Manuel Valero.- Cuando uno cumplió los siete años y puso en funcionamiento el uso de razón creía que el agua agria era simplemente eso: un agua con sabor a vinagre. Luego, a medida que el uso de razón se musculaba tiernamente, descubrió que no era agria… era de un sabor que aún no atinábamos a definir. En cualquier caso, fue todo un hallazgo porque el agua agria de la Fuente se podía beber, algo impensable, de haber tenido el sabor que creíamos al escuchar el calificativo que nos sugería un sabor desagradable, digno de un castigo materno. Pasados unos años, recuerdo que el caño vecino al de beber, el que apuntaba a Simago, tenía un oricio en el lomo del grifo, taponábamos el orificio de desagüe, poníamos la boca en el del lomo, y un picor carbónico entraba por la nariz provocándonos una sensación desconocida. ¡Quién no guarda recuerdos de la Fuente Agria que siempre ha estado allí con su templete decimonónico: el caño de beber a pie de fuente con una fila que escalaba desde el foso a las barandillas, los jarros de vida breve, las gradas atestadas de aguadores/as domésticos, los calambrazos que daba la barandilla y las disputas por la vez, los murcielaguitos que la revoloteaban con su vuelo quebradizo una y otra vez…
Con los años el agua fue perdiendo fuerza caudalosa y acidez. Una vez la Fuente dejó de desaguar por unos días y hoy, el Ayuntamiento trata de solucionar un problema identitario y emocional. Un asunto de importancia sentimental comparable a proyectos futuros o en marcha.
Uno cree que llegados a este punto dan igual las causas del debilitamiento paulatino de la Fuente, si es por causas naturales, el agotamiento del acuífero que la suministra, o si es por otras causas humanas como las construcciones llevadas a cabo a lo largo de los años en las calle próximas que horadaron el subsuelo y pudieron cortar el normal discurrir de las escorrentías. Recuerdo el charcón que brotó cuando derribaron la Plaza de Toros para hacer la aberración urbana del edificio Tauro.

No es tiempo de malgastar energías en buscar responsables a rebufo de la polarización que tanto aturde y aburre. Hay que ir a las soluciones. Y por lo informado por parte del alcalde, Miguel Ángel Ruiz, basado en informes de técnicos y expertos, hay una perentoria y urgente: taponar los grifos con pulsadores para que cuando nadie acopie, deje de salir y se desperdicie. No parece mala idea. Son horas y horas que la fuente descarga ininterrumpidamente desde tiempos remotos, aunque hoy lo haga con agua menos agria y con menos fuerza, de caudal y de sabor. Se supone, desde la especulación del inexperto, que si la fuente se regula a voluntad para que no se pierda el agua inútilmente, ese ahorro contribuirá a aumentar el depósito. Uno lo ha pensado más de una vez cuando por la noches de invierno o a la amanecida contemplaba los cuatro caños vertiendo para nadie. Tampoco aquello suponía una preocupación porque formaba parte de la rutina identitaria. En mis tiempos de periodista activo aprovechaba la ocasión de la visita de algún escritor, sobre todo, para llevarlo a probar la agrura del agua. Había que acostumbrarse, claro. La otra parada obligada era contemplar la refinería por la noche desde un punto del cerro Santa Ana. Aunque sea una inmodestia y esté feo decirlo, uno de ellos, me dijo que le había gustado la definición que yo había hecho de la refinería en mi opera prima, Tres Veces Quince: que la refinería parecía una nave nodriza extraterrestre posada con cachaza pacifista en la zona.
Atajar el problema es de por sí un logro. Racionar y racionalizar con los grifos presto, reconducir hacia el caudal madre el agua aceda de otros pozos o atajarlo en plan cirujano sobre la carcasa de madera bajo la cubierta de hierro leonada… da igual. Otra cosa será recuperar el vigor carbónico de entonces, lo cual incumbe a la naturaleza.
Si las distorsiones del clima lo permiten, si llueve sin dramatismos pero con abundancia y si la acción del Ayuntamiento acierta con el tratamiento, el rescate hídrico será una noticia tan importante como la apertura de EL Bosque, aunque en otro registro.
PD.- Larga vida a la Fuente que da un agua dulcemente agria.





