligrafía montaraz que ahora nos resulta enigmática y fascinante.

No sólo se han trazado cañadas, también vías ferroviarias sobre las que hoy crece la maleza y otras vías férreas con puentes y túneles inacabados que han permanecido hasta nuestros días como un museo al aire libre de lo que pudo ser y no fue. Todas estas sendas han quedado solapadas y ensombrecidas ante una línea de alta velocidad sobre la que no traquetean, sino vuelan trenes que apenas se fijan en el paisaje y parecen ajenos a esta tierra. Si repararan un poco, verían ruinas y castillejos, aljibes, estaciones añosas, norias y pozos, molinos fluviales y orgullosos vestigios de antiguas explotaciones mineras. Verían la silueta recortada del pastor y su rebaño sobre el patético alicatado de paneles solares que se van extendiendo sobre el valle como una “pupa mala”.

Decíamos que los ríos en España “nacen” y el Ojailén eligió una cuna esponjosa y tupida de vegetación ribereña muy cerca de Veredas, pedanía de Almodóvar del Campo, a 725 metros de altura sobre el nivel del mar. Basta recorrer menos de medio kilómetro, siguiendo su curso, para constatar la presencia de su primer afluente: el arroyo de Pulido. Estaría bien que nos acompañarais durante este periplo, escenario de una historia singular, llena de matices, a veces incluso truculentos. Conviene no olvidar que, más allá de sus decenas de afluentes que iremos relatando, somos nosotros mismos su principal tributario, los que lo infectamos hasta su agonía y los que le ayudamos a resucitar. Nosotros contaminamos el río y nos contaminamos de río. El Ojailén muestra sin pudor sus magulladuras y cicatrices antrópicas a las que ha sabido sobreponerse. Un río que, en definitiva, reclama ser el verdadero protagonista de esta historia.

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