Manuel Valero.- Hay una quinta dimensión que supongo se le escapó a Einstein abstraído como estaba en encontrar la Relatividad. O más bien una quinta derivada de la cuarta dimensión que es el tiempo. El tiempo, ese medidor rectilíneo que jamás mira hacía atrás, nacido de la explosión de una bellota cósmica, es puro chicle que pasado por la consciencia de los hombres adquiere una cualidad astronómicamente diferente con todas sus variables.
A una persona que le están extrayendo una muela, el tiempo postrado en la silla del dentista le parece que se ha congelado, ese mismo tiempo que gasta un chico esperando a una chica en la antesala del enamoramiento transcurre con la misma lentitud con la única diferencia que el primero padece un mal rato pese a la sedación y el segundo se ve ante la puerta de la felicidad que se abrirá cuando aparezca la chica. Cada segundo se hace interminable para los dos. El mismo tiempo que mide la condena de un preso cuela un universo entero entre segundo y segundo, en tanto que quien está de vacaciones en una playa paradisiaca, el segundero se va acelerando a medida que se acerca el día del regreso. Ya se sabe, el tiempo en su experiencia humana es subjetivo y pasa como un tren de alta velocidad o con lentitud de un carro tirado por bueyes. Pero hay algo más, hay una quinta dimensión que no es otra que el tiempo en los hospitales. No es que subjetivamente transcurra con la lentitud de un gotero, es que no existe. Entras y el tiempo se convierte en un muelle en el que se enzarzan como en una danza entrópica los segundos, los minutos, las horas, los días…
Afortunadamente tenemos aun una de las mejores sanidades públicas del mundo, lo que pasa es que un hospital es una máquina que no descansa y tiene su propia maquinaria que va fragmentando el tiempo según las pautas de los profesionales, muy diferente a las del paciente, aún más diferente a las del acompañante del paciente. La enfermedad y sus cuidados fármacos someten al paciente a un alejamiento de la noción como si el tiempo simplemente le fuera indiferente, en cambio el cuidador anclado en la realidad se siente atado a un tic tac intermediado por un océano de horas. No quiero decir que los enfermos están mal atendidos, todo lo contrario, solo que entre una visita médica y otra parece ser un ensayo de eternidad, las tardes languidecen como la travesía de otro océano hasta que las primeras (ultimas) luces del crepúsculo te avisan de que la noche está a las puertas, la misma noche que llega para quedarse como un larguísimo invierno de tronío hasta que el alba atigra la habitaciones por entre las lamas de la persiana, para iniciar de nuevo un periplo interminable, de otras 24 horas que no lo son. Quien ha estado en las circunstancias descritas lo sabe. Es la quinta dimensión del tiempo, menos cósmica pero subjetivamente más pesada que la densidad de la bellota primigenia.
Has de ser un buen estratega para que esa quinta dimensión se acomode a la simple medición de lo rutinario de tal forma que las horas no duren ni mucho ni poco, sino exactamente 60 minutos. El primer ataque surge cuando esos 60 minutos que estando de vino con los amigos es un soplo, te regala una demora interminable. No hay prisa, hay libros, hay tablets, móviles y la televisión. Y aun mejor si tienes un papel en blanco y una bolígrafo para trazar ideas, pensamientos que luego pasarás a limpio cuando llegue la liberación del Alta Hospitalaria. ¿Cuándo sucederá eso? Ah, amigo, calma estás en la quinta dimensión, hay que hacer pruebas, más pruebas, has de esperar los resultados. Entonces cada segundo se congela como si esperara la siguiente primavera. Los paseos por los pasillos son lentos, producen un poco de calma que seda ese runrum de ansiedad que baja o sube de nivel pero que siempre anda ahí como un bajo continuo del barroco. Observas el orden de actividades, las enfermeras con su cargamento de medicinas y su ordenador para completar un trabajo de excelencia. Médicos especialistas, los de guardia, personal subalterno, limpieza, seguridad…el hospital se anima con el tiempo bifurcado entre la jornada laboral de los profesionales y el que trata de sacar un pie de un charco pegajoso para dar el siguiente paso que quedará impregnado a su vez con el engrudo de la lentitud.
Sin embargo, en ese trance descubres algo sorprendente. La televisión en las habitaciones es un cacharro inútil y lo más sorprendente, es que lo que vomita te parece tan lejano, tan remoto, tan… Y aun más asombroso es que la actualidad política y el parte de guerra, ahora que ha estallado otra, mientras andabas ocupado en la salud de tu ser querido, la recibes con la misma indiferencia con que recibes el cotorreo permanente de los tertulianos/as de plantilla. Al fin y al cabo tú andas en la quinta dimensión con una preocupación de toda prioridad. Hasta que un día se produce un agujero de gusano con la forma de un simple papel administrativo que te concede la libertad.
Al salir experimentas una sensación de novedad confusa que enseguida se aclimata cuando abres la puerta de la casa. Todo ha sido para bien.
Agradezco desde aquí la atención recibida tanto en el hospital de Puertollano como en el General Universitario de Ciudad Real y la labor de todos los profesionales que se han involucrado en el caso. Buenos días desde la cuarta dimensión pedestre y medible con un simple reloj, así sea de pie, digitales o de pulsera. Hoy el reloj de mi cocina mientras preparo el almuerzo me parece el objeto más valioso de mi hogar.












Pronta recuperación. Un saludo
No estamos acostumbrados a que se nos recozca, el trabajo y la labor que cada uno de nosotros intentamos dar día a día como profesionales. Y aunque como personas cometemos muchos errores a veces con el carácter otros en distintos ámbitos, soy consciente que intentamos dar lo mejor que cada uno de nosotros sabe y puede, y repito con muchísimos errores que muchas veces intentamos reparar de la manera que mejor podemos y sabemos. Pir eso sí quiero darle las gracias porque para un sanitario es algo muy reconfortable ey un impulso muy positivo este tipo de actuaciones. Le deseo una muy pronta recuperación y ojalá no cambie ese concepto que repito a lo largo de nuestra vida intentamos trabajar para dar lo mejor de cada uno de nosotros. Gracias de corazón.
Buenas tardes señor Valero, le deseo pronta recuperación.Ya decía yo,que mucho tiempo sin sus artículos. Subscribo sus palabras, con respecto al hospital de Puertollano, el general de Ciudad Real y otros varios.En mis números post, en diversas ocasiones, he hecho referencia por mi parte y mi experiencia vivida, a los sanitarios y todo su entorno. PD:Si sigo por aquí, es GRACIAS a la labor hace años, de la unidad de arritmias del hospital general. Lo dicho, a cuidarse. Y buenas palabras, en unos tiempos donde todo parece queja, críticas y mal royo. Hay que ser agradecido.
Yo también tengo que dar las gracias a todos ,desde el primer hasta el último trabajador del hospital Santa Bárbara de Puertollano,al final mi madre falleció, pero les puedo asegurar que tenemos un equipazo de profesionales .