Naturaleza e Inteligencia Artificial

Antonio Carmona.- El teólogo Thomas Berry, sacerdote católico que prefería definirse como “ecoteólogo”, solía advertir que cuando comenzamos a apreciar los bosques más por su valor maderero que por el simple hecho de existir, comenzamos también a perder el alma. Fue uno de los grandes pensadores del siglo XX, que estudió a fondo todo tipo de tradiciones religiosas y consiguió tender puentes entre ecología y espiritualidad. Estaba convencido de que si realmente queremos progresar deberíamos dejar de vernos como protagonistas de este escenario en el que nos arrogamos el derecho de servirnos del entorno. Mejor nos iría, aseguraba, adoptar el papel de “compañeros de viaje”, emprender una nueva relación como elementos armónicos con la Naturaleza, mientras disfrutamos de este regalo que se nos concedió: la VIDA en un extraordinario Universo.

Seamos conscientes de que la palabra “ecologismo” chirría. Nos chirría hasta a los que desde el principio hemos defendido sus auténticos postulados y no la tergiversación llevada a cabo desde su nacimiento, politizándola o bien disfrazando de ecologismo lo que no es sino un sustancioso negocio. Incluso la palabra “democracia” está empezando a chirriar en millones de oídos. Las etiquetas acaban asociándose a la realidad que representan, y la realidad que evocan ambos términos resulta cada vez más decepcionante para una parte creciente de la ciudadanía.

Entretanto, vamos observando como nuestra sociedad, el sistema en sí mismo, muestra claros síntomas de agotamiento. Si nos paramos a pensarlo, percibimos la magnitud del problema. Pero, ¿quién tiene tiempo para pensar dentro de este laberinto, este estilo de vida encorsetado, medio impuesto, medio elegido por nosotros mismos, cuya meta es una especie de felicidad prefabricada y uniforme?

En el fondo, muchos intuimos que ese supuesto “maravilloso mundo tecnológico” que creemos habernos dado, parece diseñado, ante todo, para perpetuarse a sí mismo. Eso no nos impide huir hacia delante por más que esta desenfrenada carrera esté dando muestras de acabar en colapso ambiental y desolación. Nos consolamos pensando que hoy se puede seguir viviendo así; mañana, dios dirá. Es un dios con minúscula de engranajes capitalistas y deshumanizados que ni siquiera nos es legítimo criticar. ¿Por qué? Porque nosotros somos el capitalismo. No podemos debatir sobre ello como un problema ajeno o coercitivo. No sería ético proclamarnos jueces de un mecanismo social del que somos componentes y formamos parte, una parte voluntaria, necesaria y activa. Asumamos nuestra cuota de responsabilidad.

Cuando el capitalismo, es decir, cuando nosotros miramos al pasado, siempre nos cabe argumentar que hemos sabido superar desafíos enormes —en peores plazas hemos toreado— y lo hacemos con esa insensibilidad que nos caracteriza, para evitar un pormenorizado análisis del inmenso reguero de devastación e injusticia social dejado a nuestro paso tras conseguirlo. Pero, si somos honestos, deberíamos reconocer que no sabemos si seremos capaces de afrontar los retos venideros con algún tipo de plan que vaya más allá de la improvisación y el cortoplacismo, tan provechoso para cualquier campaña electoral en las que no suelen caber los proyectos a largo plazo. Ya veremos cuál será la factura a desembolsar. Una factura que, sin excepción, paga un inmenso colectivo, el más desprotegido, y que ocasiona, en proporción inversa, el obsceno y “casual” enriquecimiento de unos pocos.

Cuando Thomas Berry falleció (2009), La IA apenas formaba parte de la conversación pública. Ni siquiera se menciona en sus libros (muy recomendables, por cierto). (¿)Afortunadamente(?), ahora sí ocupa titulares, crea expectativas desmesuradas y genera temores. Podríamos preguntarle a este nuevo oráculo si la sociedad actual se dirige a buen puerto siguiendo este rumbo, dando la espalda a la Naturaleza. Si me hicieran a mí esa misma pregunta, es decir, a una IdM (Inteligencia del Montón), contestaría que ninguna tecnología resolverá nuestros problemas hasta que no comprendamos algo esencial: la suma de cada uno de nosotros (somos millones), con su diminuta contribución, constituye la única esperanza de éxito. Yerra quien culpa o ensalza a la izquierda, a la derecha o a cualquier otro ideario político, sea el que sea. Es nuestra intrahistoria unamuniana, somos nosotros quienes podríamos dar un golpe de timón.

Nada se logrará hasta que dejemos de ser esa sociedad eternamente insatisfecha, atrincherada y cainita, embelesada en manos de la adicción, paralizada, desorientada, que en demasiadas ocasiones ni le gusta sus rutinas, ni su trabajo, ni entiende su cometido, aunque permanece encadenada a él porque cree no tener alternativa.

Por supuesto, la IA no contestaría en estos términos. Seguramente, su respuesta inmediata se acomodaría a la curiosidad del usuario preguntón (a quien conoce a fondo), ofreciendo una amplia variedad de posibles réplicas: desde tomar la radical decisión de volver a la mesura y equilibrio ecológico del Paleolítico o, por el contrario, avanzar a toda máquina (¿quién dijo miedo?), puesto que la imaginación humana y los recursos de la Madre Tierra son infinitos.

Al fin y al cabo, nosotros alimentamos a la IA o quizá sea más exacto decir que la IA se alimenta de nosotros, de nuestras debilidades, nuestras ansiedades y nuestras aspiraciones. Aunque conviene recordar que, efectivamente, existe una minoría privilegiada, una élite, que sí tiene la potestad de dar de comer a la IA, a la Bestia. Quizá debamos temerles a ellos más que a la propia IA, ya que pueden “cocinar” un menú a la carta para ocasionar un determinado tipo de digestión y unos efectos a posteriori incitadores de corrientes que vayan a favor de sus intereses. ¿Estarán aleccionando a la Bestia para que dé la patita cariñosamente, para que enseñe los dientes o para que se tire al cuello?…

Más nos vale no esperar a comprobarlo. Ocupémonos cuanto antes en construir una nueva relación con el mundo, así como un nuevo lenguaje para describirlo. Concibamos un ser humano regido por otros parámetros menos atento a las pantallas y la IA, más atento a sus “compañeros de viaje”, cualquiera que sea su origen. Pongamos más empeño y dedicación en escuchar e intentar interpretar al mar, el bosque, el río, la montaña, el viento…

El devenir permanece abierto, aún no está escrito. No renunciemos a participar en su redacción u otros lo redactarán por nosotros. Tal vez haya llegado la hora decisiva de iniciar nuestra RS (Revolución Silenciosa).

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