Atanasio Herrera, el “Hermes” de Lanza

Manuel Valero.- Cuando llegué, Atanasio Herrera ya estaba allí. Y no era, como yo, un recién llegado, sino que pese a su juventud, llevaba trabajando en el Lanza desde los dieciséis años, razón por la cual se conocía el periódico y sus entresijos como un libro leído cien veces y aprendido de memoria. Lo que me llamó la atención de él cuando lo conocí fue su actividad constante -era más fácil que una estatua recobrase movimiento que Atana se quedara ocioso- y su disponibilidad, nunca servicial, sino por un profundo sentido del trabajo. A todo el mundo llamaba de usted, incluso a los recién llegados. Entré en la redacción de Lanza en abril de 1987 después de haber estado un año colaborando. Y conmigo lo hicieron Laura Espinar y José María Izquierdo, de quienes guardo un grato recuerdo.

Pues bien, la primera vez que se dirigió a mí, Atanasio Herrera, Atana, lo hizo con el titulo de don. En su mentalidad un poco a la antigua existía la urbanidad aprendida de que un licenciado universitario tenía derecho a ese trato por derecho propio. Ni qué decir tiene que le dije con amabilidad que con que me tratara de tú, sin más, era suficiente. Fue inútil. Para él, era don Manuel y no hubo manera. Así que lo asumí con naturalidad. Caminaba deprisa por la redacción como si le urgiera todo. Al poco tiempo supe, claro, que era atleta, corredor de fondo con toda su soledad, incluso me acordé de la célebre novela de Alan Sillitoe. Esa celeridad hacía que lo que necesitabas lo tuvieras en la mesa antes de un parpadeo. Iba y venía con los sobres mecanografiados -antes de la revolución digital, de la AISA a la redacción, atendía recados, encargos, nunca paraba. Siendo el último en el escalafón era de alguna manera el primero. Atana por aquí, Atana por allá. Era tan servicial que incluso te iba a por un bocadillo si las circunstancias de la actualidad obligaban a uno a seguir con la tarea para no salir demasiado tarde, puesto que tenía que regresar a Puertollano, viaje que hice durante treinta años, sin ningún percance, salvo las multas de tráfico. Cuando él faltaba por libranza se notaba e incluso si se le requería, acudía raudo como un Hermes sobre su zapatillas voladoras.

Tantos años en Lanza le hizo conocedor de las peculiaridades de cuantos con él trabajábamos. Los primeros días nos miraba a los nuevos con cierta curiosidad porque nuestra entrada se produjo en tiempos de cambios en le diario. Era discreto hasta la extenuación y jamás le escuché un mal comentario de ningún compañero. Activo, servicial, discreto. Un engranaje vital de la maquinaria diaria del periódico. Lo mismo estaba en redacción, que con los maquetas, en la administración o en la rotativa, en la Diputación, en Correos, en la AISA. Era incansable. Corredor de maratones, hecho a la resistencia y a la constancia era lógico que eso influyera en su carácter siempre inalterable aunque por dentro estuviera procesionando.

Una mañana llovía tanto que hube de poner el parabrisas a la máxima velocidad y a través de la cortinilla de agua que era incapaz de limpiar el mecanismo, lo vi trotar cuando mi coche enfilaba la Poblachuela. Miré por el retrovisor y me aseguré que no venía ningún vehículo detrás. Paré y casi le obligué a entrar. En otra ocasión, me lo encontré a media distancia entre Puertollano y Ciudad Real. Hacía bueno y esta vez me hizo un gesto con la mano cuando reduje la velocidad para que continuara. Al llegar a Ciudad Real me dijo que venía e Puertollano, por puro entrenamiento. Atana era un personaje que cuando no iba a bordo de sus zapatillas lo hacía en una bicicleta que era como el coche oficial de empresa reservado para él. Y no se le paró el corazón cuando hubo de retirar la foto de Franco del despacho del director ni cuando perdió siete cheques que se los devolvió su ángel de la guarda en forma de una mujer que se los encontró y los llevó a la Policía Local. Y los recuperó. 

Ahora me he enterado que ha sido intervenido debido a un problema de corazón medio siglo y un año después de servicio al diario. Leyendo la entrevista que le hace el compañero Fran Solis descubro un video sobre una visita que hizo a la televisión regional a ver si lograba que una mujer se interesara por él para no vivir los últimos años en soledad. Desconozco la suerte de esa botella lanzada al mar del mundo desde un plató de televisión pero sí le deseo toda la felicidad del mundo. Y en ese reportaje me entero, también, de la historia de amor que vivió con una chica, un noviazgo de pureza, que no pudo ser. Luego la chica se casó con otro y falleció al año siguiente. Da para una novela.

Que Atana es un tipo muy sensible lo sabemos quienes lo conocemos: una persona que inspira ternura. Trabajaba, cuidaba de su madre, corría cuantos maratones se salían al paso, aún con el corazón roto por su noviazgo contrariado. Tal vez por eso su patata hecha a pulsaciones de vértigo le avisó que parara. Ahora está bien y ha sido despedido como un héroe por los compañeros y compañeras de Lanza, a la hora de su jubilación, a los cuales me sumo. Mucha salud Atanasio Herrera y bienvenido al club de los jubilatas. No se pasa mal, te lo aseguro, aunque la nieve del tiempo se remanse en los que todavía tenemos pelo.

Tu compañero, Manuel Valero.

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