Lector 0

José Luis Sobrino

In memoriam, Paco Usero

Dice un aforismo del mundo editorial, quizá un tanto malintencionado, que a la gente le gusta pu­blicar, mucho más que escribir y muchísimo más que leer. Lo cierto y verdad es que editar un libro es un proceso complejo lleno de actores, unos visibles y otros «invisibles»: autores –lógicamente–, correctores, editores, diseñadores, ilustradores, maquetistas, promotores, publicistas… en este nu-trido elenco solemos olvidar a una figura fundamental que, como hace un trabajo discreto, callado, exento de perspectivas de promoción externa o de figuración representativa en el proceso, pasa totalmente desapercibido. Y así ha de ser el «lector 0». Le encomendamos a este personaje de la ca­dena editorial que lea, no que corrija ni que ejerza la crítica literaria, solo que lea y que, a partir de la lectura de una obra de un autor que no conoce, de un tema que puede no interesarle en absoluto, evalúe como simple lector y nos aporte una visión personal que responda a preguntas básicas: ¿el texto se lee de forma fluida?, ¿se entiende?, ¿es publicable?, ¿habría que corregir o valorar alguna cosa en él?, ¿el lector podrá tener una «experiencia» de interés a partir de su lectura?…

Preguntas y más preguntas que normalmente se resuelven frente a un café con amigos. Así ha sido durante los últimos nueve años con Francisco Manuel Usero Quintanilla, lector 0 de la colec­ción Ciudad Real Ensayo de Serendipia Editorial y de algunos textos más fuera de la colección. Las Nornas tejieron la madeja de su vida hace tiempo y está acabó su hilo el pasado 27 de mayo.

Paco era el lector 0 ideal, consumía cientos, miles de páginas cada mes, lo que le daba el poso de autoridad para opinar sobre lo leído; estaba muy lejos de carecer de capacidad crítica, a menudo esta era tan aguda que el humor, el ingenio y la perspectiva global quedaban entrelazados de forma indisoluble y necesitábamos del conocimiento que sobre su propia persona teníamos para poder ver árboles entre tanto bosque.

Paco despegó, según lo previsto, y ya estará en destino. Se ha ido sin hacer ruido –ya tuvo una vida en la que no le importó hacerlo aunque dolieran oídos–; nos deja la filosofía de la tradición cherokee para despejarnos, como diría, de las «tontás»:

No te pares al lado de mi tumba y solloces.
No estoy ahí, no duermo.
Soy un millar de vientos que soplan
y sostienen las alas de los pájaros.
Soy el destello del diamante sobre la nieve.
Soy el reflejo de la luz sobre el grano maduro,
soy la semilla y la lluvia benévola de otoño.
Cuando despiertas en la quietud de la mañana,
soy la suave brisa repentina que juega con tu pelo.
Soy las estrellas que brillan en la noche.
No te pares al lado de mi tumba y solloces.
No estoy ahí, no he muerto.

Paco acabó su tránsito y a sus amigos, a su familia, a sus seres queridos solo nos queda guardar el billete: una rosa roja.

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