Julio Criado García.– Soy editor, estoy en fase de traslado de muebles, tengo 67 años y un cáncer de próstata incurable; no estoy para muchas milongas. Me encuentro en esa etapa de escribir “lo que me da la gana” —acabo de sacarle una sonrisa a Gema y a Cristina—. Nunca he dicho que fuese periodista; a mi buen amigo Paco Acero no le hubiese gustado, él prefiere lo de “Licenciado en Ciencias de la Información”. Lo de periodista, viendo el uso que le están dando algunos, empieza a sonar peyorativo.
Tras casi treinta años de “profesión”, y a pesar de ser solo editor —de lo que se ha puesto por delante—, he escrito de todo. Siempre desde el anonimato que te dan los artículos a nombre del periódico o las notas de prensa, sin firmas: ni en el texto ni en las fotos. Muchas de ellas de esas en las que sacas la churrera y las tiras como churros; de cajón de madera de tabla, con cuerpo y sin alma. De las que el cliente paga.
Mis inicios juveniles en la escritura por placer surgieron frente a una Olivetti de carro ancho. Sin embargo, en el negocio de la comunicación empecé con una línea de fax y picando textos en un ordenador con la capacidad justa para un simple procesador de textos; uno de aquellos con disquetes. Ahora dispongo de no sé cuánta capacidad en un cacharro con una velocidad que ni me atrevo a citar; un equipo ligero y pequeño que me acompaña en todos mis viajes.
Acabo de salir de la presentación de una locura de libro de un auténtico licenciado en Ciencias de la Información. Les he prometido a mis amigas de ‘Lo que te da la gana’, Gema y Cristina, que escribiría una crónica de las de verdad; de esas que necesitan la inspiración de unas cañas bien tiradas, con su espuma reglamentaria, en un bar de los de siempre, donde las servilletas no limpian, pero las charlas arreglan el mundo. Estamos en un mundo que necesita ser arreglado con urgencia; bueno, siempre ha tenido esa urgencia.
Y como lo prometido es deuda, pienso cumplirlo. Pero primero necesito quitarme un poco de fucsia del alma; chorreo fucsia por todas partes. Lo necesito para levantar un nuevo muro de ladrillo fucsia —mi primo y amigo Julio Puentes ha levantado uno de verdad—; el mío tendrá que ser de los de palabra a palabra fucsias. He sudado el sofá mostaza con Suko y necesito esa descontaminación con espuma que os contaba antes. Especialmente si tengo que diseccionar el alma de Héctor Peco hasta dejarla en carne viva, con un cierto «caos con sentido».
Pero mientras llega mi crónica, olvidad todo lo que creéis saber sobre las presentaciones de libros —esas donde la peña va a dormirse mientras un autor se escucha a sí mismo—. Lo que pasó ayer en el Museo Cristina García Rodero no fue literatura; fue una emboscada emocional orquestada por un comando de Puertollano que no cree en los filtros de Instagram ni en las medias tintas.
Con un muro de ladrillo pintado a mano de fucsia, un sofá mostaza que sudaba honestidad y un heavy cantando por Sabina porque «no hubo huevos» a decir que no, Héctor Peco soltó a los perros de su nuevo libro, “Equilibrio”. Un desmadre fucsia de 20 pavos donde el autor confiesa que es un desastre, su madre le llama loco y Suko le bendice como el «impostor» que todos necesitamos para no morirnos de aburrimiento.
Si buscas frases de azucarillo, sigue caminando; si quieres saber por qué un centenar de personas se quedaron a vivir en el desorden de Héctor, no te pierdas la crónica que prometo escribir para Gema y Cristina. Os aviso (y el que avisa no es traidor): esto os manchará, y mucho, de fucsia.
Por eso, brindo desde aquí, con esta espumosa, por el sindicato de los impostores, por la valentía de Gema y Cristina, por los «trabajos» de Julio y Rosa, y por ese “Equilibrio” que, por fin, ya está en la calle haciendo de las suyas. Para mí ha sido un placerazo compartir este «atraco fucsia» con todos vosotros: Gema, Cristina, Julio, Rosa, Suko, Jaime y, especialmente, contigo, Héctor. Pero primero voy a disfrutar de esta caña, que es la única que ahora me va a quitar la sed de verdad.








