El Olimpo de los dioses

“Y uno por uno, los siete velos fueron cayendo.
Una mirada furtiva, una caricia pasajera.
Piel sobre piel, sudor que gotea”.
REY SALOMON
(El cantar de los cantares)

Hay quienes tienen como afición conocer la apasionante historia de Roma. Sienten especial admiración por personajes tan irrepetibles como Julio César, del que conocen todas sus gestas militares o sus cualidades como político. Recuerdan la enigmática desaparición de tres de sus legiones en las campañas de Germania. O han leído, casi con devoción, toda la obra sobre Roma del excepcional escritor de novela histórica, Santiago Posteguillo.

Tengo un amigo muy aficionado a todo lo que significa la cultura latina, al mundo de la Roma Antigua, —que nutre con visitas a monumentos de la época, a los restos de las antiguas ciudades romanas; viendo documentales y películas; o leyendo publicaciones especializadas de autores reconocidos—, que, como broma, me dice que tengo que escribir sobre Roma, que es un universo apasionante y que, así, conseguiría fidelizarlo como lector.

A otros les gusta conocer lo ocurrido en las guerras mundiales; la apasionante historia de España en América y Filipinas; los periodos convulsos de nuestra historia contemporánea, desde la guerra de la Independencia hasta nuestros días; o el enigmático mundo de Egipto. Aunque, si hay un periodo de referencia para muchos, ese es el helenístico, el periodo de la Antigua Grecia, la clásica, la que fue cuna de la civilización occidental.

La cultura griega ejerce un magnetismo especial en escritores, filósofos, artistas, historiadores, en el mundo del derecho, en la política y en casi todas las ramas de humanidades y de la ciencia. En él está el origen de nuestras instituciones jurídicas y políticas, pero también la etimología de palabras como ágora, teoría, democracia o filosofía. Y todo lo que es la mitología griega que aporta una visión fabulosa y de leyenda de ese mundo.

Irene Vallejo es una escritora que, —como filóloga clásica y por sus conocimientos de la cultura griega—, ilustra sus novelas, ensayos o artículos, con historias de todo ese mundo de la Grecia Antigua y de Roma. En una ocasión habló del mito de Aquiles y de su fragilidad. Narra cómo Tetis sumergió a su hijo en el río del Más Allá para hacerlo inmortal, pero al sostenerlo por el talón, dejó esa parte vulnerable, el conocido talón de Aquiles.

Hace unos días, me han enviado un artículo que me ha parecido muy interesante. Lo escribe un antiguo compañero que llegó a ser Director General en la Administración General del Estado. Era un jurista de prestigio y solvente en la materia en la que él se había especializado. Reconozco que desconocía sus cualidades a la hora de escribir un artículo tan sugerente que está ambientado en la mitología griega y en el Olimpo de los dioses.

El propio título resulta atractivo: “De cómo la elección de Miss Olimpo motivó la guerra de Troya”. En él trata del rapto de Helena por Paris; cuenta el suceso mitológico que desencadenó la épica Guerra de Troya; conflicto inmortalizado por Homero en su obra “La Ilíada”, como uno de los conflictos más famosos de la antigüedad y que tuvo su origen en una simple disputa de belleza entre tres diosas del Olimpo de los dioses.

El artículo relata la historia de la conocida como “manzana de la discordia”, que nos anuncia el inicio de una disputa. La diosa Éris, diosa de la discordia, dejó una manzana de oro al lado de Hera, Atenea y Afrodita, con la inscripción: “para la más bella”. Ante la falta de acuerdo, las diosas recurren a Zeus, el padre de todos los dioses, para que dirima el conflicto. Pero Zeus declinó y encomendó la decisión a un mortal. A Paris, príncipe de Troya.

Las tres diosas no se limitaron a mostrar sus encantos a Paris y le ofrecieron recompensas tentadoras si este fallaba a su favor. Hera ofreció al troyano poder y riquezas, convencida de que esto es lo que mueve a los mortales. Atenea le ofreció la sabiduría y la victoria en las batallas, para convertirlo en el hombre más sabio y valiente del mundo. Afrodita fue modesta y le propuso conseguir el amor de la mujer mortal más bella de Grecia.

Paris optó por la propuesta de Afrodita, lo que tuvo graves consecuencias para Troya, ya que la mortal más bella de Grecia era Helena, esposa de Menelao, rey de Esparta, por lo que Paris para hacerla su esposa tenía que raptarla. La diosa Afrodita cumplió lo prometido a Paris. Él rapta a Helena, la lleva a Troya y la convierte en su esposa. Este hecho desencadenará la conocida Guerra de Troya, que acabaron ganando Menelao y sus aliados.

Mientras las diosas Hera y Atenea apelaron a la ambición y el orgullo de Paris, la diosa Afrodita fue directa al corazón de este joven. Lo que concluyó con la elección del amor sobre el poder y la sabiduría, que otorgó el título de “Miss Olimpo” a quien quizás no debía. Pero parece que los dioses no percibieron que Paris tenía más corazón que cabeza.

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