El lector baboso

Manuel Valero.- Como era tan raro se llevó Más allá del bien y del mal, de Friedrich Nietzche para leerlo en la playa. Decía que era su mejor método para no escuchar el griterío de los niños por donde el mar traza su bodoque ondulado con el ir y venir de las olas. Y se sentía bien con libro tan extemporáneo en un lugar luminoso y alegre, tomado por bellas mozas con el pecho a su vaivén mientras jugaban a voleibol. En realidad, era un fantasma como el de la Opera pero con menos clase, y creía que la gente se fijaba en él y lo miraba con cierta admiración tras leer el titulo de la obra de aquel loco que estaba leyendo. Era un impostor tan grande como un petrolero. De modo que hacía como que leía concentrado en las especulaciones alucinantes del alemán.

No era el único que leía. Había lectores que devoraban periódicos de papel, incluso, otros más contextualizados en los tiempos modernos consultaban la tableta y, por supuesto, lectores y lectoras, más estas que aquellos, que parecían beberse el último betseller bien promocionado, o el ganador del premio estafa nacional. Para darse importancia se llevó un tomo de filosofía profunda de tapas duras, impropias para la playa porque los ángulos se clavan en las piernas. Como un gallo se sentía o, para hacerlo más coherente con el entorno, como un escualo.

Hasta que una mañana, con la playa atiborrada de gente, de jóvenes que trataban de identificar el titulo y luego seguían bronceando los pechos de palomo, el balón Nivea de un pequeñajo golpeó el libro y lo mando hasta la lengua somera de la playa. Del libro surgió un móvil desde el cual el supuesto petimetre grababa a las chicas con su vaivén de tetas, salto que te salto en el deportivo golpear la pelota del voleibol. El teléfono cayó al lado de una sueca, pecio turístico de la era franquista, que vio la grabación. Lo increpó a voces de tal modo que convocó alrededor a un corrillo de curiosos. “Váyase de aquí, baboso”, dijo la sueca en español entendible y coherente.  Abochornado le cogió el móvil a la vikinga y se fue de allí a saltitos ridículos para no cocerse los pies en la arena. El libro se lo llevó un lengüetazo de mar y los deshojó. Los niños jugaban a darle patadas a las hojas flotanderas y a hacer gurruños para  tirárselos como bombas de mano.

FIN                       

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