¿Amiga?

Estela Alarcón.- Querida amiga: Hubiese querido que lo fueses, aunque algo dentro de mí sabía que era imposible. Nuestra amistad hubiese sido como aquella historia, miles de veces contada, que acaeció entre la rana y el escorpión. Me hubieses clavado tu aguijón en cualquier momento ante el más mínimo contratiempo. Porque tu naturaleza no puede cambiar. Y la mía tampoco.

Nos conocimos un día lluvioso, de nubes oscuras, que tiñen del mismo color los pensamientos, y fue como si esas nubes nos anunciasen que, por mucho que lo intentáramos, sólo lograríamos hacernos daño. Y así ha sido. Nunca ha existido un momento de paz entre nosotras.

Hemos pasado por todos los estados: guerra fría, fingida cordialidad, palabras y hechos hirientes… Nada ha logrado acercarnos ni un milímetro pese a que sé, con total certeza, que lo hemos intentado. Al menos nadie podrá quitarnos eso y con eso habremos de quedarnos.

La amistad, bien es sabido, que es, a veces, caprichosa como el destino, y establece lazos que, en ocasiones, nos resultan tan incomprensibles como duraderos y de los cuales sólo podemos ser mudos testigos pues no está en nuestras manos cortarlos de raíz.

En nuestro caso no hizo falta, todo aquello que pudiéramos compartir discurría por vías paralelas; una fingida normalidad que era pura fragilidad, no coincidir en el mismo lugar ni en el mismo tiempo, como aquella infantil creencia de que lo que no se ve no existe. Y así pasaban los años, pasando de puntillas por las reuniones no deseadas, evitándonos, instaladas en la creencia de que los principios determinan los finales y el nuestro estuvo condenado desde el principio.

Con la perspectiva que otorgan los años, el abanico de colores se engrandece y algunas veces pienso si, realmente, no mereció la pena volver a empezar; establecer un comienzo en un día soleado, como un desafío. No sé si algún día lo sabré.

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