Vencedores o vencidos es el título en español de la película de Stanely Kramer, Judgment at Nuremberg (1961), un drama judicial monumental sobre los juicios posteriores a la Segunda Guerra Mundial.
Obsérvese que del valor descriptivo del titulo en inglés, Juicios de Nuremberg, en español pasamos al valor moral de la oposición entre los que vencen y lo que son vencidos.
La película examina, por otra parte, la responsabilidad moral y legal de los jueces alemanes que colaboraron con el régimen nazi.
De igual forma que años más tarde, en 1987, en la Argentina de Raúl Alfonsín se eximió de ciertas responsabilidades desde la Ley de la obediencia debida (Ley 23.521)y de la Ley del punto final.

Que eximía de responsabilidades penales cometida entre 1976-1983, por debajo del grado de coronel.
Leyes que, finalmente fueron derogadas en 1998 y en 2003, la Ley 25.779 declaró nulas ambas normas, reabriendo los juicios por delitos de lesa humanidad.
Todo ello es parte del texto de Leila Guerriero La llamada, siguiendo la experiencia de Silvia Labayru. Aunque también haya picotazos del desaguisado en la sorprendente pieza de Manuel Puig, Pubis angelical.
Un recorrido, el relatado por Guerriero que comienza en Buenos Aires y concluye en Madrid. Donde aterriza Labayru huyendo de los milicos, tras su estancia en la Escuela de Mecánica de la Armada.
Leyendo La llamada, descubrí que Labayru colaboró con la editorial Celeste, el tiempo que la editorial de Fernando el Católico cobijaba la publicación de la revista Añil. De la que fui colaborador y miembro de su Consejo de redacción.
Y así se lo comenté a Miguel Ángel San José, responsable de la editorial y amigo desde entonces. “Sí es ella, Silvia”, me contesto a mi pregunta.
La obra de Kramer, por otra parte, es intensa, profundamente humana y una de las obras más respetadas del cine sobre justicia y memoria histórica.
En 1948, un tribunal militar estadounidense en Núremberg juzga a cuatro jueces alemanes acusados de crímenes contra la humanidad por aplicar leyes nazis que llevaron a la persecución, esterilización y muerte de miles de personas. El juez Dan Haywood debe decidir hasta qué punto la obediencia al régimen exime o no de responsabilidad moral y legal, mientras testimonios desgarradores revelan la complejidad humana detrás del horror.
En la disyuntiva de vencer o ser vencido, conviene anotar lo afirmado por el escritor Fernando De Rojas: ‘No es vencido, sino el que cree serlo’.
Que establece un principio de subjetividad en el acto de la derrota.
Lejos de la firmeza asegurada del vencimiento.
Como si la derrota fuera el reflejo que nos devuelve el espejo tras la mirada interrogada.
No se si podría aplicarse el mismo principio de subjetividad de las derrotas a las victorias.
¿Somos vencedores porque así lo creemos?
Como si ya el convencimiento de la victoria, o de su inversa la derrota, dependiera del punto de vista del narrador o del luchador.
Bien distintos en ocasiones.
Claro que cuando De Rojas, formula esa máxima, actúa como narrador único y no como un luchador en liza.
Y es que una cosa es narrar victorias (o derrotas) y otra diferente, vivirlas en primera persona.
No se cuenta y canta igual una victoria que una derrota.
Por que la diferencia fundamental es actuar/vivir frente al que cuenta/canta.
Estableciendo planos diferentes de la acción y del relato.
En esa línea de cómo se acomodan victorias y derrotas, la visión del poeta Claudio Rodríguez es reveladora.
‘Estamos en derrota nunca en doma’, afirmaba el poeta palentino en un verso del poema Lo que no es sueño, incluido en el poemario Alianza y condena (1965).
Que da cuenta de dos niveles de sometimiento.
No es lo mismo ser derrotado, que el que uno se entregue a esa misma derrota y la admita.
Que esa entrega sería, finalmente, la doma.
Seremos vencidos, pero eso no acaba con nuestro sometimiento.
Ello me lo solía recordar Antonio Martínez Sarrión, a quien Claudio había dejado una memorable marca poética.
Para otros, la lectura posible del verso fija un punto de inflexión en la vida y en sus meditaciones. Aunque la vida sea deplorable, aunque haya pesares, la dignidad humana no se rinde.











