“Si ves el futuro, dile que no venga”. Juan José Castelli, libertador argentino, 1812.
Cuando hay otros muchos que van a la vidente de turno, para adelantar el futuro. Y adelantarlo, pese a todo.
Y poder mirarlo de cerca, como forma de ansiedad.
Van –a la vidente de turno– para que lo vean.
No para ser visto por el futuro.
Que no tiene ojos, ni mira.

Y todo, para poder ser visto en ese futuro de mesa camilla y albornoz de felpa vieja.
Desde la bola de cristal o desde las cartas del tarot, tratan de adelantar su llegada natural y cronológica a la mesa de la vidente.
Incluso pagan, por ello.
Como si compraran el mañana que esconde todo futuro.
Si hay un pasado perfecto y un pasado imperfecto, como tiempos verbales, ¿cómo es que no hay futuro perfecto y futuro imperfecto?
El pasado perfecto, como algo cerrado y ya no revisable.
El pasado imperfecto, como la pretensión de mejorar el presente.
El futuro perfecto, como esquema ideal de lo mejor posible.
El futuro imperfecto, como el esquema aborrecible de lo que no deseamos.
Si leer el futuro puede ser un negocio, ¿cómo es que leer el pasado no rinde tantos dividendos?
Salvo que, por tal posición de interpretar el pasado, los historiadores comiencen a cobrar, por demás, de toda conjetura verificada.
El otro futuro, el de la queja improbable.
Leonardo Padura comenta en 2026 el dicho cubano que tiene tanto de aforismo como de maldición.
“No te quejes de como estas esta semana. La que vienen será peor”.
Ese no es el futuro perfecto, ni el futuro imperfecto, es el futuro aborrecible.
El dicho de “el futuro llama a tu puerta” da cuenta de una precipitación del tiempo que no quiere esperar.
Y empuja llamando, como las aguas desatadas.
Y llama empujando.
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La verdadera elegancia es pasar inadvertido.
Frente a la visibilidad del gesto altanero y estruendoso que nos diluye en el circulo colectivo.
La verdadera elegancia es el frío del estilo.
Porque todos los estilos, hasta los más caldeados de formas oblicuas, son puro frío glacial.
Frio estilismo y belleza gélida.
Decía José Martí, que “la elegancia verdadera es que el vaso no sea más que la flor”.
Aunque otras veces importe más el jarrón, el florero o el violetero, permanente en su presencia de cosa física, frente a la fugacidad de la flor viva que se acaba secando.
También, como el Tao-te-kin: Lo que importa no es la forma de la vasija sino el aire que contiene.











