Pascua de Mayo

“Las ideas no tienen importancia alguna. Las ideas son el uniforme vistoso que se les pone a los sentimientos y a los instintos. Una costumbre indica mucho más el carácter de un pueblo que una idea.”
PIO BAROJA

El pasado fin de semana se conmemoró la festividad del domingo de Pentecostés, que tiene sus manifestaciones locales más celebradas en numerosas vírgenes a las que se dedican las conocidas romerías de primavera. Como el populoso culto a la Virgen del Rocío en Huelva o a la muy popular Virgen de Alarcos en Ciudad Real. Pero, como muchas fiestas religiosas, no se celebra en una fecha concreta, sino que se fija cincuenta días después de la Pascua de Resurrección. Y la Semana Santa se celebra el primer fin de semana posterior a la primera luna llena de primavera.

Pero esta festividad se oficia en algunas localidades —contrariamente a lo que es habitual— en honor a sus cristos. Y El Toboso es un ejemplo de esta excepcionalidad porque allí se celebra la conocida Pascua de Mayo en honor a su patrón: el Santísimo Cristo de la Humildad. Que estas fiestas estén vinculadas a las fases de la luna les proporciona singularidad y una enigmática imprevisibilidad, lo que no impide la asistencia de los lugareños que viven fuera de su pueblo. La concurrencia es multitudinaria y para algunos es una de las pocas fechas obligadas para acudir a su patria chica.

Aunque esta celebración pone de manifiesto algo que sorprende. La asistencia masiva obliga a plantearse si esta concurrencia se corresponde con las convicciones religiosas de sus asistentes o tiene otra motivación. Hace algún tiempo un toboseño sugería: “Aquí parece que hay más practicantes que creyentes”. Y quizás estaba en lo cierto, pero eso no impide considerar que los toboseños tengan por su Santo Cristo una afección que trasciende la creencia religiosa de muchos de ellos. De hecho, la participación en los eventos que se organizan es muy transversal en toda su población.

En cuanto a los asistentes, aunque solo sea por unas horas, muchos toboseños vinieron de los lugares más diversos. De Valencia, de Sevilla, de Madrid, de Ciudad Real o de Guadalajara, por citar solo algunos destinos habituales. Pero este año he conocido un caso sorprendente. Un religioso vino para unas horas a estos actos y lo hizo desde Tanzania, donde ejerce como misionero. La manifestación o el testimonio a favor de su Cristo es mucho más que un ritual. Es una genuina tradición heredada de nuestros antepasados y muy arraigada para los lugareños presentes o emigrados.

Como en años anteriores, allí coincidí, entre otros, con un buen amigo de la infancia. Él vino desde un pequeño pueblo de Guadalajara donde reside habitualmente. Sus padres eran muy devotos del Cristo y ese es un motivo de peso para seguir cumpliendo con este compromiso. Este año han programado un viaje a las islas, pero lo iniciaron al día siguiente de finalizar la fiesta. El resto del año solo acude al pueblo el día de los Santos para honrar a sus padres. Un militar de alta graduación, aunque tenía obligaciones ineludibles, vino unas horas para estar presente en estos actos.

Pero estos eventos tienen algo especial. Quienes quieren ser oferentes lo solicitan a la Hermandad y por riguroso orden de petición, se les va asignando el año en el que participan. En estos momentos están comprometidos los próximos diez años. Además de portar faroles y ginetas que identifican su condición, deben ondear las banderas —de color azul y rojo— en todo el recorrido procesional. Esta curiosa tarea, que no deja de tener su dificultad, suelen realizarla los varones, pero este año he visto a una mujer que manejaba con solvencia y oficio este símbolo de los oferentes.

Uno de los actos colectivos más auténticos se celebra en un amplio salón que pertenece al Ayuntamiento, en el que, además de la música y el baile, no puede faltar la popular ranra, que consiste en un generoso picoteo a la hora del aperitivo a base de frutos secos, regados con un buen vino o zurra —que es una especie de limoná—, entre otros refrigerios. Allí acuden amigos y familiares de los oferentes, pero también el resto de la población. Estos actos se convierten en un punto de encuentro donde se habla distendidamente de todo: de lo divino y de lo humano y en armonía.

Todos los gastos que estas fiestas generan los sufragan los oferentes del año en el que se producen. Pero esta genuina tradición toboseña sigue estando muy viva y, pese a los tiempos convulsos que nos han tocado vivir, parece no decaer entre jóvenes y menos jóvenes.

Continuando con las excepcionalidades de las celebraciones religiosas en El Toboso, en septiembre —el mes en el que habitualmente se festejan los cristos en muchos lugares—, allí se celebra una virgen, la Virgen Morenita, a la que se profesa gran devoción.

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