Fermín Gassol Peco.- De siempre me atrajeron los rincones escondidos, aquellos espacios opacos habitados por piedras, rocas y humedad, «sumergidos» desde nadie sabe cuándo y debajo de la superficie que pisamos; cuevas y grutas que albergan en su seno el secreto de la atemporalidad.
Esas cavidades gigantescas que permanecen aún sin ser descubiertas por el ser humano, o lo mismo que decir por el tiempo, manteniendo aún en su interior la quietud de una atmósfera de eternidad.
Mi interés por estos espacios nació tras visitar hace ya años la cueva del Pindal, término de Pimiango, límite de Cantabria con Asturias; una enorme cueva abocada al mar abierto, (muy próxima a la ermita donde se rodó una escena de la película El Abuelo), situada en un entorno paradisiaco y a la que sólo se puede acceder por una escalera incrustada en las rocas. Ahí bajo, el espectáculo está servido; un impresionante orificio, iluminado al principio por la luz natural, da paso a la más absoluta oscuridad. Una vez dentro, la vista es la misma que la de hace acaso millones de años, el rugido del mar sigue cobrando un sonido impresionante, envolvente y coral, algo que permite imaginar cómo fue la vida de quienes la habitaron en el Paleolítico. Después fueron algunas más las que quien escribe recorrió a golpe de linterna y siempre acompañado por guías del lugar.
Y es que penetrar en esos subterráneos inmensos, inacabables, profundos y hermosos, bordear simas donde caben catedrales, conocer cómo vivíamos hace más de cien mil años, pisar donde nuestros ancestros lo hicieron; permanecer en ellas y admirar la belleza de ese mundo atemporal es algo sobrecogedor.
Las cavidades, grutas y cuevas permanecieron ajenas al paso de un tiempo del que no tuvieron noticia hasta que fueron descubiertas violando así su clima ancestral, llenándose de un aire extraño para ellas, llenándose de tiempo.
Las fotos en esos lugares están prohibidas porque dicen perjudicar la vida de las obras pictóricas y puede que sea verdad sobre todo para el negocio que se mantiene en las tiendas de recuerdos; sin embargo, aquello que de verdad es nocivo para estos testigos de la eternidad terrenal es la presencia del tiempo en su vientre virgen a través de la puerta abierta por el ser humano.
Y es que en esos espacios ocultos de la tierra, ‘siempre» fue la única realidad, el único concepto existente. Allí permanecerán sobreviviendo, pero ya no será lo mismo; el ser humano las habrá convertido en tiempo.





