Igual que desterramos el machismo del lenguaje, desterremos el cáncer como insulto

Convivir con un diagnóstico de cáncer cambia radicalmente la perspectiva del mundo. Quienes transitamos este camino, quienes experimentamos en nuestra propia piel la incertidumbre, el desgaste de los tratamientos y el peso de una enfermedad real, aprendemos a valorar cada segundo de existencia y a aferrarnos a la vida con uñas y dientes. Por eso, resulta desgarrador y profundamente doloroso encender el televisor o abrir un periódico y escuchar a un alto cargo político utilizar la palabra «cáncer» como el peor de los insultos posibles.

Cuando un líder público, desde su posición de poder y con un micrófono que amplifica su voz ante millones de ciudadanos, afirma que una ley, unas bajas laborales, una gestión o un rival político es «un cáncer que destruye el país», está cometiendo una profunda injusticia. Está despojando a una palabra dolorosa de su realidad médica y humana para convertirla en un sinónimo de corrupción, podredumbre y maldad.

¿Se han parado a pensar, desde sus cómodos despachos, en el impacto de sus palabras? Detrás de esa palabra que usan a la ligera para arañar un puñado de votos o atacar al adversario, hay miles de hombres y mujeres en hospitales. Hay pacientes que hoy reciben quimioterapia, familias que contienen el aliento esperando un resultado, y personas que desde colectivos como PROSVIDA intentamos romper el silencio para exigir prevención y cribados que salven vidas.

¿Saben estos políticos que cuando una persona enferma y pide la baja sufre un castigo económico inmediato en su nómina? En nuestro sistema actual, estar enfermo cuesta dinero y destruye el poder adquisitivo de las familias. Desde PROSVIDA queremos lanzar una petición clara a las instituciones, en lugar de recortar el salario a quien padece una incapacidad temporal, el sueldo debería incrementarse. Es precisamente durante una enfermedad larga, como el cáncer, cuando más necesidades se tienen y cuando los gastos de los hogares se multiplican exponencialmente entre desplazamientos, tratamientos y cuidados en el hogar. La vulnerabilidad física no puede verse agravada por la asfixia económica.

Asociar nuestra enfermedad con lo más ruin y destructivo de la sociedad nos estigmatiza. Nos hace sentir que cargamos con una maldición moral en lugar de con un proceso biológico. Es una falta de sensibilidad intolerable, pero lo es aún más cuando proviene de quienes tienen o aspiran a tener la máxima responsabilidad de cuidarnos, de gestionar la salud pública y de dar ejemplo de civismo. Estar enfermo no es una elección; tener que parar para salvar la vida es un derecho y un acto médico, no un fraude que quiebre el sistema.

La política actual parece haber perdido el filtro de la compasión, sustituyendo la altura de miras por una agresividad verbal que todo lo salpica. No somos una metáfora de la corrupción. No somos el ejemplo de lo que está mal en el mundo. El cáncer es una realidad dura con la que convivimos miles de españoles, una realidad que se combate con ciencia, inversión sanitaria, prevención y humanidad, no con discursos cargados de desprecio.

Es hora de que la sociedad civil reaccione. Hace años entendimos, como colectividad, que no podíamos seguir tolerando el lenguaje del machismo; asumimos que ciertos chistes, expresiones despectivas y licencias verbales debían desterrarse porque normalizaban la violencia y humillaban a las mujeres. Hoy debemos exigir exactamente la misma sensibilidad y el mismo nivel de evolución lingüística con la salud. Utilizar un diagnóstico oncológico real para descalificar procesos sociales debe empezar a ser visto como lo que es, una conducta socialmente inaceptable y un síntoma de atraso moral. De la misma manera que censuramos las expresiones machistas en el debate público, debemos censurar la mercantilización y el uso despectivo de la enfermedad.

Desde PROSVIDA, donde defendemos la vida, la dignidad de los pacientes y la necesidad urgente de humanizar la sanidad, exigimos respeto. Señores políticos —tanto los que ocupan el poder como los que pretenden alcanzarlo—, midan sus palabras. Y a ustedes, ciudadanos, les pedimos que no dejen pasar ni una sola de estas analogías crueles. Dejen de usar nuestro dolor como un arma arrojadiza o una analogía económica. La verdadera madurez de una sociedad y de sus gobernantes se demuestra en la sensibilidad hacia los más vulnerables, y usar el nombre de nuestra batalla diaria como un descalificativo solo demuestra una tremenda miseria intelectual y afectiva. Respeten nuestra lucha. Respeten nuestras vidas.

Julio Criado García
PROSVIDA (Próstata y Vida)

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