-Si eliges bien el terreno, lo cuidas con mimo y siembras en él todo tu amor, las posibilidades de que nazca un bello fruto son inmensas-
Hay momentos que marcan el comienzo de algo nuevo. Instantes que, sin apenas darnos cuenta, se convierten en el punto de partida de un camino que después recorrerán muchas personas. Eso fue exactamente lo que sentí ayer durante el primer Certamen de poesía Entre Copas y Amigos, celebrado en casa de Eusebio Loro, Casa Loro, como él la denomina.
Formar parte de un proyecto siempre resulta gratificante, pero aún más cuando tienes la sensación de estar ayudando a sembrar algo que puede crecer y perdurar en el tiempo. Creo que ese sentimiento fue compartido por muchos de los que tuvimos la suerte de asistir a este encuentro.
Poetas, cantantes, pintores y amantes de la cultura nos reunimos en un ambiente difícil de describir. Había una energía especial, una complicidad que iba mucho más allá de las palabras. Son de esas vivencias que remueven por dentro y que resultan imposibles de reflejar por completo ni con fotografías ni con relatos, porque sólo los sentimientos son capaces de medir su verdadera dimensión.
Quedará para el recuerdo que un 6 de junio de 2026 se plantó una semilla. Una semilla escogida con ilusión por nuestro anfitrión, que supo imaginar este encuentro y hacerlo realidad. Y estoy convencido de que crecerá fuerte, porque fue alimentada por la generosidad, la amistad, la cultura y el deseo compartido de crear algo diferente.
El entorno ayudó a que todo fluyera de manera natural. La casa de Eusebio se convirtió durante unas horas en el hogar de todos. Los cuadros, los paisajes, las luces y cada rincón del lugar crearon una atmósfera acogedora, cargada de sensibilidad y belleza. Un laberinto de emociones que está en la paredes, en los pasillos, en las escaleras, en cualquier parte donde tus ojos deseen posarse.
A ello se unió la música de Pedro, componente de Clavileño, cuya guitarra llenó el espacio de emoción. Sus canciones nos hicieron recordar, sentir y estremecernos en más de una ocasión. Cada acorde parecía encontrar su lugar exacto entre los versos y las conversaciones. También fue hermoso comprobar el respeto y la atención con que cada participante escuchaba al resto. No había prisas ni protagonismos. Existía un auténtico deseo de compartir y de disfrutar de la creatividad ajena. Las poesías, las canciones y las reflexiones fueron tejiendo una conexión sincera entre todos.
Eusebio abrió las puertas de su casa, pero también las de su mundo. Y eso siempre requiere valentía. Compartir aquello que forma parte de uno mismo es un gesto generoso que merece ser reconocido. Gracias a esa hospitalidad, cada persona convocada pudo sentirse cómoda, integrada y partícipe de algo especial. Por eso nos marchamos con una sonrisa. La satisfacción de haber vivido una tarde-noche diferente, de esas que dejan huella. La idea de un soñador, de un loco hidalgo capaz de convertir una intuición en realidad, encontró el apoyo de quienes estuvimos allí, dispuestos a acompañarlo en esta aventura, en ese destino, lanzados como valientes a la victoria sobre los molinos de viento.
Personalidades distintas, sensibilidades diferentes y maneras únicas de entender el arte coincidieron con un propósito común: utilizar la poesía, la música y la palabra como puentes para compartir belleza, transmitir emociones y seguir construyendo caminos de encuentro.
Estoy seguro, más que convencido, de que este primer certamen será sólo el comienzo de una larga historia. Y cuando miremos atrás, recordaremos con cariño que estuvimos allí, en el instante en que todo empezó.
Porque la literatura, y especialmente la poesía, es uno de los caminos más hermosos que existen para crear lazos y vínculos entre las personas. Nos ayuda a comprendernos mejor, a compartir emociones y a sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos. También nos invita a aunar esfuerzos, a mirar tanto los problemas que tenemos cerca como aquellos que afectan a quienes están más lejos. Al final, la poesía es un conducto que nos une, una forma de ser parte de todo cuanto nos rodea.
Este primer certamen quedó enriquecido por la participación de quienes compartieron sus palabras, sus versos, sus canciones y su sensibilidad. Allí estuvieron Luis de Ávila, Mariano, Elena Martín Dols, José Morales, José Manuel Serrano, Vicky Ciudad, Julián García Gallego, Pedro Gómez-Cambronero Soriano, componente de Clavileño, , Julio Angulo, Ánsel, Manuel Sánchez Ormeño, Mari Cruces, Mari Carmen Matute, José Luis Ramírez, Matividad Cepeda, Jesús Lara, Nicoleta Talpa, Susana Martín de la Sierra, Maribel Muñoz, José Javier. Cada uno aportó su propia voz, su forma de entender el arte y su manera de sentir la poesía, contribuyendo a crear una tarde diversa, cercana y llena de emociones compartidas.
También hubo un momento para el recuerdo y el cariño. Entre nosotros estuvo presente Marisol a través de un poema que fue leído durante el encuentro. Aunque no pudo asistir, todos sabíamos la ilusión que le hacía compartir aquella jornada. Sus versos nos acercaron a ella y permitieron que formara parte de un día tan especial, demostrando que la poesía también tiene la capacidad de acortar distancias y mantener cerca a quienes apreciamos, leído por Maribell Muñoz.
Pero un encuentro como este no lo construyen únicamente quienes toman la palabra. También lo hacen quienes escuchan, quienes acompañan y quienes sienten cada verso como propio. Por eso es justo recordar a las personas que estuvieron allí como amantes de la poesía, compartiendo con nosotros una tarde tan especial. Amelia, Carmen, Yolanda Escobar y José Javier formaron parte esencial de aquella atmósfera de cercanía y complicidad que se respiró durante toda la jornada.
Mención especial merece José Javier, que nos regaló además el privilegio de escuchar una voz intensa, profunda y llena de matices, capaz de despertar emociones desde la primera palabra y de llevarnos, casi sin darnos cuenta, a ese lugar donde los sentimientos se expresan sin barreras. Porque al final todos influyeron en el resultado. Poetas, músicos, artistas, amigos y amantes de la cultura fuimos formando una familia hecha de pequeños fragmentos de vida, de sensibilidades distintas y de afectos reales. Cada persona aportó algo de sí misma para crear una armonía difícil de explicar y fácil de sentir. Entre todos hicimos posible el nacimiento de este precioso certamen de poesía “Entre Copas y Amigos”, un encuentro que se originó como una ilusión y que ya forma parte de nuestra memoria colectiva.
Y como ocurre con las buenas historias, la tarde fue llegando a su fin de la mejor manera posible. Tras los versos, las canciones y las emociones, llegó el momento de relajarse y seguir disfrutando de la compañía. Un improvisado karaoke puso el broche musical a la jornada, con la participación de quienes se atrevieron a dar un paso al frente para compartir también sus voces y su alegría. Porque de eso se trataba precisamente: de compartir.
La celebración continuó alrededor de una maravillosa tarta que sirvió para cerrar oficialmente el acto, aunque todos sabíamos que aquello no era un final, sino el comienzo de algo que acababa de echar a andar.
También hubo tiempo para reconocer el talento de quienes habían participado en el certamen mediante la entrega de un premio al poeta que obtuvo más simpatías y la suerte de los números. El galardón no podía ser más especial: una obra de Eusebio. Un precioso cuadro que representaba mucho más que un premio, porque era una muestra de generosidad, una forma de compartir una parte de sí mismo a través de su arte. Quienes conocen su pintura saben que posee una personalidad propia, un realismo lleno de sensibilidad y un sello inconfundible que hace que sus obras no pasen desapercibidas.
Y así terminó una tarde, que acabó en velada, y quedará grabada en la retina de todos los que tuvimos la suerte de vivirla. Un paseo de poesía, amistad, música, emociones y encuentros. La primera nota de una melodía que promete ser larga y hermosa. El primer llanto, al nacer, de algo grande que comenzó entre copas y amigos, pero que ya forma parte del corazón de quienes estuvimos allí.
Julián García Gallego -Sin palabras mudas-








