
Quien llega por primera vez al Campo de Montiel no encuentra un lugar que intente impresionar. Encuentra algo más raro: un territorio que no necesita hacerlo. Aquí no hay urgencia por gustar ni por parecer. Hay, en cambio, una forma tranquila de estar en el mundo que se ha mantenido, casi intacta, a lo largo del tiempo.
La primera impresión no la marca un monumento, sino la gente. El saludo en la plaza, la conversación que se alarga sin prisa en la puerta de una tienda, la recomendación que llega sin que nadie la pida. Son gestos pequeños, casi invisibles, pero construyen una hospitalidad que no se anuncia: se practica.
Esa cercanía convive con un paisaje atravesado por la historia y la leyenda. En Montiel, el castillo de la Estrella conserva la memoria de Pedro I y de una Castilla en conflicto. En Villanueva de los Infantes, las fachadas de piedra y los escudos nobiliarios recuerdan los últimos días de Quevedo, lejos de la corte. En Alhambra, la historia retrocede hasta la Edad del Bronce. Y en las Lagunas de Ruidera, el agua irrumpe con un azul inesperado, como si La Mancha escondiera un secreto que solo se revela a quien se detiene.

Pero el Campo de Montiel no vive solo de su pasado. En sus caminos aún se cruzan pastores que recorren cañadas reales siguiendo rutas ancestrales. El esparto sigue trenzándose en manos que han aprendido el oficio sin escuelas. Queseros, ganaderos y panaderos mantienen métodos heredados, no por nostalgia, sino porque siguen funcionando. No son vestigios: son presente.
El paisaje, lejos de lo espectacular, exige tiempo. Llanuras abiertas que cambian de color con las estaciones, sierras bajas que esconden antiguas atalayas, humedales que aparecen donde no se esperan. Es un territorio que no se revela de golpe, sino poco a poco, al ritmo de quien lo recorre a pie, en bicicleta o a caballo.
Durante décadas, muchos se marcharon. El Campo de Montiel conoce bien la pérdida. Pero en los últimos años, el turismo rural y sostenible ha comenzado a ofrecer una alternativa real. No como solución milagrosa, sino como apoyo: casas rurales que vuelven a llenarse, bares que recuperan conversación, talleres que encuentran nuevos clientes, espacios culturales que vuelven a tener sentido.
La Diputación de Ciudad Real y La Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha han destinado millones de euros a distintos programas, inversiones y actuaciones en los municipios, mientras que el Gobierno de España, a través del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO) financia el Plan de Actuación Integrado de la Sierra de Alcaraz y Campo de Montiel (PAI SACAM), en Albacete y Ciudad Real. En el marco del Programa Plurirregional de España FEDER 2021-2027 (PPE 2021-2027), el PAI SACAM permitirá transformar 25 municipios rurales de la comarca mediante actuaciones ambientales, económicas, sociales y territoriales.

Fundamental es también el papel de la Diputación de Ciudad Real con su Plan de Sostenibilidad Turística en Destino (PSTD) Campo de Montiel-Tierra del Quijote, que ha puesto en marcha actuaciones estratégicas para modernizar el tejido empresarial y mejorar su competitividad, dentro del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, financiado por la Unión Europea a través de los fondos NextGeneration EU.
De su lado, el Grupo de Desarrollo Rural (GDR) SACAM Sierra de Alcaraz y Campo de Montiel ha formalizado la firma de decenas de contratos de ayudas Leader con emprendedores, empresas y entidades locales que movilizan millones de euros en estas comarcas.
Los municipios han entendido que el futuro pasa por sumar. Bajo una estrategia compartida, la comarca trabaja para consolidarse como destino cultural, natural y gastronómico. No se trata de competir, sino de construir un relato común: poner en valor su patrimonio, reforzar el contacto con la naturaleza y ofrecer experiencias ligadas a la vida cotidiana, no a su representación.
La promoción crece, también, fuera del territorio. Campañas digitales, presencia en ferias y colaboración entre administraciones y empresas buscan situar al Campo de Montiel en el mapa sin que deje de ser lo que es.
Y quizá ahí reside su mayor fortaleza. En no haber renunciado a su ritmo, a su manera de acoger, a su forma de entender el tiempo. En un bar de Villanueva de los Infantes, alguien explica cómo se trabajaba el esparto antes de que existiera el plástico. No lo hace para enseñar, sino porque la conversación lo pide. Afuera, la tarde cae despacio sobre la piedra.
Y uno entiende entonces que el Campo de Montiel no es un lugar que se visita. Es un lugar que se comparte.










