Tengo escrito ya –con mucha anterioridad en general y en particular sobre el caso de Manuel Valero (Puertollano, 1954)–, sobre estos propósito duales de las escrituras circulares y sobre los trampantojos escritos, que van y vienen en un raro bucle entre la vida y la escritura, y después de rebotar en la página escrita se instalan de nuevo en nuestras vidas, como cosa vivida. Todo ello, como comentaré, a propósito, de la última pieza de Valero Un largo pórtico (2025), presentada el pasado año en Puertollano y a la espera de su presentación en Ciudad Real. Que, pese a quien pese, no cuenta con un modelo narrativo equivalente –más allá de algún relato breve o de algunos cuentos dispersos obra de autores diferentes– al desplegado en Puertollano por Manuel Valero. Quien ha sabido recrear un trayecto que nos permite entender bien la afirmación sostenida por él mismo, de que ‘La memoria histórica de un país [de una región o de una ciudad] es su literatura’. Observable ya, todo ello, en notas diversas y diferentes acepciones. Las redes de la memoria son por ello, tremendamente literarias y de ello podríamos seguir hablando: Benet, Ferlosio, Llamazares, la Guerra Civil, Malraux, la escritura de Manuel Valero, mi propia escritura, Puertollano, el Calvo Sotelo Fútbol club, el Grupo XIV de la Tercera División de los sesenta, Anezda y Kasama, los Puertollanos de Víctor de la Serna, de García Pavón, de Fernando Cuadra el pintor suicida, del otro pintor, Manuel Prior, con el que estuvimos allí en 2014. Frente a ello la permanencia detectada por Enrique Laborde en su poco conocido Viaje al calor (1962). En la introducción dice Laborde que “Este es un libro absurdo, como absurda fue la aventura que lo engendró”. En el episodio de Puertollano, Laborde recoge la afirmación del guardia municipal que dice que “Puertollano es Texas”; probablemente por los brillos metálicos, por la refinería estruendosa o por el ruido de los cláxones de autos de importación paseantes en el paseo de San Gregorio. Retomando la afirmación de 1953 de Víctor de la Serna en La ruta del calatraveño en la estampa 14, dedicada a Puertollano, llamada Aguas dulces y agrias. “Parece una ciudad del Oeste americano, pero de verdad”. Cumplido elogio de la visión nocturna de la ciudad iluminada, con plásticos, formica y fluorescentes, justamente en el año del establecimiento de las relaciones diplomáticas con USA. En las estampas de la Mancha, García Pavón había reducido el efecto de las palabras de De la Serna con sus Escolios y Nuevos escolios. En el caso de Puertollano no hubo escolios, pero si un texto de Pavón de 1955 Puertollano ciudad mestiza, que se contraponía a los tres Puertollanos introducidos por De la Serna (Peñarroya, Calvo Sotelo y Puertollano propiamente dicho). Pavón establecía, por ello, cuatro edades: Espiga, Agua, Carbón y Pizarra bituminosa. De las dos centrales ha tomado Valero argumento de sus libros de 1999 y 2002. Yo escribía en enero de 2005 en mi sección Orificios, de La Comarca de Puertollano, esas marcas y señales: “Como las literarias que son las que mejor componen y reflejan el imaginario colectivo, aunque sean más fatigosas de obtener. Que haberlas haylas, aunque no sean numerosas. Yo ya he relatado en estas páginas algunos casos singulares como los de Miguel Hernández, Eduardo Zamacois o Guillermo de Torre, al anotar a Puertollano desde la memoria de las palabras. También, como no, los casos más singulares y visibles de Víctor de la Serna y de Paco García Pavón. Todos ellos, en algunas de sus páginas, han esbozado algún barrunto puertollanero, alguna rememoración de una tarde verde y plana o alguna acotación de un día húmedo; notas que aún pueden ser leídas hoy y que permanecen en el tiempo insondable que abre la escritura.
Habría que proseguir, por tanto, con esa indagación de Puertollano visto desde lo literario y desde lo escrito. Para mí la más reciente captura en esa senda del imaginario literario ha sido la de Javier Pascual y su relato corto ¿Pero existe ‘El caballo de Mestanza’? Texto editado en 2003 por la Editora Regional Extremeña y que se suma a esa nómina que gira de Ángela Vallvey a Lorenzo Díaz, entre otros. Relato el de Pascual, que en su primera parte Un texto para la clase da rienda suelta a las memorias de una niña que escribe en un verano largo del Puertollano de finales de los cincuenta. La niña que anota sus sensaciones de ese verano interminable aprende a montar a caballo, justamente en Mestanza; mientras su padre trabaja en la Empresa Nacional Calvo Sotelo, y ella y su madre le aguardan y esperan entre las viviendas violetas del Poblado y la piscina azul y verde de los ‘ingenieros’. No hay muchos datos sobre la ciudad que se estiraba al sol de los cincuenta desde un incipiente proyecto de industrialización que ya acaba de cumplir cincuenta años; pero si hay pinceladas breves sobre las calles y carreteras y sobre algunas ciudades del entorno de esa narradora menuda, que aún duda y titubea, mientras aguarda el otoño pleno para volver a su internado de Córdoba y no de Ciudad Real. Y eso que su madre era originaria de esta localidad; aunque su padre sabemos que era cordobés y que conducía un flamante Renault Dauphine. Poco sabemos de Puertollano, más allá del calor reinante en las tardes de sábado de julio o de agosto en la ruta de Mestanza; de los profesores de natación que adiestran a la pequeña narradora en la piscina del Poblado; o del mayoral que la dirige en la doma, en la finca de unos amigos.
No hay mucho más, quizás un largo silencio y un severo aislamiento de todos los protagonistas del relato que suma pistas a ese imaginario literario de Puertollano. Imaginario que ha crecido mucho más, de forma evidente con la presencia de gente acumulada del presente. Gentes que van desde Manuel Valero, Eduardo Egido, Francisco Correal, José González Ortiz o Manuel Juliá. Autores que se han esforzado por tratar de fijar las imágenes de un pasado desvanecido y que visto desde hoy suena a rememoración imposible. Como si la literatura fuera la metáfora imposible de un ayer, que visto desde hoy se agranda y se desvanece. Como si la literatura fuera un recuento de voces perdidas y ya sin eco”.
Digo que ya, en 2013, anotaba justamente ese ensayo de la Segunda Lectura, a propósito del trabajo a contrapelo –por su carácter de intrusión imprevista en el campo de la poesía, de un narrador y periodista de raza– de Manuel Valero, como fuera su poemario replicante del nerudiano Veinte poemas de amor. Y una canción desesperada, al que da forma 89 años más tarde, toda vez que que su publicación es de 1924. Ahora tiempo después, cuarenta años más tarde de la muerte de Neruda, trocado por mor del juego literario en, Veinte poemas desesperados y una Canción emocionada (2013). Y allí, en ese escrito lejano de 2013, ensayaba formas de desdoblamiento como las anotadas ahora a propósito de esta pieza de ficción, pero con dosis elevada de autorreferencialidad que es Un largo pórtico. Escribí entonces “Por ello Valero, opta en ese sueño casi imposible de reescribir lo escrito, no por la técnica seguida por Menard en su ‘Quijote’ de ‘identidad lingüística’ absoluta; sino por diversos desplazamientos, comenzado con el juego metonímico y homofónico, del poemario del joven chileno Ricardo Eliécer Neftali, que pasa a ser ahora ‘Veinte poemas desesperados y una Canción emocionada’. Desplazamientos visibles por demás en la Autorreferencialidad, en el Desdoblamiento, en la Inversión y, finalmente, en la Mimesis”. Como iremos viendo, por demás.
En 2015 y a propósito de la novela Carla y el señor Erruz –que había leído con título provisional de Sangre en el helado de nata– anote en la presentación en Puertollano una observación parecida: “Al poco de comenzada la travesía lectora, creí estar en presencia del repetido ‘texto dentro del texto’; esa novela enroscada como un uróbulo de algún alquimista, que se traza dentro de otra para complementarla o para contradecirla. Esa referencia es muy usual en la literatura entera de todos conocida y sentida, y que incluye una historia dentro de otra historia o un cuento dentro de otro cuento como fuera el ‘El cuento de nunca acabar’ de Martín Gaite… Incluso ese artificio de mostrar cómo se hace lo que usted va leyendo, se está viendo, se produce mucho en las artes plásticas y en alguna forma en la cinematografía –La noche americana de Truffaut o la muy lejana Encuentro en París de Richard Quine–. La pretensión en todo caso, en cualquiera de los campos citados, tiene que ver la auto reflexividad. Una autorreflexividad que tiene que ver alguno de los dibujos de Escher: una mano que pinta una mano. Y tiene que ver con el ‘Distanciamiento teatral’ de Brecht. En todo caso, Teatro, Novela o Poesía, lo que se señala es el artificio de la escritura o de la representación teatral. Y por ello se produce la fractura de la convención novelística de ese espejo standhaliano que se pasea por la vida. Llevamos el espejo a cuestas, pero ya no pretendemos engañar a nadie. Una de las formas de suscitar la quiebra del pacto narrativo, es la dualidad de voces narrativas. Unas veces soy uno y otras veces soy otro. Casi a la manera de Lorca cuando fijaba “Pero yo ya no soy yo/ni mi casa es ya mi casa”. Y creo, por lo visto y leído, que esta es una de las obsesiones narrativas de Valero, más allá de los ropajes aparentes de las historias y de los argumentos. Fijar, en primer lugar, la identidad del narrador, así como sus particularidades; entender, en segundo término, su papel en el mercado de la cultura y de los premios, que es tanto como saber la importancia de un texto; y en tercer lugar saber por y para qué se escribe. Casi como una suerte de tríada. Yo, Palabra y Otros. La ventaja de la doble historia o de la historia cruzada, es la de permitir al escritor utilizar dos voces narrativas diferentes con propósitos diversos: desde ensayar construcciones literarias enfrentadas y antitéticas, hasta verificar ensayos estilísticos de diversa estirpe. O fingir ser otro y uno mismo, el que cuenta y narra.
Unos cuantos libros después, de los ensayos literarios de aproximación sobre la sustancia última de Pueblo –el Puertollano de Valero, de toda la vida– que dieron comienzo con la pieza Balneario (1999), a todo un ciclo de cuatro novelas que “no son una novela histórica sino la recreación literaria del Puertollano preminero de mediados del siglo XIX” –se puede leer en la solapa de Balneario–. Un cuarto de siglo después, y agotados los veneros intermedios con La tierra negra, Ultramar y El esplendor y la ira, acomete Valero un ejercicio diferente con Un largo pórtico. Prolongando las venas de la denominada recreación literaria de Puertollano, pero introduciendo ahora venas memorialísticas en esa infancia recuperada con dosis cierta de autorreferencialidad, en el quinteto escolar que compone el grupo de escolares salesianos de unos años que se encabalgan entre 1962 y 1969. Años pródigos de acontecimientos diversos que componen la que, en parte, Pedro Sempere y Alberto Corazón, denominaron como La década prodigiosa, en su libro de 1976. Años los relatados en el ciclo salesiano y puertollanero, que se resuelven, a veces, como un Bildungsroman, esto es como una novela de formación de todos ellos, como explicita el paso del pórtico escolar del centro.
Aunque también –por el carácter de libro dentro del libro: el que leemos que escribe Tony Luna, casi un alter ego o un heterónimo, de Manuel Valero. Que va dejando pistas significativas sobre ello: desde directores del diario donde trabaja Luna, que denomina La Verdad (en lugar de Lanza) y que responden a Juan Antonio Solares (por José Antonio Casado) o Amaura Aguilar (por Laura Espinar); o el nombre de su editor Ismael Torres (por Javier Flores), responsable de Ediciones Puertollano, y de la continua presencia de Valero en el escaparate editorial provincial y regional. O el grueso de opiniones valerianas, robadas o prestadas por Tony Luna, sobre la Gran Literatura y la bazofia actual de premios y tertulias. Todo ello se plantee como una novela testimonio, ya en la fase final de la vida de Arturo San Gregorio, otro desatacado alumno salesiano con capacidad de aglutinar al grupo tras un largo silencio de casi treinta años. Tan largo como el pórtico de los recreos terrizos y ‘alquitranados’. Y que en el Epílogo de la página 403 –como demostración de lo señalado– volvemos a leer lo ya leído y esbozado antes por el autor Manuel Valero en la página 11; pero ahora resulta ser obra de Tony Luna.
Y esa dualidad de autores Valero versus Luna, se prolonga en el del doble carácter entre la Novela de formación y la Novela de testimonio ya advertido antes. Contraste que también aletea en el propio nombre de la pieza. Toda vez que ‘Largo’ –referido al pórtico colegial– alude tanto a un atributo de extensión como a una duración. Pero también el Pórtico, como lugar de acceso al recinto sagrado de la edad adulta, desde el Atrio y el Umbral de la adolescencia inquieta que comienza a abandonarse. ‘Los largos caminos formativos’ como trasunto de su enorme recorrido, no impiden entender que esa largueza de las tarde grises juveniles y la duración indeterminada de los actos religiosos frente a la brevedad de los guateques sonorizados, era ya propiamente un lugar de tránsito. En la medida en que el adjetivo ‘Largo’ puede serlo como atributo de dimensión y como referencia de tiempo. Casi en la clave analítica desplegada por Nora Catelli cuando contraponía las Novelas de duración y las Novelas de carácter, en su trabajo sobre la dupla conceptual de Carácter y Destino, que recoge desde los supuestos de Heráclito a Walter Benjamín, y desde Sánchez Ferlosio a Juan Benet.
Como ejemplo de la citada Doble lectura, puedo anotar la sugestión, de que mientras avanzaba en la lectura, por el capítulo 47 de Un largo pórtico, el referido a La verga del gigante de la Sevillana (página 196), en alusión a “la verga de un gigante asombroso de por lo menos trescientos metros de altura”, –un equívoco casi de estirpe cervantina y quijotesca, que confunde máquinas humanas con gigantes estratosféricos– que fijaba, por ojos juveniles, las torres de explotación de Sevillana de Electricidad como una destacable anomalía anatómica. Avanzaba, en otra lectura en paralelo, ahora en la prensa (La Tribuna, 24 de febrero de 2026), fijando la fecha próxima del 3 de marzo como inicio de la demolición de la “chimenea de Sevillana”. Que ya había reducido sus dimensiones de los 300 metros iniciales de la ensoñación novelística, a los 120 de la realidad en curso de extinción. Por más que “la estructura cilíndrica de hormigón fuera un icono visual de la vieja térmica de carbón tras 53 años de existencia”. Que dificulta, por ello, la compatibilidad de ser contemplada a mediados de los años sesenta –como hicieran los cinco alumnos salesianos en una tarde campestre–, cuando la nota de prensa fijaba que “la central térmica de Puertollano fue construida y puesta en marcha por la empresa Sevillana de Electricidad en 1972”.
Por ello, corroboro lo afirmado con motivo de la presentación de otra novela de Valero, ajena al trafago de Pueblo, como fuera Carla y el señor Erruz (2015). “Decía Martín Gaite que “Lo raro es vivir”, yo perfecciono y rectifico. Creo que “Lo raro es escribir”, por eso denominaba esta presentación y sus líneas, justamente, como una rareza, y por ello El oficio de escribir que bebe del pavesiano El oficio de vivir. Que no se si son acciones contrapuestas o superpuestas, como quería Semprún en su afirmación “La escritura o la vida”. Podía haber dicho “La escritura y la vida” y optó por la disyuntiva, que resume el O vives o escribes’ pero no las dos cosas al mismo tiempo. Esa alternativa que sigue al O vives podría ser y debería ser O mueres. Y todo el mundo lo entiende a la perfección: O vives o mueres. Pero ¿es que acaso la escritura es una forma de muerte, cuando hasta ahora se había mantenido todo lo contrario. No estoy muy seguro. Toda escritura prolonga la vida y nos hace vivir vidas ajenas vividas en préstamo, eso es lo que nos han venido diciendo. Aunque también, implícitamente, esos dones que se dan al escribir se terminan y acaban; reflejando una idea de finalización, y por tanto de muerte y final”.














