Manuel Valero.- El clima político y mediático de este país se ha vuelto insoportable. Insoportable las informaciones que impactan de lleno en la opinión pública, insoportable por el cotorreo mediático tan polarizado como la política, insoportable por la continuidad de esta serie de terror de capítulos que se amontonan, insoportable por las consecuencias sociales que pueda acarrear esta atmósfera irrespirable. Insoportable por el desencanto de la población ante la pasarela de nefandos personajes ejemplares, que diariamente pasa delante de nuestra narices, insoportable, la conducta bipolar de los dirigentes históricos, insoportable el cuerpo a cuerpo en que se han convertido los mítines de campaña, las tertulias que se reproducen como la hidra, insoportable el socavón que se ha abierto en la convivencia de una democracia que debería sana y saludable, donde el insulto ha tomado su predio desalojando de la misma base democrática, la dialéctica, la oposición argumental, las alternativas consensuadas, y el diálogo.
Insoportable el olor a sangre que exudan unos y otros. Es todo tan insoportable que a uno le entran ganas de embarcar a toda la clase política (lo siento por los justos que los hay y muchos porque siempre pagan por los malos), y enviarlos a una isla remota del Pacífico.
Hemos visto el juicio de las mascarillas y la Kitchen, capítulo a capítulo, y hemos visto, también, el comportamiento deleznable de quienes ayer ostentaban cargos de altísima responsabilidad mientras su otro yo, el mister Hyde repartía lecciones morales a discreción.
Insoportable la espera de más juicios y nuevos capítulos aún más terroríficos que los anteriores. Insoportable el tiempo que llevamos en vilo mientras las cosas en que debería estar ocupada la clase política y que realmente interesan a la población como la vivienda, la sanidad, la educación, la economía, la política internacional… quedan relegadas a un discretísimo plano inadvertido ante el museo de los horrores que visitamos cada día. Se ha visualizado tanto que los personajes más influyentes de la nación se ha dedicado compulsivamente a acopiar dinero o a pegarse al poder hasta achicharrarse que el descrédito progresa aritméticamente. Nunca en toda la democracia, y ha habido momentos muy complicados, se ha llegado hasta este extremo.
Los políticos que deberían ser ejemplares en su vida pública y privada, (en la íntima que hagan lo que les pase por el forro mientras no paguemos los ciudadanos), se han convertido en una nobleza dieciochesca con el pueblo vociferando a las puertas de Versalles. Y no me refiero a los casos de la jodida corrupción que para eso están los jueces sino al cotidiano enfrentamiento verbalmente bélico con que nos regalan en cada encuentro parlamentario, comparecencia de prensa o canutazos.
Es insoportable para un sociedad asistir al espectáculo que estamos asistiendo, con caretas que se caen, iconos que se derrumban y un nutrido grupo de Hydes que toman por completo el pulso de la actualidad, descubiertos en sus felonías.
Me da igual el color político. Lo de Zapatero no ha sido todavía la gota que colma el vaso. Si oyes un poco la radio, la radio, insisto, y filtras en la medida de tu propio criterio lo que puede ser informativamente correcto desde el punto de vista de la ética periodística, es inevitable esquivar un escalofrío. Todo suena muy feo y aun se teme que se destape de una vez la tapa de los olores y la turbia capilaridad internacional de los casos. ¡Mamma mia,
Es insoportable el desencanto que se está cronificando como una enfermedad antigua. Todos los días lo mismo como si la población fuéramos esas viejas desdentadas que tricotaban al paso del carro que llevaba a la guillotina al aristócrata de turno, pidiendo más y más.
Uno procura aplicarse la máxima, odia el delito, compadece al delincuente, pero me da vértigo pensar, si esto sigue, en qué va a quedar el PSOE después de este interminable tren de sobresaltos, más otras anormalidades añadidas en la acción de gobierno como la falta de presupuestos durante…¡casi toda la legislatura!
Me puede el desencanto. Uno está harto, harto de estar harto, y uno se cansa y mira la urna democrática y se le hace un nudo en la garganta. Menudo panorama. Menos mal que la calle normal, la de la gente anónima sigue en su aparente normalidad.
A mí también, hoy y ahora, me duele España, señor Unanumo.










También compruebo en mis relaciones sociales, amigos,conocidos y familiares que rezuman desencanto, desorientación, cabreo,enfado……por este clima político irrespirable, que está contaminando a esta » sociedad civil» que asiste incrédula al espectáculo en el Congreso, en el Senado,y en tantos otros espacios de representación política. Huérfanos de referentes políticos y atomizados en un individualismo feroz, caminamos desorientados y cobijados en nuestros «artefactos electrónicos» por dónde discurre el veneno que nos impide reaccionar.
Lo suscribo, Florentino. La de veces que te he votado!!!