Ingreso del profesor Ridha Mami de Universidad de la Manouba de Túnez en la Academia Internacional de Ciencias, Tecnología, Educación y Humanidades de Valencia

Por José Belló Aliaga

Con motivo del ingreso del profesor Ridha Mami de Universidad de la Manouba de Túnez en la Academia Internacional de Ciencias, Tecnología, educación y Humanidades de Valencia, el próximo día 16, pronunciará el siguiente discurso en nombre de todos los nuevos académicos :

Excelentísimo señor Presidente de la Academia,
señoras y señores miembros de esta ilustre Academia, señoras y señores aquí presentes, amigas y amigos, colegas venidos de distintos países y culturas, la paz sea con ustedes y muy buenos días a todas y todos.

Es para mí un motivo de profundo gozo y un gran honor encontrarme hoy ante ustedes en este recinto para hablar en mi nombre propio y en nombre de las nuevas y los nuevos colegas del mundo de la ciencia y de la academia. Hemos sentido un honor inmenso con su generosa invitación a incorporarnos a esta institución del saber, en sus dos dimensiones, científica y cultural. Me honra, en mi nombre y en nombre de las compañeras y de los compañeros que hoy son aceptados como nuevos miembros de esta prestigiosa Academia, dirigirme a ustedes con unas palabras de sincero agradecimiento en esta ocasión tan especial, que no consideramos un mero momento festivo y pasajero, sino un hito cargado de profundo significado en nuestras vidas intelectuales y humanas, y una cita simbólica que trasciende lo personal hacia lo que es común, y que transforma el reconocimiento individual en una responsabilidad colectiva.

Ingresar en una Academia que reúne las ciencias, la tecnología, la educación y las humanidades no es solo un honor; es también una invitación a tomar conciencia de la magnitud de la etapa histórica que atraviesa nuestro mundo: un mundo en el que los medios y las capacidades avanzan a una velocidad asombrosa, pero en el que las grandes preguntas siguen en suspenso. ¿Hacia dónde nos dirigimos? ¿Qué tipo de ser humano queremos formar? ¿Qué conocimiento buscamos? ¿Qué civilización aspiramos a construir?

Vivimos en una época en la que grandes logros coexisten con hondas fragilidades. Contemplamos una ampliación sin precedentes de las posibilidades de la investigación científica y saltos extraordinarios en los ámbitos de la tecnología, la comunicación, la inteligencia artificial, la medicina y la ingeniería; pero vemos, al mismo tiempo, un mundo más tenso, más expuesto a la división y más necesitado que nunca de una brújula ética y de un sentido verdaderamente humano. Por ello, instituciones de este tipo resultan hoy más necesarias que nunca, porque nos recuerdan que el conocimiento no es solo acumulación de información, ni poder técnico, ni privilegio reservado a las élites, sino, antes que nada y después de todo, una responsabilidad.

En mi opinión, una de las características más destacadas de esta Academia es que no separa de forma arbitraria los distintos campos del saber, ni levanta muros infranqueables entre la ciencia y lo humano, entre la tecnología y los valores, entre la educación y el futuro, entre el laboratorio, la universidad, la escuela y la sociedad. Esto constituye, a mi juicio, una de las condiciones esenciales de cualquier auténtico renacimiento intelectual. No hay gran ciencia sin imaginación, ni tecnología verdaderamente útil sin conciencia, ni educación lograda sin una visión humana, ni humanidades vivas cuando se desligan de las preguntas y transformaciones de su tiempo.

En muchos entornos universitarios y culturales hemos acabado acostumbrándonos a hablar de la especialización como de una virtud. Y lo es, en efecto, porque la precisión es uno de los pilares del conocimiento. Pero cuando la especialización se repliega sobre sí misma y se convierte en una isla aislada, pierde parte de su fuerza. Las cuestiones más decisivas a las que se enfrenta hoy la humanidad no pueden abordarse desde el interior de una sola disciplina. El cambio climático, las brechas educativas, la ética de la inteligencia artificial, las migraciones, los conflictos, las pandemias, las mutaciones del espacio mediático, la fragilidad de la verdad en el entorno digital: todos estos son desafíos que no admiten respuestas unidimensionales. Requieren una mente dialogante, un enfoque verdaderamente interdisciplinar y una sensibilidad histórica y civilizacional que reconozca que la gran verdad no habita en una sola casa.

Desde esta perspectiva, nuestra incorporación hoy a esta Academia no debe entenderse como el final de un recorrido, sino como el inicio de un nuevo compromiso. No estamos aquí para colgar un título más en el muro del currículum, ni para disfrutar únicamente de la dimensión simbólica de este reconocimiento, sino para plantearnos preguntas exigentes: ¿qué vamos a añadir?, ¿qué vamos a ofrecer?, ¿qué huella deseamos dejar?, ¿cómo haremos de nuestra pertenencia a esta institución una contribución real a la ampliación del campo del pensamiento, al servicio de la sociedad y a la creación de puentes entre instituciones, países y experiencias?

Señoras y señores:

Cuando la ciencia se separa del ser humano, corre el riesgo de convertirse en un instrumento frío; cuando la tecnología se distancia de la sabiduría, puede transformarse en una fuerza sin lucidez; cuando la educación se divorcia de la libertad, degenera en un simple adoctrinamiento; y cuando las humanidades se desprenden de la realidad, acaban reducidas a un lujo puramente verbal. Por eso, la gran tarea que tenemos ante nosotros no consiste únicamente en producir conocimiento, sino también en salvaguardar su sentido.

Quienes venimos de distintos países traemos con nosotros experiencias diversas, múltiples lenguas y referencias culturales no idénticas. Sin embargo, lo que hoy nos une es más profundo que nuestras diferencias. Nos reúne la convicción de que el conocimiento puede y debe ser un espacio de encuentro y no un campo de batalla, un puente de comprensión y no un instrumento de dominación, una fuerza de liberación y no un mecanismo de exclusión. Nos une, asimismo, la certeza de que la universidad, el laboratorio, la escuela, el libro, el teatro, la imagen, la investigación y la idea siguen siendo capaces de oponerse a la violencia, a la ignorancia, a la simplificación y al odio.

Si hay algo que debemos subrayar en nuestro tiempo, es que la cultura no es un adorno que se añade desde fuera al edificio social, sino uno de sus pilares constitutivos. Las ciencias no son un asunto meramente técnico, desligado del destino del ser humano, sino parte de la manera en que nos comprendemos a nosotros mismos y al mundo. Y la educación no es solo una preparación para el mercado de trabajo, sino una formación para la vida en común, para la ciudadanía, para la libertad responsable y para la capacidad de discernir entre lo que beneficia y lo que perjudica, entre lo que eleva al ser humano y lo que lo vacía de su humanidad.

Gracias al desarrollo técnico, el mundo se ha vuelto más cercano que nunca, pero esa cercanía técnica no implica necesariamente una verdadera proximidad humana. Las pantallas han acortado las distancias, pero no han eliminado los malentendidos. La comunicación se ha vuelto más rápida, pero el diálogo no se ha hecho, por ello, más profundo. Los datos se han multiplicado, pero la sabiduría no ha crecido en la misma medida. Por eso, el papel que se espera de las academias y de las grandes instituciones científicas y culturales es precisamente el de restablecer el equilibrio: reconciliar la velocidad con la reflexión, el progreso con los valores, la innovación con la responsabilidad y el conocimiento con la compasión.

Quisiera expresar aquí, en nombre de mis compañeros recién incorporados, nuestro orgullo por formar parte de un espacio académico de vocación internacional. La dimensión internacional no es una cuestión puramente formal, ni un simple mosaico de nacionalidades, sino el reconocimiento práctico de que el conocimiento no tiene una única patria, de que la creación no reconoce fronteras y de que la humanidad es, en última instancia, un proyecto compartido. El mundo necesita hoy, con urgencia, este tipo de instituciones que rehúsan el repliegue, que creen en el diálogo y que acogen la diferencia no como una amenaza, sino como una oportunidad para ensanchar los horizontes y aprender mutuamente.

La presencia en esta Academia de miembros procedentes de trayectorias muy diversas nos recuerda que la defensa de la pluralidad cultural no se ejerce a golpe de consignas, sino mediante la escucha, el respeto y la capacidad de intercambiar experiencias sin sentimientos de superioridad ni de inferioridad. No existe cultura pequeña si está viva, ni lengua marginal si es capaz de expresar la condición humana, ni experiencia local que no pueda contener algo capaz de iluminar el mundo. Desde esta perspectiva, nuestra pertenencia a esta Academia debería reforzar en nosotros un hondo sentido de humildad intelectual: cada uno de nosotros sabe algo, pero ninguno posee la verdad en su totalidad.

Distinguidas señoras, distinguidos señores:

si algunos de nosotros procedemos de los ámbitos de la literatura, la filosofía, la historia, las artes y las lenguas, y otros venimos de las ciencias exactas y tecnológicas, del derecho, de la educación, de la medicina o de la gestión, lo más valioso que podemos hacer juntos es preservar este encuentro fecundo entre distintas maneras de mirar el mundo. La persona dedicada a la ciencia nos enseña la disciplina, la precisión y la verificación; quien trabaja en el campo de las humanidades nos recuerda la interpretación, el sentido y el contexto; la persona educadora vincula el conocimiento con la formación integral del ser humano; y quien posee experiencia técnica abre las puertas del futuro. Pero nadie se basta a sí mismo.

Tal vez sea nuestro deber, como nuevos miembros, trabajar en el seno de esta Academia para afianzar cuatro grandes principios. En primer lugar, el principio del diálogo entre disciplinas: no seguir prisioneros de los viejos mapas del saber, sino asumir la cooperación intelectual como una necesidad y no como un lujo. En segundo lugar, el principio del servicio a la sociedad: el auténtico valor de cualquier investigación, por elevada que sea, crece cuando encuentra vías para mejorar la vida, aliviar el sufrimiento y elevar el nivel de conciencia colectiva. En tercer lugar, el principio de la ética: no basta con preguntarnos si podemos hacer algo; debemos preguntarnos también si debemos hacerlo, con qué finalidad y con qué consecuencias para la persona, su dignidad y la justicia. Y, en cuarto lugar, el principio de la transmisión del conocimiento a las nuevas generaciones, porque las civilizaciones no se sostienen solo por las ideas que producen, sino también por lo que logran legar, transformar e inspirar en quienes vienen después.

Las generaciones jóvenes nos observan —a menudo sin decirlo explícitamente— y parecen preguntarnos: ¿qué habéis hecho con el conocimiento que estaba en vuestras manos? ¿Lo habéis reservado a círculos cerrados o habéis abierto con él nuevas ventanas? ¿Lo habéis utilizado para profundizar las desigualdades o lo habéis convertido en un instrumento de ascenso compartido? ¿Lo habéis puesto al servicio de la construcción de la persona u os habéis limitado a gestionarlo como un mero capital simbólico? Son preguntas que deberían permanecer vivas en nuestra conciencia.

El verdadero académico no es únicamente quien produce artículos y libros, ni quien multiplica congresos y conferencias, sino quien asume en su trabajo una forma de responsabilidad. La responsabilidad de buscar la verdad hasta donde le alcanzan sus fuerzas. La responsabilidad de reconocer lo desconocido antes que lo ya sabido, la responsabilidad de la integridad intelectual en tiempos de facilismo, la responsabilidad de defender la precisión del lenguaje frente al ruido. La responsabilidad de escuchar la complejidad en una época inclinada a la simplificación. Y la responsabilidad de defender al ser humano cuando su humanidad se ve relegada en nombre de la utilidad, de la velocidad, del poder o del mercado.

Desde mi especialización en literatura y cultura, quisiera añadir que las humanidades no son un lujo prescindible en tiempos de crisis, sino uno de los medios de salvación intelectual y espiritual. La literatura, por ejemplo, no descubre medicamentos, no construye puentes ni diseña algoritmos, pero amplía nuestra capacidad de comprender al otro, nos enseña a escuchar las voces menudas, da lenguaje al dolor, otorga forma a la memoria y hace al ser humano menos cruel y más complejo. Lo mismo cabe decir de la filosofía, de la historia y de las artes: no compiten con las ciencias, sino que iluminan su condición humana.

Por mi parte, mi pertenencia al campo de la literatura española me lleva a creer profundamente que las culturas se cruzan, se influyen y se renuevan cuando dejan atrás el encierro y cuando cada una presta oído a la otra como a una socia en la construcción de sentido. La literatura española, como las literaturas del mundo entero, nos enseña que, por muy diversas que sean las lenguas y los entornos, el ser humano se enfrenta siempre a las mismas grandes preguntas: el amor, la pérdida, la libertad, la justicia, la identidad, el tiempo, el exilio, la memoria, el destino. Por eso, el diálogo entre culturas no es una cortesía diplomática, sino una exigencia del conocimiento y de la ética.

Vivimos también una época en la que las universidades y las academias se ven llamadas a defender la autonomía de la razón, el valor de la investigación sosegada y la libertad de preguntar. El conocimiento no florece bajo el miedo, ni crece en un clima de prejuicios impuestos, ni progresa cuando la universidad se reduce a ser un simple servicio funcional sin alma. La defensa del pensamiento libre, de la crítica responsable y de la investigación honesta es, en su núcleo, una defensa de la propia sociedad, porque una sociedad en la que se debilita la razón crítica se vuelve más vulnerable a la manipulación, al engaño y a la polarización.

Por ello, nuestra pertenencia a esta Academia debe significar también un compromiso con la protección del espacio público frente al deterioro del rigor intelectual, frente al empobrecimiento del lenguaje del debate, frente a la aceptación acrítica de juicios prefabricados y frente a la banalización que amenaza, a la vez, a la cultura, a la universidad, a la educación y a los medios de comunicación. No se trata de una batalla elitista; se trata de una cuestión que afecta a la calidad de la vida en común, a la salud de la democracia cultural y al derecho de las personas a un conocimiento fiable, a una educación digna y a un discurso público que respete su inteligencia.

Señoras y señores:

Al ser recibidos hoy en esta Academia, no olvidamos a quienes nos enseñaron, a quienes nos abrieron los caminos, a quienes nos ofrecieron un ejemplo, y a quienes nos sostuvieron en los momentos de duda y de cansancio. Todo reconocimiento individual lleva en su interior muchos nombres que no se mencionan uno por uno, pero que permanecen presentes en el corazón: profesoras y profesores, madres y padres, colegas, estudiantes, amistades, libros, ciudades, lenguas, experiencias de viaje, años de silencio, de trabajo y de esfuerzo. Quizá lo más hermoso del auténtico reconocimiento académico sea que nos recuerda que el logro personal nunca es del todo personal: es también fruto de un recorrido colectivo.

Por ello, acogemos este honor con gratitud, pero también con humildad. Lo que sabemos, por mucho que pueda parecer, sigue siendo menor que la inmensidad de lo desconocido. Y lo que hemos realizado, por muy valioso que sea, permanece siempre abierto a la revisión, a la superación y al perfeccionamiento. La universidad, en su esencia más profunda, no se funda en la pretensión de una certeza absoluta, sino en el coraje de la pregunta, en la virtud de la rectificación y en la ética del diálogo.

Me parece oportuno, en este momento, afirmar en nombre de las nuevas y los nuevos miembros que deseamos que nuestra pertenencia a esta institución sea una pertenencia de trabajo, de participación y de iniciativa, y no únicamente de título. Aspiramos a contribuir a los seminarios y a los proyectos científicos, a construir alianzas entre universidades e instituciones y a tender puentes entre las dos orillas, la europea y la mediterránea, entre el Norte y el Sur, entre lenguas, culturas y experiencias diversas. El conocimiento que no atraviesa fronteras se queda por debajo de sus posibilidades, y la cultura que no entra en diálogo pierde parte de su vitalidad.

Desde esta perspectiva, aspiramos a que esta Academia sea un espacio cada vez más amplio para el pensamiento compartido y para la formulación de las grandes preguntas del porvenir: el futuro de la educación, el futuro de la lengua, el futuro de la relación entre el ser humano y la técnica, el futuro de la universidad, el futuro de los valores humanos en un mundo sometido a rápidas transformaciones. No se nos exige poseer todas las respuestas, pero sí ayudar a plantear las preguntas adecuadas y a crear un clima científico y humanista que permita debatirlas con seriedad y responsabilidad.

Permítanme, para concluir, que exprese, en nombre de todas las compañeras y todos los compañeros que hoy tenemos el honor de incorporarnos a esta Academia, nuestro profundo agradecimiento a su Presidencia, a su Consejo y a todas las personas que han hecho posible esta iniciativa y la organización de este acto. Les damos las gracias no solo por la confianza, sino también por la invitación que esta confianza entraña a participar en un proyecto cultural, científico, educativo y humano cuyo alcance y cuya irradiación deseamos que sigan creciendo.

Quisiera cerrar mis palabras con una enseñanza venida de la antigua Persia y de la profundidad de su legado, a través de un breve relato. Se cuenta que Cosroes Anushirvan paseaba un día por las afueras de su capital cuando vio a un campesino anciano, de edad avanzada, de cabellos encanecidos, de mirada hundida, de fuerzas debilitadas y espalda encorvada, que estaba plantando un joven árbol. El rey se detuvo a su lado, sorprendido por su empeño, y le preguntó: «Buen hombre, ¿cuántos años tienes?». El anciano respondió: «Ochenta años». Dijo entonces el rey: « ¿Plantas un árbol a los ochenta? ¿Cuándo comerás de su fruto, si no dará fruto hasta dentro de varios años?». Y el campesino contestó: «Otros sembraron y nosotros comimos; nosotros sembramos ahora para que otros coman».

Aceptamos este honor con gratitud, lo asumimos como una responsabilidad y aspiramos a estar a la altura de lo que exige.

Muchas gracias a todas y a todos.

Gracias a la ciudad de Valencia.

Y gracias a esta Academia, que reúne bajo un mismo techo aquello que parece distante, para recordarnos que el futuro del mundo solo puede construirse mediante la cooperación de las mentes y de las conciencias.

Ridha Mami

Universidad de la Manouba Túnez

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