Puerta del Aire

José Rivero.- Escribía en Divagario el 24 de octubre de 2023, la pieza Callejero, donde entre otras cosas y anotaciones urbanas, fijaba alguna anomalía reconocible.

No solo del callejero.

También de la topografía.

En otoño la calle Morería –o, mejor, de La Morería, que designa una localización histórica de un grupo étnico– define el trayecto solar en sentido preciso del Este al Oeste.

Como puede colegirse de sus sombras empinadas y abruptas que marcan el camino solar.

Las declinaciones solares del resto de año impiden la exactitud de la afirmación

Incluso, la calle en su disposición ascendente remite al imaginario de los dos altozanos topográficos de la ciudad: el del Este en la zona del Alcázar y del oeste, en proximidad a la puerta de Santa María”.

Esos altozanos ya fueron enunciados en mi trabajo de 2020 sobre la Plaza Mayor. Permanencia y transformación.

En donde, al verificar la lectura altimétrica del recinto amurallado de la Villa Real, detectaba esas dos cotas considerables en el solar ciudadano.

Que incluso, llegué a  aventurar una representación gráfica en la página 49.

Explicitando las dos anomalías altimétricas de forma aproximada.

Que llamaba, justamente, como   Altozanos, para expresar una relevancia altimétrica destacada.

Uno de Levante –en el entorno próximo del Alcázar real histórico–.

Y otro de Poniente, en proximidad de la Puerta de Santa María y más cercano al, igualmente desaparecido Portillo Barragán.

En ese enclave nítido, en la confluencia de la perceptible pendiente de la calle de los Reyes –agonizando en su esfuerzo pétreo por ascender desde el enclave catedralicio– y el tendido –ya más horizontal y aplanado de la Ronda de Alárcos–, se percibe una notable turbulencia de los vientos del momento.

En casi todos los momentos del año.

Como he podido observar en los largos años en los que llevo atravesando esa madeja de corrientes y de empujes asilvestrados.

Capaces de desarmarte  y empujarte.

Incluso de derribar elevados cedros, como ha ocurrido hace poco.

Temibles en el invierno borrascoso.

Aceptables en la calima estival, recibidos como un refresco temperado.

Vientos continuados  que superan la normalidad enunciativa del callejero.

Turbulencia generalizada, tanto en verano, como más aún en el agitado ventoso invierno.

Perceptibles esos vientos –más habituales soplando de Poniente, pero no exclusivamente procedentes de ese punto geográfico–, hasta en las proximidades de la calle perpendicular a Reyes, denominada Aben Canes.

Que con viento suelto, vibra como un tambor sonoro.

Y esos tránsitos y esos vientos me han llevado a pensar si no habría sido bueno y preciso denominar tal enclave con la advocación de esos percances y derrotas del viento.

En algún lugar Puerta del Aire o Cerro del Viento, en vez de la actual plazoleta del Río Becea, denominación repetida en su propia calle.

Del río al viento o al aire tumultuoso.

Como ocurre en tantas otras ciudades que denominan con precisión esas características del aire y del viento.

Desde el sosiego sevillano de la calle del Aire en el Barrio de Santa Cruz, hasta la agitación de la calle Vendaval de Los Caños de Meca.

Desde el repertorio de la muy aventada Tarifa, con las calles denominadas como de Levante o de Poniente.

Que se repiten y amplían en la blanqueada ciudad de San Fernando, con los vientos restantes: Viento del Sur y Viento del Norte.

Por no habla del Cerro del Viento –donde tuviera su estudio Miguel Fisac–; o del aeródromo de Cuatro Vientos.

Por no hablar de Buenos Aires o del Cristo de los Vientos.

Por no hablar solo del  simple viento.

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