El Centro Cultural ‘Casa de la Marquesa’ acoge estos días una deslumbrante exposición en la que se muestra el virtuosismo de quienes, un año más, han devuelto la vitalidad a muebles antiguos, en su mayoría con una gran carga sentimental, a través del taller de restauración que forma parte de la programación de la Universidad Popular (UP).
La actividad, como viene ocurriendo desde hace ya más de tres lustros, está dirigida por otra de las vecinas de la localidad, María Teresa García-Minguillán, quien, junto al resto de participantes, en torno a la treintena, muestran hasta finales de mes el resultado de sus habilidades técnicas en torno a mobiliario de madera que cobra renovados bríos.
Además, como explicaba la propia monitora durante la apertura de la exposición la pasada semana, en una convocatoria en la que también acompañó la concejala Virginia López, responsable de la UP almodovareña, la convivencia de todos sus alumnos, mujeres principalmente pero también hombres, atesora no pocas historias personales y familiares.
García-Minguillán explicaba cómo el taller permite que piezas entrañables sigan vivas pese a sumar, en algunos casos, numerosas décadas, como así lo atestigua, por ejemplo, una cómoda que ha pasado, hasta el momento, por cinco generaciones, siendo la más joven la que ahora “la van a poder disfrutar en la casa que se está haciendo”.
Lo más habitual es, precisamente, muebles de todo tipo, como armarios, mesitas, cómodas, sillas, etcétera, que proceden de las herencias, pero también se da el caso de que algunos artículos son recuperados de puntos limpios y que, al llegar al taller, en palabras de la monitora, “no hay por donde cogerlos”.
Sin embargo, tras el proceso de restauración “no lo parecen”, asegura, pues todos ellos se convierten en piezas de diseño originales y únicas, destinadas hoy día no tanto a la utilidad con que antaño eran concebidas, aunque pueden mantenerla, sino sobre todo como objetos que aportan personalidad a la decoración de los hogares de hoy en día.
Todo es posible, como asevera María Teresa, dado el carácter “eminentemente práctico”, para recuperar así la integridad original de cada enser. Ella utiliza una metáfora muy gráfica para explicar la complejidad del oficio, comparando la madera con la piel humana al señalar que “cada pieza tiene un tono, una porosidad o una grasa distinta, lo que impide trabajar con un patrón fijo y obliga a un aprendizaje mutuo y constante”.
Este año, el grupo ha arriesgado con técnicas nuevas, como el uso de adhesivos y veteadores para recrear vetas en muebles que ya no las tenían, logrando piezas muy exclusivas entre las que destacan dos armarios y una mesa de salón de aglomerado que ha quedado completamente transformada.
El taller ha contado este curso con dos grupos de trabajo, divididos en martes y jueves, con una media de quince personas por cada uno, con edades comprendidas entre los 45 y los 85 años. Un alumnado tremendamente fiel, como dice Teresa, pues la mayoría de las personas que asisten llevan más de 14 años vinculadas a la actividad.
Esta continuidad ha permitido que, aunque existan niveles de inicio y avanzado, el grupo mantenga una cohesión técnica muy alta, enfrentándose a retos que las propias alumnas consideraban «imposibles» al inicio del curso pero que han logrado resolver con resultados profesionales.
En cuanto a la metodología, el taller se desarrolla desde octubre hasta mayo, un periodo necesario dado que el trabajo de restauración es minucioso y requiere respetar estrictamente los tiempos de secado y preparación.
Por su parte, la concejala responsable del área, Virginia López, ha subrayado que la exposición es “un verdadero lujo y una joya”, destacando la labor incansable de García-Minguillán, a quien alude como una profesora que no escatima en horas y que es adorada por sus alumnos.
A esta consideración contribuye una anécdota en su propio ámbito familiar que ilustra el impacto del curso, por cuanto su propia tía, alumna veterana del taller, sigue aplicando en su vida diaria todo lo aprendido y actualmente se encuentra restaurando un mueble para otra sobrina que se muda de casa.
Un ejemplo de cómo los conocimientos adquiridos en este taller concreto de la Universidad Popular, “trascienden el aula y se convierten en herramientas útiles para el ámbito más personal”, apuntaba López, quien coincide con la monitora en que la actividad funciona como una verdadera “terapia”.
De hecho, para la mayoría de las participantes, las clases representan una cita ineludible, un espacio de socialización fundamental para combatir la monotonía y la soledad, especialmente tras la experiencia de la pandemia. Y por eso, el Ayuntamiento decidió aumentar las horas lectivas ante la alta demanda del taller, como reconoce la edil, ya que “les aporta bienestar y relación con otras personas que, de otro modo, quizás no verían”.
La exposición actual es solo una muestra representativa de todo el volumen de trabajo generado durante el año. García-Minguillán confiesa que muchas piezas no han podido ser trasladadas a la sala por la dificultad logística que supone mover salones o dormitorios enteros que las alumnas han restaurado por completo en sus casas.
Y a pesar de llevar 16 años impartiendo el taller, la monitora asegura sentirse “muy contenta y orgullosa” del resultado de este curso en particular, reafirmando su compromiso de seguir al frente de esta actividad mientras sea posible, siempre bajo esa filosofía de aprendizaje mutuo donde cada mueble plantea un nuevo reto y cada alumna encuentra un espacio de realización personal.










