Genios, aventureros, poetas y guerreros recorren el Paisaje Cultural del Campo de Montiel

El Campo de Montiel atesora un patrimonio intangible de valor incalculable como uno de los territorios españoles con más referencias literarias e históricas medievales y del Siglo de Oro español, lo que son palabras mayores. La huella de Cervantes, Quevedo o Jorge Manrique son marcas universales que han trascendido fronteras, pero no hay que desdeñar la importancia de otros personajes de notable proyección en sus respectivos ámbitos, como Santo Tomás de Villanueva o Fernando Yáñez de la Almedina.

De hecho, el Campo de Montiel aspira a ser reconocido como Paisaje Cultural en su camino hacia su inclusión como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Esta calificación está comprendida en la Estrategia Territorial de la Unión Europea, en la que se explicita que una prioridad será la conservación de los paisajes culturales.

El doctor en historia Vicente Castellanos recuerda que desde Santo Tomás de Villanueva hasta Almudena Grandes, pasando por Francisco de Quevedo, enterrado en la iglesia de San Andrés de Villanueva de los Infantes, y excelsos literatos como Bartolomé Jiménez Patón, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Azorín, Antonio Machado, Federico García Lorca, Miguel Hernández, Miguel Delibes y otros muchos fijaron en alguna ocasión su mirada en este Campo de Montiel inspirador “que recoge el alma de los que lo habitaron y lo habitan para convertirse, al fin, en un espacio anímico imprescindible de la literatura hispánica”.

De Cervantes a Quevedo
Muy conocida es la impronta de Cervantes, que situó en estos vastos horizontes buena parte de las aventuras de Don Quijote, siendo nombrado hasta cinco veces en el libro del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. El Campo de Montiel es así un fabuloso mapa real de las andanzas del enamorado universal, el Caballero de la triste Figura, pero también cobra peso específico con otros personajes de carne y hueso a quienes las tribulaciones, las aventuras, las intrigas o la guerra condujeron a esta comarca.

El genio, espadachín e intrigante Francisco de Quevedo pasó los últimos años en Villanueva de los Infantes tras su caída en desgracia en la Corte. Fue trasladado por falta de médicos desde Torre de Juan Abad donde tenía residencia propia hasta Infantes donde murió en septiembre de 1645 siendo sus restos fueron enterrados en la iglesia de San Andrés. Su celda estuvo en el convento de Santo Domingo, donde falleció, y es aún visitada por miles de personas.

 El estudioso José María Lozano recuerda que Quevedo siempre consideró al Campo de Montiel como su verdadero hogar, el lugar donde acudía a relajarse de las inquietudes que le producía la Corte madrileña y donde podía concentrarse en la escritura de sus obras, por no hablar de sus estancias en Torre de Juan Abad, otro lugar de retiro importante.

Tanto, que en su casa museo de Torre de Juan Abad se conserva un documento excepcional: el segundo y definitivo testamento, otorgado por Quevedo en Villanueva de los Infantes el 26 de abril de 1645, unos meses antes de fallecer.

El poeta y el rey muerto en batalla
Otra gran literato y aventurero, Jorge Manrique, también está ligado a la comarca.  Murió en 1479 en el entorno del Campo de Montiel, tras resultar herido en combate durante la guerra sucesoria castellana. Jorge Manrique fue comendador del castillo de Montizón, viviendo largas etapas de su vida en sus dependencias cuando no lo hacía en su casa grande de Villamanrique. Una fortaleza única en este territorio que se impone en una comarca marcada por castillos de gran trayectoria por la Orden de Santiago. Otro importante es el Castillo de la Estrella de Montiel, donde hoy se sigue descubriendo parte de nuestro pasado histórico medieval a través de excavaciones arqueológicas, y seguimos descubriendo noticias acerca de la batalla donde Pedro I perdió la vida junto con los pocos leales que le acompañaban en la batalla ante su hermanastro Enrique de Trastámara el 14 de marzo de 1369.

Dos genios del Campo de Montiel
Otras figuras de gran trascendencia cultural, y además nacidas en el Campo de Montiel, son Santo Tomás de Villanueva y Fernando Yáñez de Almedina.

Santo Tomás de Villanueva nació en 1486 con el nombre de Tomás García Martínez. La tradición sitúa su nacimiento en Fuenllana, circunstancia que suele explicarse por el traslado temporal de su familia a esta localidad, donde residían sus abuelos maternos.

Su infancia y formación inicial transcurrieron en Villanueva de los Infantes, localidad de la que tomó el nombre con el que pasó a la historia. Ingresó en la orden de los agustinos y cursó estudios en la Universidad de Alcalá, donde destacó como teólogo y predicador. Su actividad lo llevó a desempeñar funciones docentes y a adquirir prestigio en el ámbito religioso de su tiempo, incluyendo su presencia como predicador en la corte de Carlos I de España.

En 1544 fue nombrado arzobispo de Valencia. Desde esta sede impulsó una intensa labor pastoral centrada en la reforma del clero y en la organización de la asistencia a los pobres, desarrollando mecanismos de distribución de ayuda más sistemáticos de lo habitual en su contexto. Su actuación se inscribe en la tradición asistencial de la Iglesia del siglo XVI, con un énfasis particular en la gestión práctica de los recursos.

Fue beatificado en 1618 y canonizado en 1658, consolidándose como una de las figuras más relevantes de la espiritualidad hispana.

El Da Vinci español
Fernando Yáñez de la Almedina nació hacia 1475 en Almedina. Es considerado uno de los principales introductores de las formas del Renacimiento italiano en la pintura española, dentro de un proceso compartido con otros artistas contemporáneos.

La documentación lo sitúa en Italia a comienzos del siglo XVI, en torno a 1505. En este contexto, su nombre ha sido relacionado con trabajos vinculados al entorno de La batalla de Anghiari, empresa pictórica dirigida por Leonardo da Vinci para el Palazzo Vecchio de Florencia.

Su producción pictórica evidencia una clara asimilación de modelos italianos, especialmente en el tratamiento de las figuras, la composición y el modelado. A su regreso a la península ibérica desarrolló su actividad principalmente en el ámbito valenciano con unas cotas artísticas que le hicieron merecedor el apelativo del “Da Vinci” español. Hoy, Almedina y el Campo de Montiel siguen luchando por que su obra alcance el reconocimiento que merece y es muy interesante recorrer las calles de su pueblo donde se exhibe un museo al aire libre con obras suyas dispuestas en fachadas de edificios o dentro del propio ayuntamiento del municipio.

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