Venezuela

“Sólo la unidad del pueblo y la solidaridad de sus dirigentes garantizan la grandeza de
las naciones.”
ANDRES BELLO
(Poeta venezolano)

Produce una cierta perplejidad que personas y colectivos que no se estremecieron cuando Rusia invadió Ucrania tengan ahora la sensibilidad tan a flor de piel confundiendo a un sátrapa cruel con un presidente elegido democráticamente por su pueblo. O que se vea normal y que no tenga consecuencia política alguna que, a Edmundo González Urrutia, que ganó las elecciones de 2024, se las robara el dictador Nicolás Maduro.

El derecho internacional al que se apela no debe amparar tal usurpación. Pero no hay un poder coercitivo que imponga una resolución internacional de la ONU, como la dictada en 2024 por conculcar los derechos humanos al régimen de Maduro —por detenciones arbitrarias, tortura, asesinatos y violencia sexual por motivos políticos—, que constituyen crímenes de lesa humanidad y que hacen entendible este tipo de intervenciones.

Se habla del interés de Trump por el petróleo venezolano, y es cierto, pero en estos años la compañía petrolera norteamericana Chevron ha trabajado con el régimen chavista a través de empresas mixtas venezolanas como Petroboscán. Se dice, con razón, que Trump quiere controlar el poder en el hemisferio occidental. Lo mismo que quieren China o Rusia en sus áreas de influencia. Esta acusación, aunque no nos guste, solo constata una realidad.

Sería bueno reconocer a los buenos profesionales a los que Chávez expulsó de su puesto de trabajo tras la huelga de PDVSA en 2002 y 2003. Desde entonces el chavismo fue incapaz de mantener la industria petrolera del país, reduciéndose la extracción de petróleo a una cuarta parte de la que había anteriormente. Ahora hay que hacer una elevada inversión para recuperar esa industria que beneficia al conjunto de los venezolanos.

Hay casi nueve millones de emigrantes que han salido del país debido a la economía de ruina de un régimen de “socialismo real”. Allí la gente no puede vivir, los jóvenes no tienen futuro, la sanidad y la educación están deshechas, la corrupción impide el desarrollo del país y la inseguridad limita las libertades individuales. Cuando Hugo Chávez decía aquello de “¡Exprópiese!”, provocó una gran estampida de ciudadanos fuera del país.

Las elecciones, —salvo la primera que ganó Hugo Chávez en 1998 tras su golpe militar de 1992—, todas han sido fraudulentas. El exdiputado vasco, Iñaqui Anasagasti, nacido en Cumaná (Venezuela), fue observador electoral en dos ocasiones. Pero ante la denuncia de las irregularidades del manejo en su programa “Aló Presidente”, Hugo Chávez le impidió que pudiera ser observador en futuros comicios.

Llamar ultraderechistas al presidente electo Edmundo González Urrutia y a María Corina Machado, es engañar, porque ellos presentaron un programa elaborado por toda la oposición que va desde el Partido Comunista a los neoliberales, pasando por los socialdemócratas y los socialcristianos. Los venezolanos saben que a su país no se lo saca del marasmo actual sin unión, ideas claras, solidaridad y un programa político consensuado.

Rodríguez Zapatero ha contribuido a que España haga la vista gorda en los temas espinosos relacionados con Venezuela. Cuando era presidente designó como embajador en Caracas a Raúl Morodo, quien fue denunciado por corrupción, blanqueo de capitales y evasión fiscal. Por todo ello, el exembajador y su hijo fueron condenados a penas de prisión. Además, Zapatero, es lobista por intereses personales y blanqueador oficial del régimen chavista.

Por otra parte, la influencia del expresidente sobre Pedro Sánchez es decisiva. Lleva su sello el caso Ábalos que recibió irregularmente —y todavía no se sabe muy bien para qué— a Delcy Rodríguez en Barajas; la extraña concesión del rescate a la aerolínea venezolana Plus Ultra, que hoy investigan los jueces; no reconocer la victoria electoral de Edmundo Rodríguez Urrutia; o no felicitar a María Corina Machado por su Premio Nobel de la Paz.

Hoy, nadie entiende la resistencia del chavismo sin la experiencia dictatorial y represiva de los cubanos. La relación con ellos incluye empresas ruinosas, el intercambio de recursos energéticos y la tecnología de la información, sobre todo para el control de los servicios de inteligencia militar. No obstante, habrá que escuchar al jefe de la inteligencia de Chávez, “El pollo Carvajal”, en sus declaraciones ante los jueces norteamericanos.

La extracción de Maduro por parte de EE. UU., no parece ser suficiente para que se restituya un sistema democrático como clama la oposición al régimen chavista; ni para que se separe del poder a los líderes corruptos del chavismo, algunos de ellos crueles y sanguinarios represores de la población; ni para que se liberen a los mil presos políticos, entre los que hay unos veinte españoles, dos de ellos por la increíble imputación de supuesto espionaje.

Gobernar con el mando a distancia desde Norteamérica, manteniendo en el poder a chavistas incondicionales, como a Delcy Rodríguez o a Diosdado Cabello, no parece la mejor forma de gestionar un país que necesita acometer reformas estructurales profundas y en casi todos los ámbitos, para recuperar la paz, la democracia y la dignidad que merece el pueblo venezolano.

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