Fermín Gassol Peco.- El cine siempre ha sido un arte, un espectáculo único, un agradable y entretenido pasatiempo y a veces algo con intenciones culturales más profundas, que siempre nos deja algo novedoso en la retina, que esa es la esencia, el objetivo que pretende cualquier arte.
Pertenezco a una generación en la que el cine fue casi el único entretenimiento, junto al fútbol, del que podíamos disfrutar. Recuerdo las salas que existían en aquellos años de la segunda mitad del pasado siglo, Proyecciones, Olimpia, Cervantes, después el Castillo, en verano los cines Calatrava, Avenida, Savoy, Plaza de Toros, todos ellos desaparecidos y después el Quijano y ahora Las Vías. ¡Asistí a todos ellos, en todos ellos disfruté, soñé y me emocioné! Asistí, disfruté y sigo haciéndolo de una manera asidua.
La pandemia pasó una factura brutal a las salas de cine. La disminución de asistencia para ver las películas en la gran pantalla, que sigue siendo su espacio tradicional y natural, padeció un declive quizá propiciado también por la gran oferta de series que pueden verse sin salir de casa con esas enormes y extraplanas televisiones que convierten el salón o el dormitorio en una sala de cine sin horarios. No obstante soy de los que siguen yendo al cine con frecuencia en primavera, otoño, verano e invierno.
Pero vengo observando que afortunadamente la asistencia al cine va en aumento. Hacía tiempo que no asistía a películas con las salas prácticamente llenas. Quizá sea debido a la calidad y reclamo de las películas exhibidas, (aunque hay de todo). Y es que manteniendo la teoría de que el cine en casa resulta ser más cómodo, los amantes del cine solemos responder en mayor número ante películas que reclaman ser vistas en una pantalla de mayores dimensiones que las domésticas. .
Las salas de cine son en suma, esos espacios históricos, míticos, donde a lo largo de unas horas podemos asistir y penetrar en una realidad que a veces puede identificarse con la vida.
Porque las nuestras son algo así como películas de las que, aun siendo guionistas, productores, directores y cámaras, paradójicamente desconocemos casi todo de ellas mientras no llegue el final. No sabemos a priori cuántos personajes intervendrán, el reparto completo ni la importancia de cada papel a interpretar. Ignoramos así mismo los espacios y escenarios en los que se va a rodar, el presupuesto y metraje, la duración que tendrá; pero sobre todo y lo más importante el género o géneros que encerrará; si se tratará de un drama, thriller, será policíaca, de terror, costumbrista, de carácter político, bélico, científico, de misterio, o de amor.
Salvo en aquellos casos en los que, el o la protagonista lo tenga muy claro desde la infancia, películas de culto, la temática de cada cinta que relata nuestras vidas se verá salpicada por contenidos de muy distinto cariz. En todos los casos, el resto de elementos continuará siendo una incógnita.
Habrá momentos de amor, preocupación, imprevistos, misterio, desencantos, alegrías, humor, es decir, cada película, será un crisol de varios géneros, que en esto consisten nuestras vidas, aunque desgraciadamente el peso temático variará mucho según los factores sociales, económicos, culturales y morales en los que hayamos nacido y educados…Y como elemento final…la suerte que siempre estará revoloteando a nuestro alrededor.
Nuestra cámara personal irá filmando secuencia a secuencia cada momento, cada hora, cada minuto, cada segundo de nuestra existencia. Y lo hará según vaya demandándole el futuro en un guion siempre abierto, a veces previsible, reiterativo y otras sorpresivo y discontinuo.
Cada una de nuestras vidas resultan ser pues a modo de películas más o menos enigmáticas, rodadas con nuestra cámara particular. Cada una de ellas desde un plano distinto según la posición en la que esté. De ahí que de una misma escena se obtengan tantas perspectivas como personas asistan a su rodaje.
Millones de películas, de vidas en las que nunca coinciden actores, escenarios, guiones, directores, planos, ni cámaras, todas ellas distintas. Millones de capítulos para una serie interminable que bien podría denominarse: Nuestras vidas son a modo de películas de las que desconocemos su final.
¡Rodando: cámara, acción…!






