Héroes

Ramón Castro Pérez.- Mover las líneas rojas según conviene nos mantiene ignominiosamente firmes «De aquí no paso», «hasta aquí podíamos llegar», «es la última vez» o «ya no me engañas más» levantan el ánimo a corto plazo, brindando un respiro con el que hacer la vista gorda sobre todo aquello que consideramos, por el momento, intolerable. A la próxima, eso sí, seremos implacables.

No hemos hecho otra cosa en la vida que desplazar los topes de nuestras propias líneas rojas y eso lo saben muy bien los padres y las madres, acostumbrados a tragar toneladas de reproches que, llegado el caso, es mejor callar, por memoria histórica y porque, más pronto que tarde, ellos se reconocerán en nosotros.

En el trabajo, en casa y, sobre todo, con nosotros mismos, vejamos sin piedad la línea roja que marcamos anoche, cuando el héroe se había apoderado de nuestro yo. Desde el estudiante hasta el anciano cegado por las cataratas, sordo por soledad, triste por el futuro cierto, todos somos conscientes de una sola cosa: la vida nos lleva a señalar la violación de las líneas rojas del resto, mientras que, a sabiendas, cambiamos de sitio las nuestras, evitando pisarlas para poder seguir portando capa.

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