El latido que marca la Pasión Calatrava

Nieves Sánchez.- Hace unos años, haciendo un reportaje sobre la Ruta de la Pasión Calatrava, conocí a Tere Mejía, o Tere ‘Regala’, como la llaman sus vecinos de Calzada. Tenía entonces 82 años y recuerdo su energía. Me contó que, con 15 años, se sentó por primera vez en uno de los corros del casino de su pueblo para jugarse los cuartos, cuando se contaban con los dedos de una mano las mujeres que participaban en el juego de las caras.

Era tal su bendito vicio que, tiempo después, cuando su padre falleció — cinco días antes de que se lanzasen las dos monedas de cobre al cielo — y para que en el pueblo no la criticaran por no guardar el luto, cogió su cochecillo y se plantó en Almagro, donde también se juega a las caras cada Viernes Santo. Pasión no le faltaba.

Tampoco a Anastasio Ciudad y a Antonio Romero, también calzadeños y, desde hace años, barateros. Son los árbitros del juego. Sus ojos lo han visto todo en los corros; lo más grande, la cantidad de un millón de las antiguas pesetas casada en una sola tirada. Para ellos, las caras son algo maravilloso y único que sucede cada año en la vida de su pueblo, entre el final de la procesión del Nazareno y antes del Santo Entierro. Es la tradición pagana por excelencia de la Ruta de la Pasión Calatrava.

A unos pocos kilómetros de allí, en Aldea del Rey, conocí también al más traidor de los apóstoles. Era un día lluvioso; faltaban pocos días para la Semana Santa y dos hombres se acercaron andando rápido al punto de encuentro, sin paraguas y sin hacer arruga.

Se presentaron: «Buenas tardes, yo soy Judas Iscariote y este es el que más manda en los armaos», dijo uno de ellos con voz de actor de doblaje. Eran los Pablos: Pablo Naranjo, Judas por tradición familiar, y Pablo Molina, capitán de los armaos de por vida. Son los protagonistas cada año del símbolo por excelencia de la Semana Santa en Aldea: el Prendimiento de Jesucristo.

Al igual que Tere, Anastasio y Antonio, los Pablos transmitían compromiso y una emoción desmedida por lo que hacen. Había en sus palabras expectación, respeto y nervios en los días previos a desempeñar su papel en el gran acontecimiento de sus vidas. Un peso que soportan con responsabilidad y por amor a su pueblo y a lo que han vivido desde que eran unos críos. Con el único fin de que ese pulso tan especial no desaparezca.

En este viaje no podían faltar los armaos, uno de los principales ejes de la Ruta de la Pasión Calatrava. Hablé con varias de las mujeres ‘armás’ de Almagro y Bolaños. No son muchas en las filas de estas compañías eminentemente formadas por hombres, pero, al igual que ellos, provienen de familias de armaos, han heredado —en algunos casos— las armaduras de sus abuelos y están logrando hitos tan importantes como el que ocurrió en mayo de 2025, cuando María José de Toro se convirtió en la primera mujer en presidir la Compañía Romana de Almagro.

«Para explicar qué es ser armao hay que vivirlo, aquí en Bolaños o en cualquiera de los pueblos de la Ruta. Es un sentimiento», me decía por entonces la ‘armá’ Pilar Menchero.

Soy almagreña y he crecido viendo y viviendo, en mi propia familia y en mi grupo de amigos, la pasión que despiertan estos hombres y mujeres de armadura de chapa artesanal, cascos emplumados y lanzas. He vibrado y me he emocionado al ritmo de sus tambores y cornetas, con el ‘caracol’ en la plaza y ante el paso decidido por las calles de un escuadrón de más de 200 almas.

Hay algo profundamente bello en la forma que tiene un pueblo de expresar la religiosidad popular, muy reconocible en la teatralidad de la puesta en escena de estos singulares rituales y en el compromiso silencioso de mantener vivas las tradiciones. Y, precisamente, si algo he aprendido en estos años recorriendo la Ruta es que su grandeza y la esencia que la mantiene viva, la que la ha sostenido durante generaciones y la proyecta hacia el futuro, late en la gente.

En jugadores como Tere, que no faltan a su cita con las monedas; en los barateros, que velan por la limpieza del juego; en los Pablos con piel de terciopelo y en las ‘armás’, que se abren paso para lucir igual de imponentes que sus compañeros.

Late en los hosteleros y en las mujeres que transmiten a sus hijos las recetas propias de estas fechas para que no se pierdan. En cada vecino que cose una túnica, que coloca la mantilla de blonda y prende el clavel; en quien enseña a un niño a sujetar la lanza o a mirar a través del capirote de nazareno.

Porque detrás de toda pasión late un corazón. Miles, en el caso de una festividad que trasciende la fe y que explica la identidad de un territorio. Los de mujeres y hombres con nombres y apellidos que, durante todo el año, sostienen el espíritu y el orgullo de una herencia común para que, durante unos días, esta comarca se convierta en escenario de su propia historia.

Gracias a ellos, la Ruta de la Pasión Calatrava fue declarada hace una década Fiesta de Interés Turístico Nacional y está a un paso de lograr el reconocimiento internacional.

Una conquista que no habría sido posible sin el trabajo decidido y constante de la Asociación para el Desarrollo del Campo de Calatrava, que creyó en la fuerza conjunta de los pueblos. Tampoco sin el respaldo firme de las instituciones que impulsan y apoyan estas declaraciones tan importantes para la cohesión territorial, la transmisión cultural, la economía y la visibilidad de este territorio.

Pero más allá de los títulos, lo verdaderamente decisivo — el sentimiento de pertenencia — se transmite de padres a hijos y de abuelos a nietos. El futuro de la Ruta depende de los vecinos de Aldea del Rey, de Almagro, de Bolaños, de Calzada, de Granátula, de Miguelturra, de Moral, de Pozuelo, de Torralba y de Valenzuela. Depende de que sigan sintiéndola como propia.

Porque mientras haya alguien dispuesto a jugarse los billetes en un corro, a enfundarse una armadura de chapa, a acompañar enlutada a la Soledad o a venderse por 30 monedas de plata ante la mirada emocionada de sus vecinos, la Ruta de la Pasión Calatrava seguirá viva. Y su latido seguirá marcando el tiempo de esta tierra.

Nieves Sánchez González natural de Almagro y licenciada en Ciencias de la Información (Periodismo) por la Universidad Cardenal Herrera CEU de Valencia. Ha trabajado durante distintas etapas, a lo largo de 16 años, en La Tribuna de Ciudad Real. También ha desarrollado su labor profesional en radio, comunicación corporativa y en proyectos de comunicación social y cultural, además de ejercer como asesora de la Vicepresidencia Segunda del Gobierno regional. Sus reportajes han sido galardonados en tres ocasiones por la Asociación de Periodistas de Ciudad Real (APCR), además de recibir un premio periodístico del Ministerio del Interior.

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