La puerta de la salvación

Anselmo Alañón Alcaide.– Alcanzar la plenitud no es cosa baladí, no se trata de creer en imposibles ni de tener creencias raras. A veces pensar y/o reflexionar sobre nuestra finitud terrenal no es perder el tiempo. El tiempo es precisamente lo que nos impulsa a creer en la eternidad.

Nuestras obras no son perecederas, nuestros logros en esta vida dejan huella en el tiempo. Ese mismo tiempo que nos parece efímero, que es el leomotiv que nos lleva al anhelo de la eternidad. Eternidad como contraposición a finitud. La finitud del ser es causa de la dimensión espacio temporal, en la que estamos inmersos, que nos oprime y nos agobia por su propia naturaleza temporal. No así la eternidad que nos dimensiona porque es «causa sui».

El cartesianismo de Rene Descartes nos dió una visión clara sobre nuestra existencia, «cogito ergo sum», y he ahí la cuestión: al pensar existimos. Existimos en esta dimensión terrenal, en un espacio y tiempo finitos que tienen un principio y un fin.

Lo eterno parece más propio de extraterrestres. No obstante el sueño de la eternidad está ahí. Muchos han deseado eternizarse en esta dimensión terrestre, perpetuándose en la memoria histórica a través de su legado heroico, dejando huella en las Artes, y de paso en la mismísima Historia de la civilización. Sin embargo otros lo han conseguido de dicho modo, aparentemente.

Aquellos que no han entrado en la memoria de la Historia de la civilización no han fracasado, al fin y al cabo la gloria de esta vida también es efímera como el tiempo, que en realidad no es ni más ni menos que una noción: un referente que inventamos para hacer crónica de nuestra existencia cartesiana.

Llamar a la puerta del cielo es precisamente invocar la inmortalidad del alma como ya hizo Platón. La puerta de la salvación es el fin en sí mismo del ser humano.

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