La Venta de la Inés: Crónica de una visita al abandono

David García Rodríguez.- La visita tuvo lugar hace poco más de un mes y empezó como empiezan muchas cosas importantes. Sin pretender serlo. Una excursión bien organizada, como a mí me gustan estas cosas, pero de esas domingueras que se comparten en buena compañía, con los muchachos, matanza y vino en las mochilas y mejor ánimo. Primero había solicitado permiso para visitar la Cueva de la Venta de la Inés y, aprovechando la ocasión, había concertado también con su propietario, don Felipe Ferreiro, una visita a la venta por la tarde, quien nos atendió con una cordialidad difícil de encontrar y todavía más de agradecer.

La entrada en la Venta de la Inés, uno de los enclaves cervantinos más significativos de La Mancha, declarada Bien de Interés Cultural en 2009, fue en un primer momento emocionante, casi ilusionante, largamente deseada. Bastaron, sin embargo, unos minutos en su interior para que esa expectación se tornara en otra cosa muy distinta, la constatación de un deterioro grave y de un abandono tan evidente como deprimente.

Íbamos acompañados de amigos y familia, pero también de una mirada especialmente sensible, el Doctor Hans Christian Hagedorn, profesor titular de Filología Alemana y Literatura Comparada del que fui alumno en la Universidad de Castilla La Mancha, investigador de referencia internacional en estudios cervantinos y uno de los mayores especialistas en la recepción universal del Quijote fuera de España. Alemán de origen, cervantista por vocación y hoy vecino y amigo de esta tierra, Hagedorn no visitaba la Venta como turista, sino como estudioso que lleva más de dos décadas analizando el impacto cultural de Cervantes en Europa, América y más allá.

Felipe Ferreiro hijo, con una cordialidad y una generosidad que contrastan dolorosamente con el abandono institucional del lugar, nos abrió la Venta cerrada al público por razones evidentes de seguridad. Gracias a él pudimos recorrer un espacio que, aun en su estado actual, sigue siendo una fuente primaria del paisaje cervantino.

Lo que ve un cervantista cuando pisa un lugar auténtico y contempla ese abandono es la ruptura entre el valor universal que celebramos en los libros y la indiferencia local que permite que los lugares donde nació ese valor se desmoronen en silencio.

Nada más cruzar el umbral, la realidad se impone con crudeza. Tejados deformados, cubiertas impropias, restos de uralita con amianto que no deberían existir en un bien protegido y un deterioro estructural evidente, agravado de forma alarmante por las lluvias persistentes de los dos últimos años. No son daños inevitables. Son consecuencia directa de la falta de mantenimiento.

Las antiguas cuadras concentran lo más valioso y lo más frágil. Allí permanecen pesebres originales, maderas históricas, techos tradicionales y soluciones constructivas auténticas de la arquitectura popular manchega. Todo ello, hoy, sujeto a puntales provisionales que evitan el colapso inmediato, pero que no detienen la ruina.

Hagedorn recorría el espacio en silencio, deteniéndose en detalles que a otros pasarían inadvertidos. “Esto no es una recreación museística”, comentaba en un momento dado. “Esto es exactamente el tipo de espacio que explica mejor que ningún discurso cómo funcionaban las ventas, cómo eran los caminos y por qué Cervantes escribe como escribe”. Lo decía alguien que ha coordinado obras fundamentales como Don Quijote por tierras extranjeras, Don Quijote, cosmopolita o Don Quijote en los cinco continentes, y que ha trabajado con investigadores de más de veinte países analizando el legado universal de la novela.

La paradoja es sangrante. La Venta de la Inés cuenta con la máxima protección legal, pero carece de la mínima protección material. Desde su declaración como BIC, no ha existido un plan integral de conservación, ni una inversión pública relevante, ni una hoja de ruta clara. La figura legal ha servido para figurar en registros y en papeles, no para salvar el edificio.

Que un lugar de esta importancia sea inaccesible por riesgo estructural no es una anécdota. Es el síntoma de un fracaso administrativo. Y no hablamos de un bien oscuro o secundario. Hablamos de un enclave que forma parte del imaginario cervantino y del relato cultural de La Mancha.

La indignación crece cuando la comparación es inevitable. A escasos kilómetros, la Venta de Borondo, también BIC y también cervantina, ha recibido recientemente una inversión pública de 190.000 euros para la renovación de su cubierta. Allí hubo decisión política, recursos económicos y voluntad de actuar antes de que fuera demasiado tarde. Aquí, en la Venta de la Inés, no ha habido nada. Dos edificios históricos. Dos figuras BIC. Dos tratamientos opuestos. La diferencia no puede explicarse por criterios técnicos ni patrimoniales. Solo por prioridades políticas.

Que hoy alguien pueda recorrer la Venta de la Inés depende exclusivamente de la generosidad de la propiedad, no de la acción de ninguna administración cultural. La venta está cerrada porque no es segura, no porque no tenga valor. Y esa es la mayor de las ironías.

Mientras las instituciones miran hacia otro lado, son los particulares quienes sostienen a duras penas, como pueden, un patrimonio que es de todos. La cara de Felipe es un poema mientras nos relata. Visitar la Venta de la Inés hoy no deja indiferente. Mucho menos cuando se hace acompañado de alguien que ha dedicado su vida académica a demostrar que el Quijote es un fenómeno global y que los lugares auténticos importan, y mucho, para entender por qué esa obra sigue viva en la literatura, en la música y en la cultura contemporánea.

Si la Venta de la Inés termina perdiéndose, no será por desconocimiento ni por falta de valor. Será porque quienes tenían la obligación legal y moral de intervenir decidieron no hacerlo. La visita de hace un mes no fue solo un recorrido, fue una constatación. Y también una advertencia. No tenemos responsables a la altura. No hay compromiso de la ciudadanía con la defensa activa de su patrimonio, ni tampoco una administración ni capaz ni dispuesta a asumir la tutela que exige un Bien de Interés Cultural.

Lo que hoy sucede en la Venta de la Inés no es una excepción, es el síntoma de una forma de entender la cultura como un trámite y no como una responsabilidad compartida. Y cuando falla la institución y calla la sociedad, el abandono deja de ser una circunstancia para convertirse en un destino asegurado. Porque el patrimonio no se destruye solo. Se empuja hacia la ruina con la inacción de quienes tenían el deber de protegerlo, se consuma con el silencio de quienes miran a otro lado por pura ignorancia, y se remata cuando, ya tarde, todos fingen sorpresa ante lo inevitable sin reconocer el fatídico resultado que ellos mismos provocaron.

David García Rodríguez

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