La secuencia iconográfica, tomada en su conjunto, de los desfiles procesionales de la Semana Santa –de aquí y de otros tantos lugares diferentes, con su variado tributo iconográfico histórico acumulado y actual, en otros casos– en la estación de penitencia de las diferentes Hermandades y Cofradías, no esconde la alteración temporal, por una parte, y la repetición de escenas y motivos iconográficos por otra. Y por ello, su extrañeza.

Nazarenos repetidos, Crucificados superpuestos y Cautivos variando solo en el color del hábito.
Alteración temporal, además, con la salvedad de los dos domingos –como dos corchetes que abren un paréntesis semanal preciso–: el del pórtico del Domingo de Ramos, con la Borriquita o Borriquilla y la procesión de Las Palmas, proclamando a todos los vientos, con palmas y ramas de olivo, la Buena Nueva de Jesús entrando en Jerusalén; y el del epílogo postrero del Domingo de Resurrección, que da cuenta del final y del principio.



Alteración temporal que permite un avance y un retroceso cronológico, en función de la confección de los desfiles y de las diferentes estaciones de penitencia.
Algo que siempre ha extrañado a los menores de edad y a los rigoristas de las secuencias cronológicas.
Entre esos dos paréntesis dominicales se amalgaman, en orden aproximado como ya hemos citado, la secuencia de lo que podríamos llamar –siguiendo, en parte, a Gabrel Miró, en su trabajo de 1928, Figuras de la Pasión del Señor–, como Escenas de la Pasión.
Miró se inicia en su ensayo biográfico pasional, ya casi centenario, con Judas, para concluir con La Samaritana.
Dejando en lugares intermedio a Pilatos, Simón de Cirene o María Cleofas.

Con una aportación sugerente en el episodio Un nazareno que le vio llorar.
Denominando como tal –nazareno– a los peregrinos procedentes de la ciudad de Nazaré –Miró lo escribe con th, y opta por ello, por Nazareth–, que llegan a Jerusalén y uno de ellos, recuerda las lágrimas del hijo de Josef –Miró opta por licencias gramaticales como llamar Barabbas a Barrabás–.
Todo ello, para responder a los que se interrogan por la procedencia de los penitentes desfilantes que algunos conocen como nazarenos, sin ser oriundos de la ciudad de Nazaré. Omitiendo una procedencia geográfica que todo lo aclara.
Capítulo éste del Nazareno que lo vio llorar, que se abre con la reseña de San Lucas, IV, 29, “Y se levantaron y le echaron de la ciudad y le llevaron hasta la cumbre para despeñarlo…”.

En ese recuento iconográfico de la imaginería de la Pasión, encuentro al menos catorce posiciones centrales, frente a las quince figuras desarrolladas por Miró.
Posiciones que vienen a constituir motivos argumentales de esa representación cristológica que constituyen los pasos argumentales de todo el imaginario de la imaginería. Conocidos como Pasos de Misterio.
Por más que los desfiles verificados no respondan a la gravedad del hilo temporal ya referido. Y por ello, se pueda iniciar un Lunes Santo con una comitiva de un Crucificado, para días después descubrir otra secuencia en el huerto de Getsemaní, señalando una apariencia de resurrección aparente o de falta de licencias sobre la temporalidad.
Pese a todo ello, hay un hilo lógico y acuñado, que viaja desde La entrada en Jerusalén, prosigue con el Huerto de los olivos, oración a la que sigue El Prendimiento y posteriormente la imagen de El Cautivo.

Para llegar al meridiano procesal de Jesús ante Anás, Caifás y Pilatos. Un Ecce-Homo –así conocido en algunos casos– que da salida a la secuencia de Flagelados (también pueden ser vistos como Jesús de la columna), Coronado de espinas y Varón de dolores (Jesús mostrando sus heridas y sus dudas en la Meditación de la Pasión, como ha demostrado José Joaquin Parra Bañónen su excelente trabajo Arquitectura de la melancolía de 2019).
El paso relevante lo proporciona ya el camino del Calvario, tortuoso y empinado. Ya puro Vía Crucis penitencial, con la larga secuencia de Nazarenos con la cruz a cuesta –con ayuda o sin ella, con Cirineo y sin él–.
Para concluir con la secuencia de ese monte de enclavamientos y tormentos, agitado por el viento y a punto de tormenta. Ya con la Crucifixión misma ֪postergada en diferentes instantes: La Sed, La Lanzada, Las Siete palabras, La Agonía y La Expiración.
Con el tramo final de El Desenclavamiento y el posterior Descendimiento, también en algunos lugares La Quinta Angustia, que en otras ocasiones no deja de ser una Piedad, que acoge en su seno a Cristo Muerto, como un retorno maternal al principio.
Y luego el Cristo yacente, previo al Enterramiento.
Y, finalmente, La Resurrección. Que cierra el paréntesis de una cronología alterada.







