Me quedo con el Che Guevara

Amanece 2026 con un temblor. Hemos contemplado la detención de Maduro y tan insólito acontecimiento ha removido los cimientos de lo políticamente correcto. Él mismo lo pedía a gritos: Venid a por mí, cobardes. Pues han ido y lo han domesticado en una visita inesperada (o esperadísima) a su mismo dormitorio después de liquidar a su guardia cubanopretoriana. En unos días hemos visto a un fanfarrón de licorería transformado en un detenido complaciente a juzgar por su cachaza y su happy new year al pisar suelo norteamericano. Uno, que tiene como referencia de la resistencia antiimperialista al Che Guevara que se fue a Bolivia renunciado a la bonne vie habanera después de la Revolución, constata con evidente melancolía la enorme diferencia entre el inmaduro Nicolás y el médico, don Ernesto. Cierto que como todo mito, el Che no ha podido evadir la revisión de su figura en una operación de demontaje que devalua su eterna efigie emboinada que lo asemejaba al mismísimo Cristo. Pero sea como fuere no hay color entre uno y otro. La principal diferencia es la entrega del Che a la causa de liberación de toda América Latina, una tarea no apta para un ser humano desinteresado de sí mismo, que le costó la vida peleando hasta el último momento. Era el tiempo en que el comunismo partía el mundo el dos y los USA no estaban dispuestos a que la semilla cubana floreciera en su enorme patio. Fueron a por él, como fueron a por Sadan Hussein, otro fanfarrón al que encontraron escondido en un agujero como una rata. El Che romántico y autoritario, despiadado con los débiles y los tibios en sus propias filas, cayó abrazado a su causa. Maduro, chabacano, fanfarrón y cobarde por ello, en su propia cama, detenido o secuestrado o capturado como hasta el propio El País titulló, dejando su causa en heredad a la inquietante Delcy Rodríguez que a su vez está dispuesta a obedecer al orate poderoso del Norte que atendió la fanfarronada del orate del sur y fue a por él, a por su petróleo y a rescatar la democracia, después, si hay tiempo. Eso es lo dramático: un presidente de EEUU que baila y habla y actúa sin filtros y otro presidente bolivariano que hace lo mismo. Un pueblo puede soportar a un déspota pero nunca a un mandatario ridículo.

Supongo que los electores que le dieron la victoria diferida a María Corina Machado por medio del candidato Edmundo González, los miles de presos políticos y las familias diezmadas por la represión y el exilio habrán aplaudido que Trump haya hecho lo que Maduro pedía a gritos, que fueran a buscarlo al Palacio de Miraflores. Y que otros muchos a nivel internacional deploren el modus operandi. ¿Pero, puede el derecho internacional ser escudo para la violación de los derechos humanos y que un tabernario bailón se descojone sin pudor de la amenaza después de dar el pucherazo mayor y negarse a entregar las actas de las elecciones?

La derivada global del caso venezolano acrecienta el temor a un desestabilización mucho mayor, ahora con el abordaje a petroleros de bandera rusa. ¿Habrán hablado el yanqui, el ruso y el chino para repartirse el mundo como si se tratara de latifundistas del mundo mundial?

El hombre no ha cambiado nada. Desde el neardhental al que contempla hoy su obra prometeica en forma de robot de apariencia humana y al que manipula o inventa imágenes de Inteligencia Artificial, prepara de nuevo un viaje a la luna y aprieta los primeros tornillos para viajar a Marte en un futuro no demasiado lejano… si es que hay futuro. La dominación del poderoso y su imposición económica, política y social es el ABC de la Historia apenas aparecieron los primeros imperios.

Y así amanece 2026 con un temblor prebélico que ya se está normalizando como si nos prepararan para ello desde los medios y la cancillerías internacionales. Más madera es la guerra.

La paz en el mundo es un anhelo del hombre anónimo pero jamás se ha conseguido. La pulsión de conquista y dominio está metido en el tuétano del ADN. Es la condición humana. No hemos evolucionado nada aunque viajemos en avión y hablemos por un pedazo de plástico de bolsillo. Estamos en una encrucijada cuya estrategia solo la conocen los estados profundos de los Estados visibles. Y para colmo, un tipo de Moscú que celebra la Navidad ante unos niños diciéndoles que Rusia está embarcada en una guerra sagrada. Otro tipo de mirada cerrada de ojos al que le da igual y otro que hace aspavientos como un imbécil que alardea de haber detenido a otro orate por el bien de la humanidad. Y de refilón la señora Machado ofreciéndole la mitad del Premio Nobel de la Paz, al zanahorio si la deja mojar en la nueva Venezuela.

PD.- Me quedo con Che Guevara así lo revisen quinientas veces. Que 2026 tembloroso e inquieto nos depare algún que otro bien.

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