2 de mayo de 1808: El levantamiento de una civilización

<Por amor a la paz podrían consentirse muchas cosas; pero si la esclavitud, la barbarie y el aislamiento fueran exaltados en nombre de la paz, ésta sería para el ser humano la peor de las miserias> (Baruch B. Spinoza)

El termómetro de la botica de la Puerta del Sol marcaba 10º; eran las ocho de la mañana. Algunas mujeres acarreaban grandes cestos camino de los mercados y pequeños asnos circulaban con productos de toda clase rumbo a los puestos de venta. El santoral de aquel dos de mayo estaba dedicado a San Atanasio, Obispo y Doctor. Frente a las obras, pequeñas fogatas daban lumbre y calor a los obreros. En Palacio, todo estaba listo para la partida de María Luisa, exreina de Etruria, hacia Francia.

Sobre las ocho y media, Rafael de Arango, teniente de artillería, oriundo de La Habana, de 20 años de edad, caminaba apresurado hacia el Parque de Artillería. El teniente coronel Francisco Novella Azábal se despedía de Luis Daoíz; no volvería a verlo con vida. El escritor Mor de Fuentes aguzaba el oído; barruntaba sobresaltos para ese día; se tranquilizó, momentáneamente, al escuchar a lo lejos los gritos conocidos de los pregoneros y vendedoras, tan comunes en las mañanas madrileñas.

-¡¡Traición, traición!! ¡Nos han llevado al rey y se nos quieren llevar a todas las personas reales!¡Mueran, mueran los franceses! -Era el cerrajero Blas Molina, saliendo por la puerta de Palacio. Casi a la vez, se asomó al balcón el mayordomo de semana del rey, don Rodrigo López de Ayala y Barona:

-¡¡Vasallos a tomar las armas!! ¡Que acaban de llevarnos a los infantes!  

El adolescente Luis de Paula nunca había sido demasiado popular entre los madrileños, pero…… -¡Viva el infante, viva! – la gente lo vitoreaba.

Murat miraba por la ventana sin ver bien lo que sucedía, excepto que los soldados españoles no actuaban contra el gentío. El ministro O´Farril se enfrentó al cerrajero pidiéndole que se llevara al tumulto de allí. El cerrajero no se amilanó y encaró al ministro. Joaquín Murat vio la oportunidad de dar un escarmiento al <populacho>; estaba convencido que la Junta de Gobierno era incapaz de mantener el orden.

Rodrigo López de Ayala oyó la descarga de fusilería y vio a medio centenar de paisanos desangrándose en el suelo. Habían comenzado los acontecimientos que desembocarían en el levantamiento popular; la primera chispa que correría como la pólvora por el resto de la España ibérica.

El alzamiento de una civilización

Lo que aconteció aquel dos de mayo de 1.808 no fue simplemente una revuelta patriótica o un episodio militar. En términos civilizatorios fue algo mucho más profundo:  Se trató de la reacción espontánea de una comunidad histórica frente a la desarticulación de su orden político, espiritual y social. Y esta es, precisamente, la clave que suele perderse cuando el acontecimiento se interpreta únicamente como el nacimiento de la nación moderna, o como simple resistencia antifrancesa. La historiografía ha sido miope, muy miope; ha carecido de la lucidez aguda de comprender lo que era España. En realidad, jamás entendió a este país único, peculiar donde los haya; como tampoco entendió al conjunto de la Hispanidad.

El dos de mayo de 1.808 fue, sobre todo, el levantamiento de la comunidad orgánica en defensa de su continuidad civilizatoria.

A comienzos del siglo XIX, la Monarquía Hispánica enfrentaba problemas fiscales y tensiones ilustradas a causa de la creciente influencia francesa. Los borbones habían centralizado parcialmente el sistema, debilitando cuerpos intermedios tradicionales, pero la sociedad española continuaba siendo profundamente comunitaria, católica, arraigada en el tradicional espíritu municipalista, que tanta importancia tendría después en los cabildos canarios y del Nuevo Mundo, además de corporativa: los gremios y las cofradías todavía aportaban una importante red de ayuda mutua por toda la geografía.

La pretensión napoleónica iba más allá de ocupar España: Su verdadera pretensión era reorganizarla dentro del sistema imperial francés; lo que implicaría la sustitución dinástica, la subordinación política, la transformación institucional y la homogeneización cultural, a la que eran tan aficionados los revolucionarios franceses.

El dos de mayo no lo inició una élite organizada, ni un ejército coordinado, ni fue fruto de alguna ideología sistemática. Comenzó en los barrios, en los sectores más populares; fueron los artesanos, los chisperos y parte de las capas tradicionales madrileñas; pero no sólo. Ese día, como todos, Madrid estaba lleno de transeúntes de otros lugares de España que no se quedaron con los brazos cruzados y se unieron en defensa de su patria. Los que la historia llamó vecinos de Madrid, fueron, en realidad, vecinos de toda España que, circunstancialmente, el destino los llevara en aquella fecha a la capital del Reino; como el cubano Rafael de Arango, capitán de artillería.

Lo que revela aquel histórico día es fundamental: A pesar del debilitamiento institucional previo de las reformas borbónicas, la comunidad histórica seguía viva. El levantamiento demuestra que la cohesión civilizatoria española seguía siendo extremadamente fuerte. Por ello, tuvo también un componente religioso, legitimista y comunitario: siempre el elemento comunitario al frente. La lucha no fue política; fue en defensa de un orden moral y civilizatorio -perdónenme la insistencia-, porque sin este componente, nada, absolutamente nada, tendría sentido. Por eso, rápidamente, parroquias, municipios, juntas locales, clero se convertirán en núcleos de resistencia.

El colapso de la monarquía efectiva trajo consigo las juntas locales y provinciales; esto sería crucial, porque las juntas no nacieron de una idea liberal abstracta, sino de la tradición hispánica de mediación territorial. Fue esa tradición aun vigente, aunque debilitada, la que salvó España. Fueron la reconstrucción orgánica de la soberanía desde abajo.

Tómese nota de lo siguiente: La capacidad de resistencia española surgió de los municipios, de la Iglesia, de la comunidad local, de los cuerpos territoriales y de la cohesión popular; es decir, elementos preliberales que el liberalismo posterior debilitará.

En ese entonces, el modelo napoleónico y el hispánico tradicional representaban dos formas civilizatorias diferentes: Mientras el primero se basaba en la centralización, la racionalización estatal, la homogeneización jurídica y la tecnocracia imperial; el segundo, era consecuencia del modelo forjado en la España histórica: pluralidad territorial; comunidad local; instituciones intermedias de mediación (claves) y la legitimidad histórica y religiosa. El modelo napoleónico había nacido de la imposición de las bayonetas y la ingeniería social; el español, de la sabiduría de siglos de convivencia.

El conflicto no fue sólo militar

La guerrilla fue un fenómeno civilizatorio, nacida de una elevada cohesión social, de un fuerte arraigo territorial y de una gran capacidad de resistencia comunitaria. Napoleón dominará las ciudades y los ejércitos, pero nunca, jamás, logrará absorber la sociedad española ¿por qué?: porque no estaba formada por la mera agregación de individuos pendientes de un listado interminables de derechos abstractos, sino de personas con alto sentido de la dignidad, organizadas en comunidad, y orientadas al bien común, bajo la dirección de un poder legítimo. Y esto fue indestructible. Por eso fueron tan importantes las redes orgánicas locales; gracias a ellas, el Estado no colapsó, a pesar de haber caído el poder central.

La paradoja gaditana

La resistencia contra Napoleón abrió el camino al liberalismo gaditano. Y aquí aparece una tensión definitiva: Muchos autoproclamados liberales enlistados en el bando patriota, consiguieron vencer al invasor gracias a la cohesión tradicional; sin embargo, embebidos de la modernidad abstracta, serán ellos mismos quienes debilitarán la cohesión que les facilitó el triunfo, con las subsiguientes reformas posteriores con acento francés e, incluso, inglés; había que ser muy moderno.

En suma: La cohesión tradicional permitió vencer, y la modernización posterior acabará debilitando parte de la articulación comunitaria que hizo posible la resistencia,

Relación con la Hispanidad

El dos de mayo de 1.808 tuvo una dimensión hispánica global. La crisis afectó a América, Filipinas; a toda la Monarquía Hispánica, y muchas juntas americanas nacieron no para destruir la monarquía, sino para preservar la legitimidad ante el vacío peninsular. Es decir, el proceso independentista comenzó inicialmente dentro de la lógica de continuidad hispánica, no, necesariamente, de una ruptura absoluta.

Lección civilizatoria

Una sociedad profundamente cohesionada puede sobrevivir, incluso al derrumbe temporal de sus estructuras políticas centrales. Y la cohesión viene del carácter orgánico de la comunidad, no de la mayor centralización de la organización territorial.  

¿Por qué la gente aguanta todo? ¿Por qué no se levanta? Son preguntas comunes de hoy en día ¿Acaso, no es evidente? El carácter orgánico de la sociedad se diluye poco a poco. Hoy, predomina la agregación de individuos envueltos en derechos individuales, muchos de ellos, tribales. Y esto, ya no es una comunidad orientada al bien común. 

Aprendamos de la historia; de la nuestra.

Marcelino Lastra Muñiz

Fuentes: La parte dedicada a los hechos históricos: Dos de mayo de 1.808. El grito de una nación. Arsenio García Fuertes.

Relacionados

1 COMENTARIO

  1. Pues mire, se nos pasó con aquella victoria la oportunidad de ser un país moderno e ilustrado. Defendimos lo peor de nuestra historia, Fernando VII y como consecuencia todo lo que sus descendientes nos obsequiaron, doscientos años de retraso. En fin, dia para celebrar.

ESCRIBE UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí


spot_img
spot_img
spot_img