Se abría el mes de junio con la noticia sorpresiva y sorprendente de que “La provincia tiene 63.000 viviendas previstas en el papel sin construir” (La Tribuna 1 junio 2026). Como si hubiera un parque edificatorio sumergido u oculto en alguna trastienda o almacén desconocido, a la espera de “la mano de nieve que toque el arpa”. Con lo que se resolvía, de un plumazo, con tal descubrimiento –solo remover carpetas de informe Sectores residenciales en España 2025 y revisar expedientes muertos o fosilizados– el debatido problema de la vivienda. Piénsese que en Castilla-La Mancha se cifra el monto de viviendas halladas en el papel en 280.000 unidades en 51 municipios. Por lo que el cómputo nacional llegaría a cerca de tres millones de viviendas en esos papeles mágicos. Cantidad que se aproxima al déficit estimado del parque residencial. Por lo que esa resurrección inmobiliaria bastaría para servir a las necesidades de nueva construcción, y con ello, se habría resuelto el muy debatido Problema Nacional de la Vivienda. Un PNV ajeno a la territorialidad vascongada y que no deja de crecer de forma imparable. Un PNV debatido y publicitado, pero no resuelto en muchos años. Que, finalmente, el Problema Nacional de la Vivienda, el repetido PNV, no es un problema abstracto de geometría existencial como decía el compositor italiano, Franco Battiato, sino que es un problema concreto y personalizado de acceso al mercado de vivienda de cientos de miles de ciudadanos. De acceso y de su creciente dificultad, pese a la consagración constitucional del artículo 47, y a la puesta en marcha de la empresa pública Casa 47, retomando activos de la anterior SEPES



Mercado caracterizado en los últimos veinte años por el veloz encarecimiento del bien vivienda, como reflejaba el informe de El País (29 mayo 2026) “El precio de la vivienda, en máximos tras dispararse al mayor ritmo en 20 años”. Encarecimiento fruto de diversos factores, no solo de la carestía de la producción edificatoria en mano de obra y precio de materiales; también el precio creciente del suelo edificable –disponible y urbanizado– y todas las figuras fiscales que gravan su adquisición y disfrute, junto a los aumentos de costes financieros de su financiación. También la rueda inmobiliaria como fortuna inversa, esto es, la escasez de las promociones en curso; la desaparición efectiva y contable de las viviendas públicas en cualquiera de sus formas de promoción; la permanente lentitud en la creación de suelo urbanizado, desde la lógica de los planeamientos urbanos municipales adormecidos; pero también el desfase creciente de los salarios medios y del precio final resultante en ese acceso a la vivienda. Acceso, radicado no solo en el mercado de la compraventa –precios máximos del metro construido, como corrobora El País, del 2 de junio de 2026–, sino en el enrarecimiento del mercado inmobiliario de alquiler fruto de la descompensación entre oferta y demanda. Enrarecimiento y encarecimiento que trae causa de la escasa oferta en el mercado de alquiler –que genera elevados precios– y la competencia irresistible y desleal del mercado turístico a través de los ‘alquileres turísticos y vacacionales’.

Configurando un panorama de fuerte desertificación en la oferta existente, que ahora se trata de rectificar –con cierro retraso, todo hay que decirlo, o con mucho retraso– con el llamado Plan Nacional de Vivienda 2026-2030 y esos 7.000 millones de recursos efectivos –aunque no todo el importe va destinado a la creación de nuevas viviendas, solo el 40% del total, dejando el resto en el 30% como opciones de rehabilitación y el 30% de acceso a sectores sociales insolventes– para los cinco años planificados. Con una financiación conjunta y aportaciones del 60% el gobierno central y 40% las Comunidades Autónomas. Que, a la postre, son las administraciones competentes.
Por ello, llama la atención que a los pocos días de celebrarse el acuerdo Ministerio/Comunidades (21 de mayo) se saque el conejo de la chistera con las llamas viviendas en papel, fruto de ese informe de Sectores residenciales en España 2025. Que es casi tanto como el recorrido existente entre el cantable de Elder Barber La casita en Canada y la Casita de papel de José Guardiola, o también de esos recortables antañones que se vendían para configurar una habitación con vistas. Todo ello para tirar o aflojar de planes urbanos aparcados por inviables y por ello, poco eficientes en la creación de suelo. Véase entre nosotros los casos citados, como el fenecido Reino de don Quijote en Ciudad Real, junto a La Atalaya se nos dice, y sus 9.000 viviendas sobre el papel mojado del planeamiento, como si estuvieran disponibles. Como ocurre, también, con el caso de Valdepeñas y sus 23.000 viviendas fruto de 14 desarrollos urbanísticos, con capacidades de producir otra burbuja. Planeamiento que, obviamente no existe en Ciudad Real, al haberse desmontado sus determinaciones y la posibilidad de acomodo en el POM de 2010, revocado y enterrado en 2018. Igual que tampoco existe en buena parte de las poblaciones censadas por desajustes del repetido planeamiento municipal. En la medida en que ese censo inflado de las viviendas de papel es fruto de los llamados cadáveres inmobiliarios –en la provincia contamos con ejemplos notorios en Pozuelo de Calatrava o en Villamayor de Calatrava–; de los saldos que engordaron las cuentas de la SAREB –más tarde integrados en SEPES y ahora en Casa 47– y de saldos inmobiliarios ya irrecuperables.
Y esta es la otra derivada que se quiere olvidar y que ya llamé en 2012 –¡hace 14 años!, recién salidos de la burbuja de 2008– como Topografía de la codicia. Y que luego utilicé en mi texto de la introducción de Castilla-La Mancha fea. Recorrido por su arquitectura en democracia.


Días pasados, un diario nacional, publicaba en la sección de Sociedad una doble página relativa al nuevo Hospital de Toledo, bajo la rúbrica de ‘El megahospital del despilfarro manchego’. Probablemente, haya algo de excesivo en ese titular, pero también haya algo de cierto. Y es que esa noticia viene precedida de análisis similares en otros medios, con un estribillo monocorde. Como ocurriera el miércoles último, con el programa televisivo ‘Comando actualidad’, que retrataba las grandes infraestructuras varadas a muerte y oro.
En clave parecida Tom Burridge escribía, en ‘BBC News’ un trabajo que denominó como ‘Los proyectos faraónicos que endeudaron a España’. Trabajo que prolongaba algunas de las consideraciones de Llàtzer Moix, autor del libro Arquitectura Milagrosa. Entre esa larga nómina de obras faraónicas (así las llama Burridge en algún momento de su texto) aparecen la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, las Ciudad de la Cultura de Santiago de Compostela, la ciudad del Circo de Alcorcón y los aeropuertos de Ciudad Real y Castellón.
Algo similar de lo señalado por Rafael Argullol en su artículo ‘El Jardín de las delicias’; donde analiza el libro ‘Ruinas modernas. Una topografía del lucro’ de la arquitecta alemana Julia Schulz-Dornburg. Análisis prolongado el pasado domingo en El País Semanal, con el texto de Clara Blanchar y las imágenes de la alemana. El tema abordado no puede ser más idóneo en nuestros días [horizonte 2012, no se olvide]: como es la exhibición de las ruinas en que se han convertido decenas de proyectos urbanísticos en los años de la rapacidad, la megalomanía y la estupidez. Por ello Schulz-Dornburg, merece por boca de Argullol el calificativo de arqueóloga de una ‘antigüedad reciente’. Tan reciente como que el ciclo estudiado se extiende tan sólo a lo largo de veinte años: 1992 a 2012. La colección de desastres, a cual más espectacular, lleva a Argullol a realizarse la pregunta de rigor: “¿cómo pudieron concebirse y ejecutarse desvaríos de esta naturaleza, no únicamente esperpénticos en sí mismos sino evidentemente destinados al fracaso?”. Más aún, “¿cómo pudo, durante años, un entero país permanecer ciego —o cómplice— mientras se ejecutaban tropelías de todo tipo ante los ojos de todos?”. Quizás la explicación la del Alcalde de Fortuna, pueblo, murciano agraciado por la pedrea (nunca mejor dicho) inmobiliaria: ‘Todo el mundo estaba en la rueda’. Se supone que de la Fortuna


De toda esa nómina larga que compone la ‘Topografía de la codicia’ Argullol nos propone un podio, para componer el terceto del desvarío promotor y de la lujuria inmobiliaria. El primero es el Complejo de Aventuras Meseta Ski, en Villavieja del Cerro, una aldea de 103 habitantes, en un centro cosmopolita que llevaría a la planicie de Valladolid 70.000 visitantes cada año. El segundo elemento se trata de ‘El Reino de Don Quijote’, en Ciudad Real. “Un Eurovegas avant la lettre, situado en plena La Mancha, con el beneplácito de las autoridades y con el habitual escarnio para la pobre criatura literaria de Cervantes”, dice Argullol. Y la tercera joya, tiene por nombre ‘Campo de Vuelo Residential’, y es el más apabullante y el que merecería el primer premio en el campeonato mundial de la estulticia.
Todas esas ruinas modernas, como muy bien indica Julia Schulz-Dornburg en su libro, son los testigos acusadores en el juicio, que España debería tener la valentía de realizar, tras el gigantesco fraude que ha tenido la cobardía de permitir. Pero, aunque ese juicio nunca llegue a concretarse, a través de estas ruinas, siempre quedará la huella de la locura codiciosa. Siempre quedará la ‘Topografía de la codicia’ que se apoderó de un país durante un par de décadas en medio del silencio de los ciudadanos y de la impunidad de los saqueadores.
Y ahora, catorce años más tarde, el repetido informe Sectores residenciales en España 2025, tiene el descaro de resucitar todas esas ruinas modernas, como argumento para convencernos de lo bien orientado que está el Plan Nacional de la Vivienda 2026-2030. Coincidiendo todo ello, con la entrevista al arquitecto, Fernando Abad Vicente, (El País semanal, 31 de mayo 2026), donde el autor de Patrimonio público a patrimonio privado, deja caer, entre otras afirmaciones, que “Los desaguisados los pagamos todos bajo el razonamiento de coste cero para el ciudadano y nuevos puestos de trabajo se ocultan colosales deudas públicas”. Como algunas de las iniciativas citadas antes: Aeropuertos de Ciudad Real y Castellón, Ciudad de la Cultura, Reino de don Quijote, Quijote Crea en Toledo y cientos de promociones varadas, arruinadas y vandalizadas.









