Reseña de Julián García Gallego
Este pasado sábado regresé a uno de esos lugares que no se visitan únicamente con los pies, sino también con el corazón. La Veleta, en Almagro, Ciudad Real, es mucho más que un espacio cultural. Es un refugio para el teatro, la poesía y la creación, un sueño levantado con el esfuerzo, la pasión y la entrega de Luis Molina y de Elena Etel Schaposnik, cuya huella sigue viva en cada rincón de este lugar mágico.
Durante un tiempo, La Veleta pareció guardar silencio. Un silencio inevitable tras la pérdida de Elena, uno de los pilares fundamentales sobre los que se construyó este proyecto. Sin embargo, hay fuegos que nunca llegan a extinguirse. Permanecen bajo las cenizas, esperando el instante preciso para volver a iluminarlo todo.
Y anoche lo hizo.
Bastó recorrer ese paseo entre árboles que conduce hasta el corazón del recinto, respirar el aire de aquel espacio abierto al cielo y sentarse frente al escenario para sentir que algo despertaba de nuevo. Que la cultura, la emoción y la vida regresaban a un lugar que jamás dejó de pertenecerles.
La encargada de avivar esa llama fue Covadonga Calderon de Haro con una interpretación sencillamente extraordinaria de Testimonio, una obra de teatro de Gladys Prince Sierraalta que encuentra en María Antonieta la voz de tantas mujeres rurales cuya existencia quedó demasiadas veces oculta tras el esfuerzo cotidiano.
Lo que vivimos fue mucho más que una representación teatral.
Fue una comedia íntima, humana y desgarradora por momentos. Un viaje por la memoria, la dignidad y la resistencia. Covadonga, dando vida a María Antonieta, fue capaz de quebrar el silencio, derribar barreras invisibles y llevarnos de la sonrisa a la emoción más profunda en cuestión de segundos. Jugó con el miedo, la tristeza, la rabia, la ternura y la pasión con una naturalidad que sólo poseen quienes entienden que el teatro no consiste en interpretar, sino en habitar cada palabra.
Hay monólogos que escuchan
Y ha monólogos que se sienten.
Este pertenece a los segundos.
Descalza sobre la tierra, como si bajo sus pies caminaran todas aquellas mujeres que la precedieron, consiguió que cada frase tuviera peso, que cada pausa respirara y que cada silencio hablara por sí mismo. Desde su garganta brotó la voz de generaciones enteras de mujeres que entregaron sus manos, su cuerpo, su juventud y sus sueños para sostener familias, hogares y campos que nunca dejaron de exigirles más.
Mientras la escuchaba, no podía evitar viajar a la vida de mis abuelas y de mis abuelos. A aquellos años donde el trabajo y el sudor parecían recibir distinto reconocimiento según quién los llevara sobre los hombros. Ellos regresaban agotados del campo y su esfuerzo encontraba un lugar visible. Ellas sostenían el mismo mundo desde la sombra, sin descanso y, demasiadas veces, sin el reconocimiento que merecían.
Pensé en todas aquellas mujeres valientes que hicieron de la resistencia una forma de vida. Mujeres que seguían adelante incluso cuando los huesos dolían, cuando el alma pesaba más de la cuenta o cuando la maternidad caminaba de la mano de jornadas interminables. Mujeres embarazadas que continuaban trabajando, cuidando, sembrando, recogiendo y sosteniendo hogares enteros mientras el tiempo apenas les concedía un respiro.
Y aun así encontraban dentro de sí esa pizca de arrojo capaz de mantenerlas erguidas. Esa fuerza silenciosa que les impedía rendirse. Esa dignidad que no se doblaba, aunque el viento soplara fuerte. Mujeres que aprendieron a avanzar entre las dificultades sin dejar de caminar, convirtiendo el sacrificio cotidiano en una de las formas más puras de amor.
Quizá por eso la interpretación de Covadonga resultó tan conmovedora. Porque no hablaba únicamente de María Antonieta. Hablaba también de nuestras madres, de nuestras abuelas, de nuestras bisabuelas y de tantas mujeres anónimas cuya historia rara vez ocupa titulares, pero sin las cuales no existiría el mundo que hoy conocemos.
Aún resuenan los aplausos.
Aún permanecen grabadas muchas de las palabras que Gladys Prince Sierraalta puso en boca de María Antonieta. Palabras sencillas en apariencia, pero cargadas de memoria, de verdad y de esa sabiduría que sólo poseen quienes saben mirar de frente la vida de las personas que rara vez ocuparon el centro de la historia.
Y aún sigue viva la emoción de comprobar que La Veleta vuelve a respirar con fuerza.
Gracias a Luis Molina por mantener encendida la llama cuando parecía más difícil hacerlo. Gracias a Gloria Nistal Rosique por recoger el testigo y continuar alimentando este milagro cultural. Gracias a Covadonga Calderon de Haro por regalarnos una interpretación memorable. Y gracias a Elena Etel Schaposnik, cuya presencia continúa habitando cada rincón de este lugar imprescindible.
Porque anoche no sólo asistimos a una obra de teatro.
Anoche fuimos testigos de algo mucho más importante: el regreso de un fuego que nunca dejó de existir.
Julián García Gallego #sinpalabrasmudas
Un recuerdo, desde mi corazón, al pueblo venezolano, y en especial a Gladys Prince Sierraalta, autora de esta obra, que tiene su alma puesta en su tierra. Un abrazo enorme.











