«Hay quien se hace espía por dinero, por vanidad y megalomanía, por ambición o por afán de emociones. Pero el mal de nuestro tiempo es el de los que se convierten en espías por idealismo»
MAX LERNER
(Escritor estadounidense)
Hace algunos años tuve la oportunidad de leer un excelente artículo del columnista Pedro García Cuartango en ABC, en el que hablaba de la vida de una espía muy activa durante varias décadas. Era una española que, tras la Guerra Civil, sirvió en el todopoderoso servicio secreto de la extinta Unión Soviética, el conocido KGB. Sus misiones más importantes se desarrollaron en toda Europa, en Asia y, sobre todo, en los países hispanoamericanos.

Se llamaba África de las Heras Gavilán y nació en el seno de una familia conservadora y católica de Ceuta. Su padre era escribiente militar; un tío suyo fue abogado y alcalde de la ciudad; y otro tío paterno fue general de división, el cual murió al intentar sofocar la sublevación republicana de Jaca en 1930. Con diecinueve años se casó con el teniente de la Legión Francisco Javier Arbat Gil, de quien se separó tras proclamarse la Segunda República.
Ingresó en el Partido Comunista de España siendo muy joven y, poco tiempo después, la enviaron a la Revolución de Asturias en 1934, donde conocería al que años después sería proclamado secretario general del PCE, Santiago Carrillo Solares.
Cuando comenzó la Guerra Civil, se inscribió como miembro de las Juventudes Socialistas de Cataluña. En Barcelona contrajo un breve matrimonio con el empleado de banca Luis García Lago. En 1937 fue reclutada como agente de los servicios secretos rusos —primero en el NKVD, que luego pasaría a llamarse KGB—; poco después la enviaron a Moscú para su adiestramiento y a partir de entonces sería conocida por su nombre en clave como agente: Patria.
Según varias investigaciones, debido a su amistad con Caridad Mercader —madre de Ramón Mercader—, esta le recomendó que se convirtiera en espía en vez de en una simple activista. Se introdujo en grupos trotskistas en Noruega, lo que le permitió ser contratada como secretaria del disidente soviético León Trotsky en Ciudad de México. Esta privilegiada posición le permitió introducir a Ramón Mercader quien, en 1940, asesinaría al disidente ruso.
Antes de la invasión alemana de la URSS, ella regresó a Moscú. Fue lanzada en paracaídas en Ucrania y Alemania con la misión de sabotear las comunicaciones del enemigo. Al terminar la guerra, se instaló en París, donde conoció al escritor uruguayo Felisberto Hernández, con quien se casó. Ya en Montevideo se separaría de él. Y, después de permanecer en Buenos Aires un tiempo, regresó a Uruguay donde, como tapadera, trabajaría de niñera y de modista.
Se casó de nuevo, por orden de sus jefes del KGB, con un italiano que pertenecía a su grupo de espionaje en aquella región, pero lo acabaría asesinando por envenenamiento en su propia vivienda, a la que llevaba a los niños que cuidaba en el popular barrio de Punta Carretas, en Montevideo. Ella se sirvió de dos colaboradores uruguayos para trasladar el cadáver y hasta contrató a un médico para que certificara que la muerte fue por causas naturales.
Patria dirigió durante dos décadas una de las redes de espionaje soviéticas más valiosas: la de Sudamérica, cuya sede estaba en Uruguay por haber sido neutral en la guerra. Allí realizaron seguimientos de nazis, tanto en Argentina como en Uruguay; hizo por lo menos dos misiones secretas con Israel, además de reclutar para el KGB a la embajadora mexicana en Tel Aviv, la escritora Rosario Castellanos, que murió electrocutada en extrañas circunstancias.
Fue una mujer de gran valentía en sus intervenciones y misiones más arriesgadas. Por ejemplo, cuando África fue enviada a la retaguardia alemana en mayo de 1942. En ese tiempo, ella saltó en paracaídas con una pistola, un puñal y dos granadas, y la orden de usarlas para destruir su radio, el libro de claves que llevaba y a ella misma si caía en manos de los nazis. Y lo hubiera hecho, ya que su idealismo estaba por encima del propio instinto de supervivencia.
A finales de los años sesenta, África —Patria— regresó a Moscú sin haber sido descubierta y en 1971 se convirtió en una instructora de espías en la Lubianka, la conocida prisión y cuartel general del KGB. Ella fue una de las espías más valoradas por los mandatarios de la Unión Soviética, quienes le concedieron la Orden de Lenin. Y, además de sus muchas condecoraciones oficiales, llegó a alcanzar el grado de coronel de los servicios secretos soviéticos.
En 1985 —cuando Mijaíl Gorbachov llegó a la Secretaría General del PCUS— ella se jubiló y en 1988 —poco antes de la caída del muro de Berlín y de la desintegración de la Unión Soviética— falleció en la capital rusa, donde está enterrada en un lugar preeminente en el cementerio de Khovanskoye.








