Manuel Valero.- Tratando de estimular la memoria después de leer las cien crónicas sentimentales me he preguntado si Eduardo Egido se ha dejado alguien, algún hecho memorable de los que jalonan nuestra historia-identidad o alguna brizna de la cotidianeidad pretérita, y me ha sido imposible encontrar un hueco sin narrar. Es la evocación que hace de Puertollano, su ciudad de acogida, tan de acogida que él mismo se ha convertido en un elemento ineludible del paisaje.
La ciudad en la que cohabitamos, ya andado suficiente trecho vital como para ver las cosas al modo sabio, ha sido pintada por Egido como un gran fresco, donde está todo. Si no, el todo absoluto, sí todo aquello, que tamizado por su memoria, sus vivencias y sus recuerdos componen un cuadro de salón palaciego en el que se observa cómo hemos sido y cómo hemos cambiado a lo largo de un siglo, desde que Puertollano se hizo ciudad por orden regia hasta ayer mismo.
Cien crónicas sentimentales, que subtitula Puertollano: el lugar y su gente, fueron escritas y publicadas con puntualidad suiza en el digital La Voz de Puertollano, ahora avecindadas todas en un volumen. En su último trabajo, que se presentará el viernes, 12 de junio en la antigua casa de cultura a las siete de la tarde, el pintor de palabras descorrerá las cortinas para que el público contemple una obra coral , que, es también un viaje retrospectivo por nuestra historia colectiva.
En el prólogo, el periodista Juan Manuel Romero escribe con acierto que en la constancia de Eduardo, (que no sorprende a quienes le conocemos), está el mérito de quien sabe narrar lo cercano porque es una forma de cuidar lo que somos.
Los lectores se verán retratados, si no nominalmente, si por la coetaneidad en la evocación de muchos pasajes de los que, como Eduardo, fuimos testigos, cada cual a su manera, en su propia niñez y juventud, en su propia escuela y en su propia familia. Esa es la sensación que a uno le invade, salpimentada con la especia de la nostalgia, pero sin cambiar ni un dato, ni un nombre. No están todos los nombres, sólo aquellos que el autor ha considerado, sin más baremo que el peso que han dejado en su propia experiencia de vida: El Gran Henry, don Mariano Mondejar, Primi Ortega, Ñoño, Ramón Merino, Eduardo de la Orden, Francisco Gascón Bueno, Antoñito (una crónica deliciosa que emociona), Felipe Ferreiro, Raquel Gómez, don Eduardo Mora, Manuel Prior, Ángel Parla, Mariano Martín, Amparo y Paco, Josito, Benito Ruiz, Paco Recuero, Diego Lavarez de los Corrales… y otros que aparecen en el fresco, citados en algún lugar del cuadro, entre la gente que ha poblado nuestra ciudad a través de las últimas décadas. No faltan tampoco crónicas leoninas que juegan con la ficción o la crónica negra de un tragedia: la muerte (asesinato), de tres niños en El Horcajo.
Insisto en el símil. Puertollano y su gente, ( un regalo también para el centenario de la ciudad que retrata) es un gran cuadro ante el que el observador (lector) puede detenerse durante horas sin contar las pausas que provoquen algunas crónicas o párrafos, para cerrar un momento el libro (los ojos) y hacer cada uno su propia crónica sentimental al recordar su primera escuela, el primer maestro o maestra, la primera novela de Marcial Lafuente cambiada en Paulino, los primeros cigarrillos sueltos en Juanito o, ya de adolescentes con un poco de posibles que parecían imposibles, la primera cajetilla de tabaco rubio americano en La Dora, los años de instituto, los bares, las terrazas, el Paseo, los amigos de niñez, las costumbres, los proyectos recientes que granaron en la buena aceptación de la población. Momentos, lugares y gente.
En las Cien crónicas están todos –estamos- disculpen que me levante-y está todo, la necesidad de voces en la Coral Polifónica, la imprenta Guerrero y el personaje de pureza mágica con todo su realismo, los cines de verano y de invierno, el Calvo Sotelo, el Terry, el zoo de las Pocitas … y así, hasta ciento.
Si me viera en la tesitura de elegir una única crónica del centenar, maldeciría a quien a tamaña situación me llevare. Pero hay una, Hotel Mercedes, que elijo, sin desmerecer ni una, porque aunque era conocido dicho establecimiento, esa crónica sí tiene mucho que ver con el implacable ángel de la melancolía de Eduardo, que en su niñez vivió, conoció, y observó a esa atractiva, muy literaria y sugerente fauna, que eran los viajantes y huéspedes de antes.
Una gran pintura literaria que parece cobijarnos a todos bajo un mismo recuerdo, al mismo tiempo que cada uno evoca los suyos durante la lectura en un contexto temporal que pudo ser coetáneo o no. Mezclando algunos versos del famoso poema If de Rudjar Kipling (hay también poesía en Las Cien … con la madre como rapsoda), digo:
Si vuelves al comienzo de la obra perdida
aunque esta obra sea la de toda tu vida
Si arriesgas en un golpe, y lleno de alegría
tus ganancias de siempre a la suerte de un día,
Y pierdes, y te lanzas de nuevo a la pelea,
sin decir nada a nadie de lo que es y lo que era
Todo lo de esta tierra será de tu dominio
Y mucho más aún: serás un hombre, hijo mío.
Los hombres y mujeres y los niños y niñas que luego se hicieron hombres y mujeres están en la gran estampa emocional y emotiva de esta obra. Usted también, posiblemente, de una u otra manera.
Título: Puertollano y su gente (Cien crónicas sentimentales para el centenario de la ciudad)
Autor: Eduardo Egido.
Edita: Ediciones Puertollano.
Tapa blanda, 440 páginas.







