José Agustín Blanco Redondo.- El poemario Añil de Miguel Galanes (Daimiel, 1951) fue publicado en 1997 en la colección literaria “Ojo de pez” de la Biblioteca de Autores Manchegos. La obra consta de un prólogo y tres “miradas” que confluyen en una “sonrisa” titulada “Las trampas del azar”.
La primera mirada —cercana, terrenal, cotidiana— nos conduce a la predela que sostiene el retablo del poemario. Y esta armadura fundacional —óleo sobre tabla de álamo blanco— reposa en la nostalgia de la infancia. En este retorno, el poeta busca la verdad en un hábitat de decadencia, en una atmósfera inasible que, sin embargo, derrama optimismo. Miguel Galanes valora la humildad, la sinceridad de la experiencia y el ser nosotros mismos ante la hipocresía y la superficialidad. Nos muestra las bondades de un estoicismo que nos ayuda a caminar “…con las manos limpias y la alegre / convicción de que nada es nuevo”. Hay esperanza en la incertidumbre del destino. Vivir el presente. Apartar el pasado. Nada de utopías futuras: “Es mi vida ahora este instante”. El hoy, el aquí es mi destino. El poema “Abandono en Lemidai” es la imagen romántica y desolada de un viajero o un emigrante que retorna a Daimiel. La aridez de la tierra que encuentra lucha en vano contra la abundancia de agua que aún discurre en los recuerdos de su niñez. Ahora todo es desolación, arena, ecos perdidos, silencios, distancia, páramo y ruinas, mientras “…algún / puente insiste con su cordura sobre / un hilo de agua”. Pesimismo lírico de una tierra olvidada, el poema acumula términos que recrean una atmósfera apesadumbrada: sombras, cicatriz inmensa, la hora de los muertos, noche, pesadilla, ríos de polvo infinito, ceniza. Es el vacío del lecho del río Azuer y la desolación del cauce del Guadiana. Son las huellas sobre el polvo —metáfora de la vida— y el fuego enterrado de la turba: “No es el tiempo /quien sólo nos anuncia la muerte / sino el espacio / quien nos envuelve / con su silencio y oscuridad”. Eran el azul y el añil de unas corrientes que el tiempo convirtió en ceniza, en humo gris, en un presente de lumbre oculta, inquietante, perversa. La tierra que el poeta encuentra es solo silencio, desierto, polvo amarillo, soledad, pozos de arena, huesos albarizos, “Deformada y tácita muerte / bajo la condena del sol”.
La segunda mirada —consciente de que es contemplada— nos guía hasta el cuerpo del retablo. Encontramos sanguinas sobre lienzos de algodón que carecen de la rigidez de las tablas de la predela, pero dotadas del vértigo de la autenticidad. Para el poeta, el pozo es “el ojo de un mundo que ya no ve / y a ciegas acude a su destino…” La sequía convierte estos recipientes de aguas telúricas en absurdos contenedores de sombras y de silencios, quizá las mismas sombras y silencios que atenazan la vida de los hombres. Miguel Galanes confiesa el amor por su tierra. Tierra sin nombre y sin memoria, tierra detenida en un marasmo de polvo, fuego y escoria. El poeta expresa la desesperanza y el desistimiento, el vacío y el miedo, el dolor y la impotencia: “De cualquier modo nunca / la llaga del vecino / está en nuestra ventana. Está más lejos / y es menos cierta y menos dolorosa / que la que hiere nuestro corazón”, pero insiste en no olvidar jamás la belleza, la claridad y la inocencia de nuestra infancia. Intimismo. Evocación. Sosiego.
El paso del tiempo es el tema del poema “Añil”. Somos contenedores de años, de aprendizajes y de algunas experiencias quizá prescindibles. Somos los propietarios de nuestra edad y “Acostumbrados a las interminables / llanuras de esta tierra / es fácil ver cómo / todo se aleja sin remisión / añorando su presencia desde lejos”. Es la irreversibilidad del tiempo. Un camino de polvo, sequías, sombras, pérdidas, maleza y piedras: “… los años / se consumen y quedan como antiguo / calendario en el desván”. Y el desenlace, triste, meditado, terminante: “Miro, / no veo, desaparezco en la piedra. / Bajo el crepúsculo. / Lejos de casa”. Y tras la añoranza, de nuevo, por la niñez, Miguel Galanes nos regala una autobiografía poética, una confesión sincera y profundamente sensorial, sí, todo, ahora, se ha perdido: “…el paisaje ha perdido / todos sus colores”. Recuerdos de eriales, huertas y rastrojos. Certezas tiznadas de melancolía: “Y mis hijos no verán / aquellos lugares en los que pude dormir”. Lágrimas por lo que ya no existe. El olvido se hará cargo, sí, el olvido, ese proceso mental que Borges aseguraba que no existía: “Solo una cosa no hay. Es el olvido”, escribió Jorge Luis para la posteridad. Esta segunda mirada termina con un poema que dignifica el estoicismo: “La vida es la escritura sobre el agua, como una lágrima sobre la arena movediza”. Como poema estoico, aludiendo a Séneca y a semejanza del mensaje contenido en Las Meditaciones del emperador Marco Aurelio, Miguel Galanes defiende el valor de la clemencia y de la amistad, el desprecio por lo material y el control de las pasiones, también el saber esperar y el ser comprensivos. Debemos aceptar los caprichos de la fortuna. Sí, la vida es efímera, frágil, insignificante: “Tanto / esfuerzo debilita y acelera / el desarrollo hacia la muerte”, concluye en su poema “La mirada del equilibrista”.
La tercera mirada solo se mira a sí misma mientras asciende al ático de este retablo de versos. Allí no hay sanguinas sobre lienzo ni óleos sobre tabla, sino, quizá, un calvario esculpido en alabastro o, tal vez, la virtud de la esperanza tallada en mármol blanco. Ante la realidad de la sequía solo queda replegarnos a la intimidad y a la memoria. El tiempo se erige en inmensidad ante nuestra mirada. Surge la resiliencia ante el frío, el fuego y el temor. “Nos protege el silencio / si mudez somos cuando no nos escuchan”. Estoicismo ante la muerte. Solo la palabra nos salva. Esas palabras que yacen en el cieno del río, pero que aún habitan en la conciencia, las mismas palabras que el poeta lanzó al aire y que aún, allí, danzan, ríen, sueñan. Palabras que no ignoran que se convertirán en ceniza, en polvo, en esa entraña de turba que arde bajo el cauce extinto. Ya no hay río. Ya no hay cielo. Ya no hay luz. El silencio de las palabras. Sucumbir al empeño de los años. Sombras, silencio, tristeza. Nostalgia de una vida truncada. “Al final / la vida no vivida no es de nadie”. Hasta que en el poema “Tiempo falaz”, Miguel Galanes nos alumbra con la llama de la esperanza, de la alegría y de la paz: “El horizonte está más lejos y nada impide / dirigirnos más allá. / Un paso adelante. /…Cuando el pensamiento alarga el mundo”.
Porque la vida es siempre la misma: urgencias vanas, bagajes superfluos y deseos incumplidos. Cenizas, desdicha y ausencias. “Esa trágica ironía del sol que cae / sobre las cosas cuando se aleja en el crepúsculo”. Miguel Galanes nos regala un retablo sensorialmente ensamblado con tres miradas y una sonrisa. El paso del tiempo. La memoria. La infancia que nos habita. La fragilidad de la vida. La sed de Las Tablas de Daimiel. El fuego al nutrirse de la turba enterrada. Ríos de ceniza entre anhelos de agua azul. Caminar, siempre. Como escribió Nicolás del Hierro hace ya casi treinta años, Miguel Galanes “… vuelve con “Añil” a sus raíces para llenar el silencio y los espacios vacíos de una poética ecológica, una esperanza que, la naturaleza herida, invita la razón a comportarse”.









