El Atrancadero del Valle de Alcudia

Antonio Carmona.- Este recorrido comienza, como tantos otros, antes de dar el primer paso, mucho antes de escribir la primera línea del cuaderno. Empieza cuando el caminante desliza el dedo índice sobre el mapa con ilusión e inquietud, y con una pizca de miedo. Sí, con miedo. Pero, miedo, ¿a qué? Es esta sensación la que más le cuesta comprender. Debe de ser un temor ancestral ante el recelo de que un día pudiera perder la ilusión, las ganas o el atrevimiento, pudiera faltarle el tiempo o las fuerzas para seguir adelante.

La Ruta 9 es un itinerario faldero y travesero. Recorre y atraviesa una larga falda plisada y montaraz en umbría, cuyos pliegues los ha surcado el agua con la máxima dedicación y parsimonia, mientras remata y adorna dobladillos aquí y allá con una vegetación frondosa. Aquí experimenta el caminante el sentido más profundo de la palabra “emboscarse”. No se trata de ninguna operación beligerante sino de todo lo contrario. La “emboscada” consiste en satisfacer una necesidad perentoria de adentrarse y ocultarse bajo el ramaje, como huyendo de sí mismo. Aquí se vuelve invisible y es mucho más fácil diluir emociones adversas. Conforme avanza, el camino y todo lo que le rodea gana en belleza. “Y aún no has visto nada”, parece susurrar el silencio del bosque, “ahora viene lo mejor”. Pronto comprueba que no se trata de vana jactancia.

Más de diez arroyos y vertientes bajan perpendiculares al trazado de la ruta del Atrancadero hacia el río Montoro. En su recorrido de oeste a este, se topa el caminante con los tres primeros que se deslizan sigilosos para formar en una cota más baja el arroyo de las Malagonas. A este sector de sierra Madrona se le conoce por el nombre de las Malagonas o Umbría de Ventillas. Después de un par de pendientes suaves, el sendero invita a detenerse de nuevo para escuchar el murmullo acuífero provocado por la vertiente de Postorillo. El paso sobre cada una de estas corrientes montunas ha quedado solucionado con un sencillo puente de piedra o ladrillo macizo. A veces cuesta distinguir dónde termina la obra humana y dónde comienza la natural, fiel a su esencia, embosca todo aquello —y a todo aquel— que ose permanecer en sus dominios.

Es un día gris con posibilidades de lluvia o nieve que no acaban de materializarse. El siguiente arroyo ni siquiera viene reflejado en el mapa topográfico y algún otro carece de denominación. Se trata de una de las umbrías más húmedas, extensas y desconocidas de la provincia de Ciudad Real, que recorre sierra Madrona con elevaciones que sobrepasan los 1.300 metros. A pesar de la escasa visibilidad que ofrece el día, en ocasiones se dejan ver los gigantescos paredones y peñones de las cumbres, como ocurre al llegar a la siguiente “estación-puente” de este periplo, por donde discurre la vertiente de Pelado. Incluso durante el rigor del estío, alguno de estos arroyos continúa vertiendo un hilo de agua, con un caudal tan nimio que no consigue alcanzar el río Montoro, filtrándose o evaporándose en la parte más baja de la ladera. Las lluvias estacionales aportan ese empuje que les proporciona esta imagen bucólica e inofensiva, aunque puede tornarse en brava, peligrosa y torrencial durante eventos tormentosos.

El caminante ya escucha el rumor de la vertiente de las Lastras mucho antes de llegar a su encuentro. Su caudal debe de ser más abundante o la pendiente más pronunciada. Sobre el puente comprueba que ambas suposiciones responden a la realidad. “Las Lastras” es una denominación muy recurrente por estos montes y alude a superficies de piedra lisa o escalonada, como es el caso, por cuyos peldaños salta este cristal licuado con gran estrépito jubiloso, formando una escalera ribeteada con diversos tonos de verde flora: flora mediterránea. Aunque en esta umbría no se localiza ningún topónimo llamado “horcajo”, otro nombre muy común en la zona, sí que son muchos los pequeños regatos que nacen por separado para unirse en “horquilla” corriente abajo, como les ocurre a los tres riachuelos siguientes en el recorrido de la ruta, poco antes de alcanzar la preciosa vega de pinos piñoneros paralela al río Montoro, ya muy cerca de la aldea de Ventillas.

Mucho más familiar le resulta al caminante el arroyo de la Chorrerilla, el último que atraviesa esta ruta. Justo en este arroyo se dispuso un pequeño dique en los años setenta, desde donde succionar el agua consumida en Ventillas. Hasta la fecha, jamás ha faltado el abastecimiento. Es cierto que el río Montoro nace y define su cauce algunos kilómetros antes de llegar a la aldea, pero toda esta floresta sombría, transitada por la ruta, aporta, sin lugar a dudas, las fuentes más generosas para henchir su corriente. No en balde, en diversos mapas topográficos antiguos, el río Montoro es denominado “río de Ventillas” a lo largo de este sector.

El retorno es cuesta abajo siguiendo el curso del arroyo de la Aliseda, que se dirige hacia la aldea de Ventillas. El caminante ha dejado a la derecha otra ruta hacia la Chorrera. ¡Otro día será! La mente a veces se entretiene en elaborar asociaciones disparatadas y, así, recuerda las palabras de aquel maestro en artes marciales: “Be water, my friend!”. No estaría mal diluir cuerpo y pensamiento, hacerse agua para fluir sin premura, divagando en cada uno de sus recovecos, hasta llegar al puente de madera que une la aldea y la ermita, el cobijo y el consuelo. En cualquier caso, mientras acaricia la corriente, el caminante constata que la temperatura del agua no es precisamente la más conveniente para su edad ni la de sus huesos.

La naturaleza, en cualquiera de sus manifestaciones, es siempre asombro y alivio. Hoy ha percibido nuestro viajero que por los arroyos corre el alivio. Por los arroyos y por las vertientes de sierra Madrona, que se desangra en transparencias.

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