Conferencia “Literatura romántica con espíritu barroco”, impartida por la profesora Malek Souaiy de la Universidad La Manouba de Túnez

Por José Belló Aliaga

En el Ágora Sial Pigmalión, en calle Huesca número 7 de Madrid se ha celebrado la conferencia “Literatura romántica con espíritu barroco”, impartida por la profesora Malek Souaiy de la Universidad La Manouba de Túnez.

El acto fue presentado y coordinado por Basilio Rodríguez Cañada, Presidente del Grupo Editorial Sial Pigmalión, y en el participaron, por orden de intervención, Francisco Gutiérrez Carbajo, catedrático de la UNED y director del Aula Literaria de Sial Pigmalión; Malek Souaiy, docente contratada en la Facultad de Letras, Artes y Humanidades de la Manouba, desde 2024 hasta la actualidad, que desarrolló su conferencia, y Ridha Mami, Doctor por la Universidad Complutense de Madrid, Catedrático de lengua y literatura españolas en la Universidad de la Manouba.

LITERATURA ROMÁNTICA CON ESPIRITU BARROCO, de Malek Souaiy,profesora de la Universidad de La Manouba

Conferencia

Literatura romántica con espíritu barroco

La historia de la literatura no puede entenderse como una simple sucesión de periodos cerrados y aislados; más bien es una red viva de resonancias, herencias, y cambios perpetuos. En cada instante histórico convergen todo lo pensado, lo sentido y lo intuido, formando a una memoria estética e histórica siempre en evolución. Por ello, todo hecho literario se resiste a ser delimitado, etiquetado o encerrado en un corsé como ya señaló el teórico Max Koch. Asimismo, el filósofo Hippolyte Taine, miembro de la Academia Francesa, introduce en sus estudios el término «momento» que define el espíritu de una época, esta misma noción encuentra eco en diversos planteamientos teóricos como los de Ferdinand Brunetière en sus Estudios críticos sobre la historia de la literatura francesa.

De ahí que la continuidad y el diálogo entre épocas literarias, obras y autores que comparten ideas, símbolos y sensibilidades puedan comprenderse a través del concepto de intertextualidad desarrollado por tres figuras emblemáticas: Mijaíl Bajtín, Roland Barthes y Julia Kristeva. A la luz de estas consideraciones y según la teoría de la literatura comparada, el Romanticismo puede interpretarse como una especie de resurrección del Barroco.

Del mismo modo, resulta imposible no reconocer en pleno siglo XIX la poderosa filosofía de Pedro Calderón de la Barca y su visión del mundo como un gran teatro, como una metáfora que oscila entre la nada y el todo, lo lleno y lo vacío; lo claro y lo oscuro. De ahí que el espíritu del Barroco no desaparezca: sino que resurja transformado en la sensibilidad romántica como una memoria estética que atraviesa los siglos y vuelve a encenderse en momentos de crisis.

La hipótesis central de nuestra investigación es doble: en primer lugar, que el Romanticismo reactiva diversas dimensiones fundamentales de la sensibilidad barroca, no solo en el plano temático sino también en el ideológico. En segundo lugar, más que reproducir sus formas, el Romanticismo reactiva también la mirada barroca sobre el mundo: una mirada atravesada por la conciencia de lo inestable y de lo contradictorio. El sujeto romántico habita ese espacio de tensión donde la certeza y la duda, la luz y la sombra, el sueño y la realidad se entrelazan de manera continua.

Frente a esta literatura compleja, intensamente expresiva y profundamente consciente de la crisis del mundo, del desengaño, del «mundo al revés», de la fuerza del destino, de la elegía fúnebre, de la contradicción y del contraste, los poetas, dramaturgos y novelistas románticos como José de Espronceda, Gustavo Adolfo Bécquer, Francisco Martínez de la Rosa, Ángel de Saavedra, el Duque de Rivas, José Zorrilla y Mariano José de Larra hallaron en estos tópicos barrocos una poderosa fuente estética y espiritual.

1- El paso del tiempo

Entre los motivos predilectos de los autores románticos se encuentra la temática de las ruinas y el paso frívolo del tiempo, que podemos interpretar como atracción por lo anacrónico, o como un efecto de la melancolía inherente al movimiento.

En efecto, el paso del tiempo para el hombre barroco es una fuente de nostalgia dolorosa, y remite a toda deformación artística y literaria, con el advenimiento del Romanticismo esta centralidad temporal no desaparece, sino que se transforma y se interioriza. Este tópico se reviste en el siglo XIX de una dimensión mítica y simbólica. En ambos movimientos literarios, el hombre se siente desgarrado ante la inestabilidad de su mundo; por ello, el tiempo, como señala Walter Benjamín, es la memoria de lo fugitivo. El individuo deja de percibir sus pasos, pero la rueda del tiempo no se detiene, revelando su incapacidad de trascender. De ahí que se abran ciclos de redención y fragmentación, en los cuales habita el recuerdo de culpas que se reactualizan, atrapando al hombre en un paradójico laberinto sin fin.

Frente a la tragedia del tiempo, el hombre barroco responde con la meditación y el desengaño, mientras que el hombre romántico lo hace con la rebeldía, la introspección y la afirmación del yo lírico. En la obra de José de Espronceda, Gustavo Adolfo Bécquer o José Zorrilla podemos percibir la experiencia del tiempo como una conciencia de la ruina y del desgaste de la existencia.

A modo de ejemplo estos dos versos, uno de Gustavo Adolfo Bécquer:

Donde habite el olvido

allí estará mi tumba.

( Rimas LXVL, Gustavo Adolfo Bécquer )

El otro del «Canto a Teresa» de Espronceda:

Los años, ¡ay! de la ilusión perdida

con sus blancos ensueños se llevaron

y el porvenir de oscuridad vistieron:

las rosas del amor se marchitaron,

las flores en abrojos convirtieron,

y de afán tanto y tan soñada gloria

sólo quedó una tumba, una memoria.

Gustavo Adolfo Bécquer condensa en sus versos una visión profundamente íntima del tiempo, haciendo del olvido el espacio simbólico donde el sujeto lírico se retira del mundo. Por su parte, el campo léxico utilizado por José de Espronceda en el «Canto a Teresa» términos tales como oscuridad, tumba, memoria, revelan a un yo lírico que contempla retrospectivamente su pasado y reconoce la fragilidad de sus aspiraciones. Sus sueños de un amor duradero no son más que ilusiones efímeras, y el futuro, que habitualmente simboliza la esperanza, aparece en Espronceda como «el porvenir de oscuridad». De forma casi desgarrada, el poeta se percibe inmerso en un contexto de pérdida, fracaso, olvido y desequilibrio. Para él, el presente equivale a una caída, a una expulsión del paraíso; por ello, se refugia en la memoria, que es lo único que le queda para evocar y constatar su irrevocable situación.

Esta visión recuerda mucho al hombre barroco , que cita poco al presente, el futuro y el provenir son para él, el símbolo de pesimismo y de frustración, el pasado no es más que el dolor que le cautiva con la nostalgia, frustra sus placeres y disgusta sus ilusiones8.Recordamos el verso de don Francisco de Quevedo: «Bien sé que soy aliento fugitivo: ya sé, ya temo, ya también espero que he de ser polvo, como tú, si muero, y que soy vidrio, como tú vivo».

Medir el tiempo, según el poeta conceptista no es más que anunciar la muerte, el hombre es el esclavo del avance del tiempo y del deterioro, su mundo aparece dorado de amor, la pasión y la ilusión, pero el paso de los años y la gira de la rueda de la fortuna lo convierten en desgaste, frialdad y muerte.

El Fénix Lope de Vega se nutrió de la flecha del tiempo para alterar las realidades y vencer todo intento de salvación por parte del hombre , a modo de ejemplo citamos un fragmento de Las Cortes de la muerte (1559)

Mientras más sube, más quema

Sombras crecen y se acortan.

Vanse acabando la tarde;

Vanse acabando las horas

El día acaba, que el Tiempo acaba todas las cosas

(Lope de Vega , Las Cortes de la muerte (1559))

Este fragmento de Las Cortes de la muerte nos recuerda hasta qué punto el hombre es incapaz ante la fuerza del tiempo y del destino. Haga lo que haga el hombre, todo acabará por desaparecer, todos los placeres son efímeros y nada tendrá sentido. Tanto el hombre barroco como el hombre romántico vivieron aniquilados ante el recuerdo de lo que hubo y se perdió para siempre. Pero mientras que, en el Barroco, el paso del tiempo conduce al desengaño moral y filosófico, en el Romanticismo esa misma conciencia se transforma en experiencia íntima del yo, convirtiéndose en una fuente de angustia existencial y de expresión lírica.

2- Tragedia y fatalidad

Esta sensación de impotencia frente al paso del tiempo se refleja de manera ejemplar en la novela y el teatro áureos, donde una de sus características más notables es la presencia de héroes sometidos a un espíritu trágico, que se entiende como una tensión entre facticidad e idealidad, entre la nada y el todo. La crisis barroca reside en la fisura trágica entre la presencia de lo ausente, y de lo infinito en lo finito. En virtud de todo ello, la lucha del ser humano contra poderes indisponibles que reducen el ser a una identidad vacua y sin sentido. Entre las tragedias morales (Calderón de la Barca, Baltasar Gracián,) y las tragedias de libertad (El Quijote Cervantino, Lope de Vega) observamos una fuerza externa que guía las acciones de los héroes clásicos y les conduce inexorablemente hacia su propia fatalidad. De modo que, la noción de lo trágico que, según Aristóteles, trasciende la subjetividad humana y los límites no son más que el resultado de sus propias pasiones que despiertan el temor y la compasión y que sacuden al sujeto a la destrucción transformando su culpa “inocente” en una culpa intencionada.

La tragedia quijotesca, con ecos barrocos, es una tragedia de libertad cuyo problema central es hacerse a sí mismo, encontrar el anhelo de la inmortalidad, entendida como el «provenir de la conciencia». Al final, se contempla la muerte del hidalgo por el desengaño ante la vida que se presenta como es un sueño e ilusión. Lo fatal y lo trágico se revelan como una tensión entre la búsqueda de la plenitud y la caída en la nada, en el sin sentido. Unamuno lo ha confirmado cuando declaró: « Todas las penas, aunque tantas/ son una sola pena, / una sola, infinita, soberana / la pena de vivir llevando al Todo / temblando ante la Nada».

Esta desesperanza esperanzada en las tragedias morales en el pensamiento de Baltasar Gracián, Calderón de la Barca o Lope de Vega, muestra cómo el héroe adopta una posición tensional entre el deseo de penetrar en un mundo vacío, hacer brillar en él sus ideales, y el choque entre la libertad individual y la inexorabilidad del orden cósmico. La tragedia, por tanto, no es solo un recurso dramático: es un reflejo de la visión del mundo barroco, donde el hombre se percibe incapaz frente a fuerzas que lo trascienden y modelan su destino.

Dos siglos más tarde, en el Romanticismo la tragedia barroca no desaparece, sino que se transforma: el destino trágico no solo es mandato del Dios sino es un choque entre el Yo absoluto, sus pasiones y las fuerzas cósmicas que lo desbordan. En este contexto citamos la figura de El Duque de Rivas, cuya obra titulada Don Álvaro o la fuerza del sino (1844) encarna plenamente la fatalidad y la tragedia barroca, mostrando cómo el Romanticismo reinterpreta los conflictos trágicos del hombre frente a un destino inevitable.

El título como paratexto, Don Álvaro o la fuerza del sino (1844) alude de manera explícita al poder del sino y a la influencia de la superstición y la astrología, elementos que reflejan la constante tensión entre destino y libertad. Esta problemática remite inevitablemente al drama de La vida es sueño (1635) de don Calderón de la Barca, donde también se plantea el conflicto entre determinismo y libre albedrío, mostrando que tanto el teatro áureo como el romántico exploran la fragilidad del ser humano frente a fuerzas que lo trascienden.

Manuel Cifo González, en su artículo titulado «El poder del hado en La vida es sueño (1635) de Calderón de la Barca y en Don Álvaro o la fuerza del sino( 1835) de El Duque de Rivas» señala que en ambas obras el tema del destino (o hado fatal) domina el desarrollo dramático de los protagonistas -Segismundo y Don Álvaro- y que se pueden extraer semejanzas en el modo en que el destino influye en sus vidas dentro de un drama barroco y una tragedia romántica.

Podemos recurrir directamente a fragmentos de Don Álvaro o la fuerza del sino, donde el protagonista expresa su sensación de estar atrapado por fuerzas que escapan a su control. En el primer fragmento, Don Álvaro describe su existencia como una carga insoportable:

¡Qué carga tan insufrible

es el ambiente vital

para el mezquino mortal

que nace en signo terrible!

¡Qué eternidad tan horrible

la breve vida! ¡Este mundo

qué calabozo profundo

para el hombre desdichado

a quien mira el cielo airado

con su ceño furibundo!

(Don Álvaro o la fuerza del sino Cap.I)

En este fragmento, se evidencia la visión trágica de la vida, donde el nacimiento y la existencia del personaje parecen estar marcados por un destino ineluctable, simbolizado por el “cielo airado” y el “signo terrible”. La exageración de la brevedad de la vida y la dureza del mundo enfatiza la sensación de impotencia y desesperanza que caracteriza al héroe romántico, heredero de la visión barroca del ser humano frente a fuerzas externas.

Conectando directamente con la idea barroca del determinismo cósmico y la fatalidad. Citamos al personaje calderoniano «Segismundo» quien está inmerso en una especie de desosiego vital, incomprensión y rebeldía contra su hado, Segismundo nace aislado del mundo, excluido de todo tipo de integración con el exterior, privado de su libertad, incapaz de enfrentarse y vencer a sí mismo. Desde su nacimiento el destino lo somete y subordina su voluntad, su juicio y su pasión. Él vive como esclavo interior y exterior, y su única culpa es el hecho de haber nacido como príncipe. Segismundo lamenta una culpa nunca cometida, su soliloquio es una proyección del desosiego del hombre barroco frente a la fatalidad de su destino:

¡ Ay mísero de mi ¡ Y ay infelices¡

Apurar , cielos , pretendo

Ya que me tratáis así,

Qué delito cometí

Contra vosotros naciendo;

Aunque si nací, ya entiendo qué delito he cometido

Bastante causa ha tenido

Pues el deleito mayor del hombre es haber nacido

( La vida es sueño, Calderón de la Barca)

En este fragmento el protagonista no solo se reconoce como víctima del destino, sino que articula una conciencia reflexiva sobre su propia existencia. La culpa surge de la imposición del nacimiento y del destino, mostrando la fragilidad humana frente a fuerzas que lo trascienden, la tensión entre libertad y determinismo, y la meditación barroca sobre la transitoriedad y la fatalidad.

En suma, ambos fragmentos y ambas tramas permiten observar cómo el drama romántico español incorpora y transforma los temas barrocos de fatalidad y determinismo, otorgándoles un enfoque más emocional y subjetivo, centrado en la experiencia íntima del personaje frente a un destino ineludible.

Otros dramas románticos españoles, como Macías (Mariano José de Larra ) y El trovador (Antonio García Gutiérrez), muestran protagonistas igualmente atrapados por la fatalidad, donde la pasión amorosa y los secretos familiares actúan como hilos que conducen a un desenlace trágico. En este contexto, se hace evidente la mirada consciente de los románticos hacia el teatro barroco español, tal como señala José de Zorrilla: «Indignando al ver nuestra escena nacional invadida por los monstruosos abortos de la elegante corte de Francia, ha buscado en Calderón, en Lope y en Tirso de Molina los recursos y personajes que en nada recuerdan a Hernani y Lucrecia Borjia». Así, el Romanticismo no solo retoma la idea barroca del determinismo cósmico, sino que la intensifica, incorporando la tensión emocional y la pasión individual como elementos que refuerzan la sensación de un sino ineluctable, consolidando la continuidad temática entre ambos periodos.

3- El desengaño y el sueño

Este conflicto entre destino y libertad conduce a otro rasgo fundamental que comparten el Barroco y el Romanticismo: la experiencia del desengaño y la concepción de la vida como sueño. En este sentido, el mundo en su totalidad es percibido como una nada frente a un todo: una nada que equivale a lo falso, lo aparente, un mundo como teatro sin realidad, lleno de máscaras y engaños. Frente a esta dimensión ilusoria del mundo se alza una noción del todo entendida como una realidad trascendente, absoluta e idealizada que nunca se puede alcanzar. El contraste ente la nada y el todo; entre lo efímero y lo absoluto conduce a una tensión metafísica y forma el núcleo de la visión barroca y se proyecta en el Romanticismo. Así, en el siglo XIX esta fractura se interioriza y se transforma en experiencia existencial. Tanto el hombre barroco como romántico contemplan dramáticamente el carácter ilusorio del mundo, y la fractura entre la realidad finita y el ideal infinito al que aspira. Ambos son presos de sus mundos, se engañan por sus propios sentidos, la realidad les escapa y les ofrece unas dimensiones de sufrimientos y lamentos.

El Quijote encarna esta lucha entre el ideal y el fracaso: actúa como un auténtico caballero, aunque nunca lo había sido. Luis de Gongora lamenta su temprano desengaño amoroso: «No os engañan las rosas, que a la Aurora /Diréis que, aljofaradas y olorosas /Se le cayeron del purpúreo seno»14. Según Gracián el desengaño no es más que ver el mundo con ojos convulsivos, que solo produce dolor, melancolía, angustia, se busca el goce de la vida en la contemplación de lo mutable, se canta el paso de tiempo y se lamentan los recuerdos arruinados. Fue la época de felicidades aparentes y fingidas, el mundo falso de los bellos deseos.

En efecto, el Romanticismo hereda del Barroco la concepción de la vida como un sueño, a través de la cual, el Duque de Rivas, entre otros dramaturgos, advierte que la vía de las falsas ilusiones sería el único camino para hallar el verdadero y el profundo conocimiento de la realidad. Con este propósito para crear su obra dramática El desengaño en un sueño ( 1834) se inspira en el enigmático personaje de Calderón de la Barca y la dualidad entre el sueño y el desengaño nutre su teatro.

En su drama insiste y usa varias veces el término “desengaño”, un concepto tan propio de la tradición barroca.

Lisardo es el héroe trágico de este drama, que desea descubrir el verdadero sentido y propósito de su existencia, por ello, ha de desafiar a sus pasiones, trazar su propio camino y vivir por algo que sea superior a sus capacidades y a sí mismo. A lo largo del drama, su profundo Yo estará sometido y aislado de su entorno debido a las construcciones ilusorias que le ofrece el sueño.

Los soliloquios de Segismundo en La vida es sueño y de Lisardo en El desengaño en un sueño muestran cómo el desengaño se articula como experiencia existencial y filosofía de la vida.

«¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción;

y el mayor bien es pequeño:

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.»

La vida es sueño

«¡Ilusión vana del mundo!

¡Sombras que engañan el alma!

Todo fue sueño y mentira,

y al despertar solo hallo

dolor, desengaño y lágrimas.»

(El desengaño en un sueño)

La similitud entre estos soliloquios refleja la persistencia de la herencia del Barroco en la sensibilidad del Romanticismo: el desengaño deja de ser únicamente un motivo literario para transformarse en una forma de lucidez trágica, en la conciencia de que la vida es efímera, contradictoria y paradójica. Así, Lisardo hereda de Segismundo la tensión entre ilusión y realidad, adaptándola a un Romanticismo en el que la subjetividad y la experiencia individual intensifican la reflexión sobre el dolor, la injusticia y la imposibilidad de armonizar el ideal con la existencia concreta.

De forma general, el tema del desengaño se manifiesta en la concepción del mundo como «frenesí», tal como lo expresa el mayor exponente de esta noción barroca, Pedro Calderón de la Barca. Tanto en la obra de Calderón como en la de Ángel de Saavedra, Duque de Rivas, el desengaño cumple la función de una transfiguración moral: en ambas encontramos a un hombre que, partiendo de un estado físico y psicológico humilde o limitado, se eleva hacia una conciencia superior que le permite enfrentarse a sus propias pasiones, intentar escapar de una realidad opresiva y desafiar la fuerza de un destino que parece inevitable.

En este sentido, el crítico Edgar Allison Peers afirma que este drama es «ampliamente calderoniano en tipo; en construcción, tema y caracterización», subrayando así la profunda herencia del pensamiento y de la estética barroca en la dramaturgia romántica.

Desde el drama romántico hasta la lírica narrativa, se observa un largo proceso en el que distintas formas de la tradición barroca se fueron refundiendo. En El estudiante de Salamanca, de José de Espronceda, el protagonista, Don Félix de Montemar, encarna este sentimiento de incapacidad, llanto, abandono y, sobre todo, el desengaño frente al mundo y la fuerza inexorable del sino. Así, la obra refleja cómo el Romanticismo hereda la preocupación barroca por el destino, la fatalidad y la fragilidad humana, trasladándola a un registro poético y narrativo que combina pasión, melancolía y reflexión existencial.

Y él mismo, la befa del mundo temblando Su pena en su pecho profunda escondió, Y dentro en su alma su llanto tragando Con falsa sonrisa su labio vistió!

Esta cosmovisión esproncediana retrata la propia visión y concepción del mundo del hombre romántico, de modo que, su poema titulado « Su canción de la muerte» nos trasmite su sentimiento y su modo de concebir la realidad:

Débil mortal no te asuste mi oscuridad ni mi nombre; en mi seno encuentra el hombre un término a su pesar. Yo, compasiva, te ofrezco lejos del mundo un asilo, donde a mi sombra tranquilo

para siempre duerma en paz.

4- La muerte y lo macabro

De inspiración barroca y más específicamente gongorina, José de Espronceda expresa su fascinación por la muerte, lo macabro y lo violento. Una muestra de esta inclinación se encuentra en el siguiente fragmento, donde el léxico macabro es abundante: «el crujir de los nervios rotos, cadáver fétido, centro es tu corazón de podredumbre, frente carcomida, seca calavera, vil mortaja de lienzo soez, estrecha y hedionda sepultura, corazón de cieno”. Este uso del lenguaje revela una seducción por la poesía de Góngora, y según los ejemplos tratados, confirma la presencia de expresiones con un marcado eco gongorino. En términos generales, podemos hablar de una reencarnación del espíritu barroco en la técnica de Espronceda, quien se aproxima al estilo de Góngora, como señala Manuel García. A este respecto, Dámaso Alonso añade: «No podemos precisar hasta qué punto practica Espronceda en este recurso tan familiar a la técnica gongorina».

Por otra parte, en el Romanticismo también aparecen escritores “quevedescos” durante el siglo XIX, en el sentido de que Francisco de Quevedo es considerado el escritor de los sueños y su obra influye en la valoración del arte romántico. Ejemplos de esta influencia quevedesca incluyen: Eulogio Florentino Sanz y su obra Don Francisco de Quevedo, Patricio de la Escosura y su drama La corte del Buen Retiro, Bretón de los Herreros con Una broma de Quevedo, y José Joaquín Fuente, cuya obra El Museo Universal (1860) se considera quevedesca tanto por su temática como por el lenguaje empleado.

Conclusión

Por ende, mediante nuestro análisis podemos confirmar la influencia entre el Barroco y el Romanticismo, la interrelación que implica una fusión perfecta entre ideologías, textos y contextos circulares entre ambas corrientes. De hecho, todas estas relaciones transtextuales que presentan los textos y obras, tanto románticos como barrocos, confirman la teórica relación entre ambos mundos.

Todo ello nos lleva a confirmar que la historia de la literatura no avanza a través de rupturas radicales, sino a través de las reapariciones profundas de algunas sensibilidades espirituales que reaparecen en distintas épocas y periodos literarios.

Sin embargo, la diferencia fundamental entre ambos horizontes radica en la actitud frente a esa crisis. El hombre barroco responde mediante la reflexión moral, el escepticismo y la contemplación de la vanidad del mundo, mientras que el hombre romántico reacciona con una intensidad emocional más radical: se rebela contra los límites del destino, afirma la subjetividad y convierte su dolor en materia poética. El Romanticismo no abandona el desengaño barroco, sino que lo interioriza y lo convierte en experiencia existencial.

En este sentido, la influencia de los grandes autores del Siglo de Oro no debe entenderse únicamente como una herencia literaria, sino como la transmisión de una misma inquietud metafísica. En última instancia, el diálogo entre Barroco y Romanticismo demuestra que la literatura es uno de los lugares privilegiados donde la humanidad reflexiona sobre su propia condición.

¡Muchas gracias por su atención!

Pies de foto

Foto 1:     Ridha Mami; Malek Souaiy; Francisco Gutiérrez Carbajo y de pie, Basilio Rodríguez Cañada

Foto 2:     Basilio Rodríguez Cañada, Presidente del Grupo Editorial Sial Pigmalión

Foto 3:     Ridha Mami; Malek Souaiy y Francisco Gutiérrez Carbajo

Foto 4:     Francisco Gutiérrez Carbajo, catedrático de la UNED y director del Aula Literaria de Sial Pigmalión

Foto 5:     Malek Souaiy y Francisco Gutiérrez Carbajo

Foto 6:     La profesora Malek Souaiy que impartió una excelente conferencia

Foto 7:     En primer término, Ridha Mami, durante su intervención, junto a Malek Souaiy y Francisco Gutiérrez Carbajo

Foto 8:     Ridha Mami, Doctor por la Universidad Complutense de Madrid, Catedrático de lengua y literatura españolas en la Universidad de la Manouba

Foto 9:     Ridha Mami y Malek Souaiy

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