«El viaje no termina jamás. Solo los viajeros terminan. Y también ellos pueden subsistir en memoria, en recuerdo, en narración… El objetivo de un viaje es solo el inicio de otro viaje».
JOSÉ SARAMAGO
(Escritor portugués,
Premio Nobel de Literatura)
Cuando los fenicios llegaron a las costas de las Islas Baleares, allá por el siglo VII a.C., comprobaron que las situadas más al sur constituían una gran reserva del conocido como pino carrasco, muy popular y endémico en todo el Mediterráneo. Por eso a las islas de Ibiza y Formentera, así como a todos los islotes adyacentes a ellas, las llamaron las Pitiusas. En las que destacan las lagartijas que llevan su nombre.
La fenicia era una civilización originaria del pueblo cananeo, cuyos habitantes eran excelentes navegantes de altura, expertos comerciantes y agricultores. Ellos introducen las colmenas de abejas para favorecer la polinización de sus cultivos. Después vinieron los cartagineses, luego los romanos, los vándalos, los bizantinos y los musulmanes que en el inicio del siglo XIII fueron expulsados por el reino cristiano de Aragón.
Como muchas de las islas del Mediterráneo fueron objeto de ataques de los barcos piratas y de saqueos como los que realizaron los vikingos en tres ocasiones durante la ocupación musulmana. Por este temor se amuralló y fortificó la ciudad de Ibiza, donde se refugiaba la población cuando llegaban estos navíos hostiles. Y Formentera permanecerá deshabitada durante siglos por el temor a estos ataques.
Viajar a estas islas es una forma de hacer un turismo diferente si se hace fuera de la temporada de vacaciones. Por eso se permite que los jubilados del IMSERSO vayan a estos destinos en los meses en los que toda la industria turística parece estar en hibernación. Pero ello no le resta un ápice a la ilusión de los visitantes por conocer estos parajes, tan bonitos como novedosos, para la mayoría de ellos.
Las gentes que realizan estos viajes son de diferente condición, algunos se encuentran físicamente limitados o acompañan a sus familiares con movilidad reducida, iban en silla de ruedas o tenían patologías graves. Pero la ilusión por conocer estos lugares o por vivir experiencias nuevas les hace superar cualquier condicionante.
Son momentos de asueto y en los que interactuar con gentes de lugares diferentes. Allí coincidimos personas de diversa procedencia; de Barcelona; de Madrid; de Salamanca o de Valladolid; de Ciudad Real o de Guadalajara; incluso de Palma de Mallorca. La relación fue cordial; se solía hablar de la familia, de los hijos y, sobre todo, de los nietos; aunque también se podía confrontar por temas de actualidad.
Se hacían visitas comerciales como las realizadas a un centro de producción de plantas de aloe vera o al mercado Hippie. Conocimos BIBO Park, que es un espacio en el que se experimenta con la flora de las islas y se desarrollan proyectos biotecnológicos para el cuidado del medio ambiente. Se incluyen, entre otros, procesos para obtener agua artificial y para el cultivo de la posidonia, que consume CO2 y genera oxígeno.
La Ibiza monumental permite visitar la ciudad fortificada de Vila, —como llaman a la capital para diferenciarla del nombre de la isla—, un conjunto urbano medieval que se declaró Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1999. Pero también la marítima; o la mágica; o la blanca —con las salinas, la isla de Es Vedrá y su costa sur—; o la del norte, con la playa de San Miquel, o su espectacular cueva de Can Marçá.
Además de Vila, visitamos Santa Eulalia, ciudad cuyo turismo es más para un ambiente familiar; la de San Antonio, en la que los jóvenes practican el turismo de fiesta; o las de ciudades del norte, como la de San Juan, que son utilizadas como enclave para los amantes del contacto con la naturaleza o por los miembros del conocido movimiento Hippie que está presente en la isla desde los años sesenta del siglo XX.
Una visita obligada a Formentera, —la más pequeña de las cuatro islas habitadas del archipiélago—, nos permite conocer las antiguas salinas; las playas salvajes, donde la presencia humana es reducida y en la que parecen conciliarse la naturaleza con la población. Allí pudimos observar a las genuinas y numerosas lagartijas, —de mayor tamaño que las continentales—, y con su exclusivo color verde azulado.
Un nativo de Ibiza nos dijo que los elevados precios de la vivienda harán colapsar el turismo que, según él, está tocando techo. Algunos trabajadores de los hoteles, de la construcción o de otros servicios públicos, no puedan pagar con su sueldo el alquiler de una vivienda y mucho menos adquirirla. Algunos viven en los hoteles en los que trabajan, en los hospitales en los que prestan servicio y está generalizado vivir en las rulots.
Mientras tanto sigue habiendo pobladores famosos o exóticos, para quienes la carestía de la vivienda no es un problema. Como le ocurre a un político y jerarca ruso que es dueño de un islote unido por un pequeño ismo con la isla de Ibiza.









