De síndromes y otras cosas

Estela Alarcón.- Querido y amable lector, como diría la deliciosa Lady Whistledown, volvemos a los síndromes.

Y es que tengo la extraña sensación de que, últimamente, todo ha de ser bautizado bajo este epíteto, como si fuese una especie de comodín para poner nombre a todo aquello que nos ocurre.

En este caso les hablo de uno que, me ha llamado poderosamente la atención. Se trata del denominado “Síndrome de la mujer Renacentista”. Para una enamorada del Renacimiento el hecho de asociar a la mujer y este período no les negaré que me atrajo con fuerza. Después tras leer detenidamente su descripción he de decir en honor a la verdad que me sentí frustrada e identificada.

El citado síndrome hace alusión a la presión que las propias mujeres se imponen o, que les impone la sociedad, para buscar la excelencia en todas las facetas de su existencia: en la profesional, en la personal, en la social. Volvemos a ejercer de “superwoman”, conjugando el verbo trabajar hasta cuando dormimos, pero bajo un nombre más sofisticado que siempre, querámoslo o no, luce más.

Esta mujer “renacentista” se caracteriza por una autoexigencia extrema, estableciendo unos estándares inalcanzables, buscando la perfección a cada paso y midiendo su valor personal según sus logros y su productividad.

Este cóctel terrible genera un agotamiento físico y mental que se cronifica debido a la incapacidad de delegar y a la priorización ajena en detrimento de la propia. A ello se añaden altas dosis de ansiedad y esa idea que nos persigue continuamente de “querer poder con todo”.

Recuerdo que, en numerosas ocasiones, decía a mi abuela que era una mujer del Renacimiento porque sabía hacer de todo y todo le salía a la perfección. Aquella frase era la adecuada cuando se disponía a ponerme una inyección y yo, presa del miedo y los nervios ponía en sus conocimientos toda la fe de que disponía. Ella reía de buena gana y me daba un abrazo enorme que era capaz de enjugar todas aquellas lágrimas que había derramado sólo de pensar en el trance. Después me hacía escoger aguja (las tenía de varios colores) y yo me decantaba por una verde pequeñita que ella hervía junto con el resto de su exiguo instrumental en una cajita metálica. Cuando llegaba el momento y arreciaba el temporal de las lágrimas volvía a achucharme prometiéndome una merienda a la altura de tamaño sacrificio.

Aquellas mujeres de su tiempo habían aprendido miles de cosas y eran capaces de ejecutarlas con maestría, pero no eran presas de un reloj, ni de tantos condicionamientos sociales. Se ayudaban y compartían lo que sabían y lo que desconocían.

Eran madres sin libro, psicólogas sin título, enfermeras sin diploma. Mujeres renacentistas sin saberlo, cargadas de amor y necesidad que hacían de cada enseñanza virtud.

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