Pilar A. Puentes.- Son las cuatro de la tarde y la maquinaria se ha puesto en marcha. El silencio ha dado paso al bullicio y la algarabía. Apenas si restan unos días para la llegada de la Semana Santa y las puertas de casa de mamá Pilar se abren para recibir a toda la familia.
Como todos los años, por estas mismas fechas, las hermanas de mamá vuelven a reunirse alrededor de la mesa para cumplir fielmente con esta tradición centenaria, heredada de mi tatarabuela y que, al igual que en muchos municipios de la Ruta de la Pasión Calatrava, como Bolaños, ha ido pasando de generación en generación hasta llegar a nuestros días.
Tras meses de ardua espera, por fin ha llegado el gran día. La tía “Mina” ya está en casa, después de un largo y tedioso viaje en tren desde Madrid y junto a sus hermanas, Carmen y Elvira, se disponen a organizarlo todo; mientras tanto, a mis recién cumplidas siete primaveras, me preparo para disfrutar por vez primera de esta gran fiesta.
Sobre la mesa, ésa que un año más las ha vuelto a congregar, un amplio abanico de colores y sabores diferentes se despliega. En el centro, un gran tinajón de barro concentra todas las miradas. Con minuciosidad, Elvira va dejando caer lentamente uno a uno cada ingrediente, mientras “Mina”, la mayor de ellas, arremangada hasta los codos, va dando forma a la masa.
La ralladura de limón se entremezcla con los huevos, el aceite y la harina conformando una extraña y pegajosa mezcla que, a duras penas, “Mina” va desprendiéndose de ella. Con gran curiosidad, introduzco yo también mis diminutas manos de dedos finos y alargados que se hunden hasta el fondo y que, con cierta dificultad, logro sacar recubiertas por esa suave y deliciosa masa de inconfundible aroma a limón. Manos que, como si no hubiese un mañana, relamo después sin parar.
El crepitar del aceite humeante indica que todo está preparado y mamá, al frente de la cocina, da la orden. Pero antes, sobre la masa ya compacta, una de mis tías marca una cruz y al unísono las cuatro rezan juntas: “Crécete masa, como la virgen María se creció en gracia”. Y yo, atónita a lo que estoy contemplando, entono esa misma letanía.
Después, un paño de cocina cubre el tinajón esperando que la masa comience a levantar. De repente, una nube de polvo blanco inunda el comedor. Tras cortar la masa en pedacitos, se extiende sobre la mesa una fina capa de harina; mientras tanto, Carmen trata de enseñarme con paciencia cómo elaborar estos pequeños rosquillitos, con forma de aspas de molino, únicos en Bolaños.
“Aprieta con el pulpejo” me repite una y otra vez la tía mientras me afano en seguir sus instrucciones al pie de la letra. Después, “dobla la masa, haz tres cortes y une los extremos”, insiste sin cesar. “Tu abuela siempre decía que eran de ciento en boca porque no son como el resto de rosquillos que se hacen aquí. Su pequeño tamaño y delicioso sabor hacen que quien los prueba no pueda dejar de comerlos”, me explica.
Después de varios intentos logro al fin moldear el primero de ellos, que con una forma un tanto irregular, mamá introduce en la sartén con el fuego hirviendo mientras espera a que se fría. Y así, uno tras otro vamos elaborando en cadena más de un centenar, que una vez bien fritos, mamá reboza en azúcar y coloca con mucho cuidado en el perol, evitando que se rompan.
Cuando la hilera de rosquillos que aún resta por freír se ha terminado, la tía rebaña bien las paredes del tinajón, apurando así los restos de masa que todavía quedan y que mi hermana y yo, en un descuido, aprovechamos para comer o elaborar pequeños panecillos que, tras pasar por la sartén, acaban también en el perol; ése que mama cierra esperando con ilusión la pronta llegada del Jueves Santo.
Y por fin es jueves. Pero no un jueves cualquiera. Hoy es Jueves Santo y el sol reluce con más fuerza. El inconfundible sonido de tambores y cornetas anuncia que Judas anda ya buscando al Señor, junto a los armaos, por las calles bolañegas.
Y de nuevo ahí, en torno a la misma mesa, nos volvemos la familia a reunir; aguardando impacientes la llegada del Nazareno, con sus manos atadas, después de prenderlo.
Es entonces cuando mamá abre de nuevo el perol. Ése que hace unos días cerró con el anhelo y la esperanza de poder volver a juntarnos y compartir en familia no sólo estos ricos manjares, si no también momentos de unión y tradición.
Ahora, casi cuatro décadas después, son las desgastadas manos de mamá las que, a sus cerca de noventa años, siguen cincelando y moldeando con el mismo amor estos ricos manjares que antes elaboraba en compañía de sus hermanas. Manos artesanas llenas de experiencia y sabiduría, las únicas ya en la familia que continúan dando vida a estas viejas tradiciones y que ahora mamá trata de enseñar con mucho esmero a sus tres nietos: Sofía, Inés y Javier para que las sigan transmitiendo y aguardando, con la misma ilusión de cuando yo era niña, la llegada de un nuevo Jueves Santo.
Porque en casa de la abuela “Lala” los Jueves Santo siguen teniendo un aroma especial. Saben a limón y canela. A flores y huevos moles, a torrijas, barquillos y magdalenas, pero sobre todo a esos riquísimos rosquillitos que con tanto cariño elaboraba mi abuela, como antes lo hizo su madre, y mucho antes mi tatarabuela; pedacitos de gloria para el paladar, que “de ciento en boca” solían llamar.
Pilar A. Puentes
BIOGRAFÍA
María Pilar Aranda Puentes (Ciudad Real, 20 de marzo de 1982). Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid (UCM) en la especialidad de Periodismo.
El ciclismo, mi gran pasión desde niña junto a la lectura y los viajes, me llevó a la que hoy es mi profesión. Periodista de vocación, mis primeras crónicas “caseras” llegaron en la década de los ’90, con apenas nueve años, de la mano de Miguel Induráin y sus grandes gestas en el Tour de Francia. Años más tarde, ya iniciados mis estudios en Madrid, comencé a colaborar en la revista El Cronista Calatravo escribiendo artículos sobre el Club Baloncesto Bolaños.
Durante siete años ejercí como redactora en el periódico El Día de Ciudad Real. Tras un breve paso por La Tribuna de Ciudad Real y un alto en el camino profesional para cuidar a mis dos hijas, Inés y Sofía, desde 2021 desempeño funciones como responsable de Comunicación en el gabinete de prensa de CSIF Ciudad Real.







