“Un barco no debería navegar con una sola ancla, ni la vida con una sola esperanza”
EPICTETO
(Filósofo griego)
Hace algún tiempo conocí una historia llamativa y sorprendente que se produjo en el mar Caribe en el año 1961. La llamaron Operación Dulcinea, aunque nada tenga que ver con la musa de don Quijote ni con su cuna en El Toboso.
Se trató del secuestro de un transatlántico de bandera portuguesa —llamado el Santa María— que había llegado a la ciudad venezolana de La Guaira el 20 de enero de ese año. Allí tomaron el barco varios pasajeros, entre los que había un numeroso grupo de unos veinte que eran españoles y portugueses que formaban parte del Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación, que se oponía a los regímenes de Franco en España y de Salazar en Portugal. Su líder era el portugués Henrique Galvão, al que acompañaban los gallegos Pepe Velo y José Fernández «Sotomayor», que estaban exiliados en Venezuela.
El plan consistía en llegar hasta Fernando Poo y, una vez conquistado, atacarían Guinea Ecuatorial y Angola, desde donde se iniciarían las acciones necesarias para derrocar los regímenes autocráticos de la península ibérica. El 22 de enero de 1961 se puso en marcha la Operación Dulcinea cuando un grupo de hombres armados irrumpió en el puente de mando del buque, tomando por sorpresa a los marineros y oficiales que allí se encontraban. Al mismo tiempo, tres guerrilleros ocuparon la estación de radio. Pero este asalto sería un mal principio, ya que causó la muerte de un oficial e hirió a dos marineros.

Para evitar males mayores, decidieron desembarcar a los marineros heridos junto a un médico del barco en la isla de Santa Lucía. Lo que provocó la difusión de su acción y que fuera conocida por la prensa internacional y por países como Gran Bretaña o EE. UU. Por otra parte, Portugal y España consideraron que este secuestro era un acto de piratería sujeto a las leyes del mar, por lo que exigían su captura y devolución a la península, además de la entrega de los secuestradores. Aunque no hicieron caso a estas pretensiones, fue el propio J. F. Kennedy, que acababa de llegar al poder, quien se interesó por este incidente.
Por orden suya, los EE. UU. comenzaron la búsqueda y localización del buque por toda la zona. Y el 26 de enero fue avistado por un avión de guerra norteamericano. El primer lord del Almirantazgo británico ordenó seguir la embarcación, pero sin abordarla. El almirante Allen Smith, de la US Navy, negoció por radio una entrevista personal con Galvão. Este aceptó y dirigió el Santa María rumbo al cabo de San Roque, en el nordeste de Brasil. Hasta que se materializó esta entrevista, Henrique Galvão «acepta la protección de naves estadounidenses contra los posibles ataques de la flota portuguesa y española».
El 2 de febrero por la mañana, escoltado esta vez por naves de la Marina de Guerra brasileña, el Santa María fondeó en un puerto de Pernambuco. Humberto Delgado —militar portugués contrario a Salazar— embarcó y mantuvo una reunión con Galvão primero, para seguidamente mantener una reunión con el Directorio al completo, donde se decidió desembarcar a los pasajeros y negociar con las autoridades brasileñas. El Gobierno brasileño no quería que el Gobierno de Portugal les pudiera reclamar, pero tampoco quería tomar la nave por la fuerza. Por eso, a Galvão y a sus hombres se les ofreció asilo político.
El día 3 de febrero de 1961, Galvão y sus hombres depusieron las armas y entregaron el barco al almirante brasileño Fernandes Dias, aceptando el asilo que les había ofrecido Brasil, donde fueron recibidos como verdaderos héroes.
Durante cinco años, el investigador vasco José Ignacio Carnero ha estudiado estos hechos y ha visitado y entrevistado a familiares de los personajes de aquel sorprendente suceso. Y después lo ha recogido en una novela titulada Los fabuladores, en la que, según él, trasciende lo acontecido en aquel secuestro para contar una vida real, pero también novelada, de los tres personajes principales. El portugués Henrique Galvão era capitán, Pepe Velo era poeta y José Fernández era el «comandante Sotomayor». Un relato en el que se nos cuenta la vida de estos exiliados, antes y después de aquel épico y fracasado secuestro.
Aunque no acabo de comprender del todo por qué le pusieron ese nombre a esta exótica y fracasada operación, quizás hay algo más íntimo en quienes así decidieron llamarla. Tal vez, como don Quijote tenía idealizada a su amada Dulcinea, estos hombres ansiaban tanto la vuelta a su país que habían idealizado su regreso, para lo que decidieron emprender una campaña tan osada como extravagante, tal como las que emprendía el Caballero de la Triste Figura para defender sus ideales y para desfacer entuertos.











