Joaquín G. Cuevas Holgado.– En mi último artículo hablaba de cómo el poder pierde el respeto a la realidad. Y quizá lo más preocupante no sea solamente quien gobierna, sino quienes, desde la militancia ciega o el interés ideológico, han decidido negar la evidencia para proteger unas siglas.
Vivimos un tiempo extraño. Un tiempo en el que señalar errores del presente parece convertirse automáticamente en una traición política. Un tiempo en el que muchos prefieren refugiarse en el pasado para evitar enfrentarse a lo que está ocurriendo hoy. Y eso no es memoria histórica ni análisis político; eso es simple incapacidad para reconocer la realidad.
Porque recordar lo que hicieron otros gobiernos no puede servir eternamente como escudo para justificar cada escándalo, cada contradicción o cada deterioro institucional del presente. La democracia exige algo más que obediencia partidista: exige criterio, honestidad intelectual y valentía para decir “hasta aquí”.
Lo más preocupante es observar cómo algunas personas, incapaces de criticar aquello que antes condenaban en otros, se aferran al relato con una fidelidad casi religiosa. Llevan el carnet político herméticamente sellado en los labios y han sustituido el pensamiento crítico por la consigna. No defienden principios; defienden trincheras.
Y mientras tanto, quienes simplemente describimos lo que ocurre somos etiquetados, desacreditados o señalados. Algunos incluso estarían dispuestos a destruir profesional o personalmente a quien discrepa, siempre que eso les permita mantener intacto su relato moral o ideológico. Curiosamente, esos mismos que desacreditan al que denuncia el presente son los que, cuando atraviesan dificultades, cuando sienten miedo o cuando necesitan ayuda, acuden precisamente a aquellos a quienes antes criticaban.
Porque al final la realidad siempre termina imponiéndose sobre el relato.
Y no, esto no va de derechas ni de izquierdas. Tampoco de extrema derecha ni de extrema izquierda. Esto va de dignidad democrática. Va de exigir responsabilidades a quien gobierna hoy, independientemente del color político. Va de entender que una sociedad madura no puede vivir permanentemente instalada en el “y tú más”.
El Partido Socialista Obrero Español forma parte indiscutible de la construcción democrática de este país. Nadie con honestidad intelectual puede negar su papel histórico en la consolidación de derechos, libertades y avances sociales tras décadas de dictadura. Precisamente por eso resulta aún más doloroso ver cómo algunos han reducido ese legado histórico a una maquinaria de resistencia personalista alrededor de Pedro Sánchez.
Porque una cosa es defender un proyecto político y otra muy distinta aceptar cualquier deriva únicamente para conservar el poder.
Por eso cada vez más voces históricas del propio socialismo como Emiliano García Page, Felipe González y otros muchos dirigentes que hoy son apartados o silenciados se atreven a verbalizar lo que una gran parte de la sociedad ya percibe: que la política no puede sostenerse indefinidamente sobre la negación constante de la realidad.
Ni siquiera los grandes comodines de imagen y estrategia han conseguido ya contener el desgaste evidente de un gobierno atrapado en una sucesión permanente de crisis, polémicas y contradicciones.
Y mientras el país afronta problemas reales, demasiados agentes sociales, demasiados opinadores y demasiados sectores acomodados siguen aplaudiendo no en función del interés general, sino de su afinidad ideológica. Ese es el verdadero deterioro: cuando la lealtad al partido pesa más que la lealtad a la verdad.
La historia debe servir para aprender, no para justificar permanentemente el presente. Porque cuando una sociedad pierde la capacidad de criticar a los suyos, deja de ejercer ciudadanía para convertirse simplemente en una masa de seguidores.
Y ese es el mayor riesgo democrático de todos.










