El fin de la Historia, el comienzo de la Historieta

Manuel Valero.- Cuando en los años 80 se consolidó España como país democrático, se hicieron infraestructuras de la mano de la Unión Europea, hubo empleo y se gozó de una sensación de libertad como nunca antes… el mundo tampoco se estaba quieto. ¿Ha de estarlo alguna vez quietecito un planeta tomado por el más letal de los virus, el homo sapiens?

Emergió en Polonia un sindicato anticomunista llamado Solidaridad que comenzó a resquebrajar el telón de acero con ayuda del Vaticano, surgió Gorbachov un líder con un nevus en la cabeza que fue quitando palillo a palillo la superestructura soviética. Después de un periodo de guerra sobre todo en Yugoslavia, los países satélites del Kremlin corrieron a abrazar la democracia y el libre mercado. El Este mundial, la otra parte de la naranja planetaria que rivalidaba con Occidente, o sea, con las democracias liberales y capitalistas, se pudrió como una fruta olvidada en el frigorífico. Georges Bush, padre, asistió al espectáculo y poco después Bill Clinton  y Boris Yeltsin se lo pasaban pipa en fiestas y en saraos y en alguna que otra aparición pública. Entonces apareció un tal Francis Fukuyama que se inventó aquello de que la Historia había terminado: El fin de la Historia y el último hombre (1992). Tras la caída de la URSS, el libre mercado democrático sería el modelo universal de gobierno. Fin de la historia. Esto lo digo yo como apoteosis final. Supongo que este señor se deberá estar dando buenos azotes de cilicio por tamaño pecado intelectual. Menuda filfa. El fin de la historia, de la lucha de clases, el triunfo del capitalismo, de la libertad global, decía. Menuda majadería. Aunque visto desde otra perspectiva puede que el de Chicago llevara razón de haber titulado  su ensayo fallido de este modo: Fin de la historia, comienzo de la Historieta.  Quizá así podríamos entender que desde que la Historia comenzó a languidecer aparecieran sujetos como Milei, Maduro, la dinastía Ortega nicaragüense, el tonto el haba del norcoreano que no escribo su nombre porque me trastabillo, Putin el del brazo lánguido, Netanyahu y, por supuesto,  el Gran Zanahorio yanqui. Igual quiso decir que la humanidad a partir del desmoronamiento de la URSS, traería consigo un nuevo orden que no globalizaría lo bueno sino todo lo perverso del ser humano encarnado en liderillos, moralmente, del tres al cuarto, estrambóticos pero peligrosos, por más apoyo popular que tengan.

Claro que por entonces el enemigo yihadista financiado por imanes y la China mandarina aún no habían sacado del todo la cabeza. El terror firmó su cumbre el 11-S de 2001 con epílogos menos sangrientos pero muy sangrientos en Madrid, Barcelona, Londres  París, etc. Y escribió una reciente página terrible en Israel que provocó la destrucción de Gaza.  China alcanzó la hegemonía a la chita callando hasta ser hoy un potencia principalísima con una simbiosis insólita de capitalismo, comunismo y tecnología.

Anda que no ha escrito la Historia capítulos nuevos, cuyo relato nos hubiera dejado atónitos de haberlo intuido en los 80 cuando andábamos gozando de esos años mágicos en que realmente parecía que la historia había acabado.

No sé si la Historia como materia educativa o como tarea de investigación es la historia de las guerras, la historia de las entreguerras, la historia del pensamiento, la historia de las conquistas, la historia de los avances tecnológicos o la historia del Arte en todas sus acepciones. Pero si nos paramos un poco, las entreguerras eran ese periodo que sucedía a una y precedía a otra, las conquistas siempre se han hecho con el arcabuz en la mano, el pensamiento se nutría de los horrores y errores  humanos y en literatura, pintura o escultura no faltan batallas narradas, pintadas o esculpidas.

¿Y hoy? Basta ver el parte de los horrores del telediario. La guerra, otra vez, o sea, que diría Umbral. Ucrania e Irán son los conflictos estelares que tenemos la (mala) suerte de ver en directo mientras nos comemos un muslo de pollo. ¿Pero no se había acabado la Historia, según el nota de Fukuyama? ¿No será que vivimos un inquietante regreso a un pasado reciente en  que de nuevo se saca pecho militar y  el pepino nuclear como alarde machistocastrense de haber quien la tiene más gorda… la bomba?

La historia es interminable, apropiándome del título de la novela de Michael Ende en la que la realidad es indeseable y el simple deseo de un mundo en paz una ensoñación utópica, digna del reino de Fantasía.   

No, la Historia no ha terminado, de momento, pero puede acabar, claro, no para crear un nuevo orden más humano y fraternal, democrático, felizmente globalizado, sino el caos y la destrucción. Sobre todo con estos personajes de Historieta que padecemos en el mundo. Y no muy lejos de aquí, también. No es que la Historia se ha acabado, es que se ha convertido o va camino de convertirse en Historieta, una Historieta trágica.

PD.- No hay nada más peligroso que un tonto inicie una guerra. Disculpen, los lunes no me son propicios.    

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