Los trabajos del silencio

Han coincidido en el tiempo varias acotaciones y referencias que trabajan sobre el silencio y su misterio, como materia prima de cierta creatividad contemporánea. Y de cierta soledad, como fijaba John Berger en Modos de ver, cuando fijaba con solemnidad que “el presente está solo”, y, a veces, el presente está callado. Más aún, en estos tiempos de ruido diverso e infame. La primera de esas referencias tiene que ver con la introducción  de la Estética del silencio –categoría aplicada por la pensadora estadounidense Susan Songa, en su libro Estilos radicales (1997, edición inglesa de 1985). Referencia repetida en el pequeño-gran libro de Luis Moreno Mansilla y Emilio Tuñón, Conversaciones de viaje y otros escritos (2026, primera edición 2010). Particularmente en el capítulo La mirada y la acción, texto de 1998, donde los autores desarrollan ideas sugerentes, tanto para entender la arquitectura como su propia obra reflexiva y construida. Junto a la presencia de Sontag, habría que anotar, en la estela del silencio, la aportación de Alain Corbin, Historia del silencio. Del renacimiento a nuestros días (2019, edición francesa de 2016). Cuyo último capítulo denomina Lo trágico del silencio, introduciendo un preludio del silencio próximo a la muerte. Cuando podría Corbin haber hablado de Lo cotidiano del silencio. Trabajo el de Corbin, que cuenta, a mi juicio, con una enorme particularidad editorial, como es la diferencia de las portadas en las diversas ediciones: como si no hubiera unanimidad en el significado visual del silencio. ¿Cómo se representa el silencio? Y ¿a qué remite ese universo visual? La edición española de Acantilado, representa un globo aerostático y dos pasajeros en la cesta del globo, desde la creencia de que, en las alturas atmosféricas, todo lo inunda el silencio. La edición catalana de Fragmenta editorial representa el interior de un biblioteca doméstica, con lectores ausentes, como muestran los sillones vacíos y el globo terráqueo mudo. Ya se sabe que, en las bibliotecas públicas, es habitual el requisito de ‘se ruega silencio’, y también ‘no hablar’ para favorecer cierta lejanía del ruido y cierta concentración en lo propio. La edición portuguesa de Queizal, nos muestra un fragmento de la pintura La siesta de los segadores de Van Gogh, dejando visible las hoces de la siega y los calzos de los segadores. Nada de lectura, solo el reposo quieto de lal labor estival que acontece al mediodía. Por más que haya otra edición portuguesa de Historia del silencio por parte de editora Vozes, donde se muestra, en una pintura de principios del siglo XX, una mujer absorta en su lectura en una terraza abierta al paisaje silencioso de fondo. Tan impreciso el lugar como el tiempo de lectura. Tan impreciso como el silencio que no se oye.

La segunda de las coincidencias del circuito del silencio es la de la emisión en el programa de RTVE, Los imprescindibles del documental Atin Aya, retratista del silencio, realizado en 2024 por Hugo Cabezas y Alejandro Toro. Que da cuenta de los trabajos fotográficos de Joaquín Aya Abaurre (1955-2007), desde el dedicado a Las marismas del Guadalquivir (1991-1995), hasta el último y ya póstumo Paisanos (2010), pasando por Sevillanos, de 2001. Un documental que rápidamente, relacioné con el trabajo que cito a continuación de Ruíz Toribio. No solo por el paso de la fotografía de prensa, de ambos, a la dimensión social y antropológica de los autores: Atín Aya y Manolo Ruíz Toribio, de las agencias informativas a la soledad de las marismas o del Guadiana; del ruido de la actualidad al silencio de las entretelas del tiempo callado. Fotografía social, fotografía silenciosa, desde la óptica de que “el silencio te explica lo que no puede explicarte ningún idioma”. Incluso la viñeta de El Roto, de febrero pasado, que denominaba. “En el caos solo el silencio es coherente”. Coherencia del silencio como ocurre, por otra parte, con las obras fotográficas de Vicente Fraga y sus paisanos de la Galicia rural, publicada en El País Semanal el pasado 26 de abril bajo la rúbrica Retrato de un mundo que desaparece. Tan parecidos esos mundos gallegos en trance de desaparición a los retratados por Aya y por Ruíz Toribio, agobiados por el tiempo y la humedad del friso, pero de una dignidad conmovedora.

Junto a esa coincidencia de silencios, el pasado 3 de mayo el fotógrafo Manuel Ruíz Toribio, presentaba en La factoría, su cuarta entrega de la serie fotográfica en curso y proceso, Hoja por hoja–que algunos han querido alterar, malévolamente, por su próximo fonético Ojo por ojo, de raíz incluso bíblica; prolongable en esa derivada Diente por diente–, denominada Seis y cuatro. Que más allá de los supuestos derivados de ese 64 –¿tus años?, ¿tu fecha de nacimiento?, le pregunté a MRT, en la caseta de Alambre ediciones, la pasada feria del libro, el día 24 de abril en Ciudad Real– que en el fondo encubre el dicho/adivinanza infantil: Seis y cuatro, la cara de tu retrato. Luego supe que 64 es el título de una novela negra del japonés Hideo Yokoyama. Para dar cuenta MRT con esa denominación, del proceso de retrato de diferentes grupos e individuos, desparramados por diecisiete localidades y ubicados en su soledad radical del tiempo y del espacio, de las brumas y las piedras, de los metales y los huesos. No solo de España, también de Portugal y Uruguay. Y en donde la afirmación de MRT sobre la facilidad de captura y posado de las gentes del pueblo, prolonga una afirmación parecida de Atín Aya, sobre la naturalidad del posado de los habitantes marismeños del bajo Guadalquivir: miran sin ver, de igual forma que nosotros vemos sin mirar. Prolongando lo afirmado por Berger cuando fijaba que “nunca se ha establecido la relación entre lo que vemos y lo que sabemos”. Incluso el inventario de risas apagadas e inexistentes –como ocurre en buena parte de la serie pictórica del género retrato como expone Francastel en su obra El retrato–. Risas ausentes que MRT adjudicaba al mal estado de las piezas dentales, y por ello no exhibibles ante el pintor o el fotógrafo. De aquí, la dignidad del gesto frente a la pompa vana de tanta sonrisa prefabricada de dominicales y revistas rosas.

Dice José An. Montero en El diario CLM, a propósito de MRT, en La circular. Revista de cultura con toma de tierra, sobre la publicación en 2020 del trabajo Almagro: “Salgado pertenece al sur, igual que Ruiz Toribio pertenece a La Mancha. Su mirada cotidiana, su objetivo cercano, la vuelve universal a pesar de alejarse de los tópicos. En su fotografía se presenta su mundo, sincero y desnudo, con los surcos en la cara y las grietas en las paredes”. “Mi fotografía –prolonga MRT– es de esperar mucho. Nunca tengo prisa. Normalmente tengo pensada cómo quiero hacer una fotografía y cómo quiero que quede, pero cuando llegas al sitio la realidad te emborrona la idea”.

Silencio y lentitud, como aparecía ya en “En 2023, con el trabajo Urbo, la ciudad perdida. Toribio diserta con lentitud en la tarde de noviembre. En su última exposición fotográfica, Urbo, –que sería la segunda entrega de Hoja por hoja en 2025, y cuyo ejemplar numerado fija ahora el número 13, no el 64muestra las tripas de una Ciudad Real que es como un barco desvaído, anclado en mitad del país, a veces prometedor y a veces desvalijado. Ya lo era en los ochenta, cuando hizo su primera muestra, que es de alguna manera la antecedente de esta. El objetivo, al menos, es compartido: esun intento de enseñar mi ciudad, tanto de puertas afuera como de puertas adentro”.

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