“Hacer con soltura lo que es difícil a los demás, he ahí la señal del talento; hacer lo que es imposible al talento, he ahí el signo del genio.”
HENRI-FREDERIC AMIEL
(Filósofo y escritor suizo)
En el Día del Libro, como cada año, hay rutinas que son casi obligadas: las presentaciones o firmas de libros por sus autores; los encuentros entre lectores y escritores; las lecturas continuadas del Quijote; o cualquier acto literario que sirva para ensalzar la figura de nuestros eminentes escritores, sean clásicos o actuales. Pero hay lugares en los que se organizan varios días de actividades en estas fechas. Este año he podido asistir al inicio de las Jornadas Cervantinas —que ya van por la XXXV edición— que se celebran en mi patria chica: El Toboso.
El primero de los actos ha sido un encuentro literario con el escritor Alfonso Goizueta, que fue finalista del Premio Planeta de 2023 —seguramente el más joven en conseguir este preciado galardón con tan solo veintitrés años—. La sangre del padre fue su primera novela y con la que obtuvo este premio. En ella nos cuenta la vida y las experiencias del personaje más relevante de la antigua Grecia: Alejandro Magno. Junto a sus extensas conquistas territoriales y su inteligencia natural, el autor novela la parte emocional del mayor genio militar de la historia.

Porque un relato en el que solo se recogen los hechos históricos probados no permite conocer los propósitos o las pasiones que motivan a sus protagonistas. Y este autor reflexiona y va completando el vacío que la historia real conocida no puede cubrir. Nos muestra la evolución de sus personajes y sorprende la admiración de un rey por un filósofo indigente, cuando Alejandro confiesa: «… si hubiera nacido en otro tiempo […], habría querido ser Diógenes». «¿Y por qué?», le preguntó un amigo, y él respondió: «No lo sé… Supongo que porque es libre».
Pero en este acto literario el autor se va a centrar, principalmente, en hablar de su segunda novela, El sueño de Troya, en la que se cuenta la vida del heterodoxo arqueólogo alemán Heinrich Schliemann, obsesionado con encontrar los restos de la antigua ciudad de Troya. El protagonista fue un personaje real, de alta capacidad intelectual, que era un multimillonario empeñado en demostrar que lo que se contaba en la Ilíada era una historia cierta; y a ello se dedicó después de dejar su actividad y su país; y sus trabajos se centraron cerca del mar Egeo.
Este joven escritor trata sobre la cultura y la historia de la Grecia antigua, un tema que, aunque nunca ha dejado de apasionar a historiadores, escritores y lectores, se volvió a poner de moda cuando Irene Vallejo publicó El infinito en un junco, con el que obtuvo el Premio Nacional de Ensayo en 2020. Pero la afición del autor por este periodo de la historia no era nueva. Según contaba, con once años pidió a su madre que le pusiera un profesor de griego clásico para conocer en su propia lengua todo ese periodo de la historia y su madre se lo proporcionó.
Goizueta tiene por lo menos talento, aunque los dos protagonistas de sus novelas son verdaderos genios —personas precoces cuya madurez intelectual se anticipó a la de su edad—. Filipo II encargó la formación de su hijo Alejandro a Aristóteles, cuya enseñanza le permitió expandir su inteligencia natural y pudo usar las habilidades que él desarrolló en su corta pero intensa vida. Schliemann fue un superdotado que aplicó sus cualidades naturales a lo largo de su vida, como su facilidad para aprender idiomas o para organizar la búsqueda de Troya.
Llamaron la atención las referencias literarias que hizo el autor sobre qué obras o escritores le han servido como fuentes de inspiración a la hora de escribir sus novelas. Dijo que, como en el Quijote, los personajes de su última novela van involucionando. Los más idealistas, con el paso del tiempo, se hacen más conservadores, como le ocurrió a Sancho —que al final desea nuevas aventuras, cuando en los inicios él era el más realista—, mientras que a don Quijote le ocurre al revés: agotado por las desventuras, acaba contemporizando con la ineludible realidad.
Pero, entre otros escritores, el autor habló de uno muy especialmente. Se trata de otro Miguel y de más que notables cualidades literarias: del vallisoletano Miguel Delibes, por quien siente una gran estima y sobre todo, por su novela El camino. En el gusto por esta obra coincide con el sentir general de los lectores y de la crítica literaria. Aunque para mí, que soy un heterodoxo admirador del autor castellano, la obra más completa, sin tener que desmerecer a ninguna otra, es El hereje, de la que he escrito un artículo en esta misma tribuna: «Delibes y El hereje».
Pero volvamos a este acto en el que se consiguió aglutinar a una numerosa presencia de público, entre quienes se encontraban los miembros del club de lectura local que habían trabajado con entusiasmo sobre la novela El sueño de Troya.








