Futbolerías

Al día de hoy, y tras muchos desvelos reflexivos, no encuentro una explicación convincente del valor de representación del futbol en las sociedades modernas del siglo XXI.

Y de su significado en el plano simbólico de toda representación social.

No encuentro una explicación posible de su enorme visibilidad informativa en tiempos de multiplicación informativa y de paralelas escaseces de otros asuntos relevantes, pero menos tocados de gracia.

Ni desde la apoyatura de la teoría del juego en sociedades adultas, hasta los trabalenguas de Vujadin Voskov de “futbol es futbol” que se enseñoreó en los años ochenta del siglo pasado.

Hay todo un imaginario simbólico despejado de verdades y florecillas, que campean en las afirmaciones de Pedro Escartin, de Johan Cruif, de Alfredo Distefano o de Vicente Verdú.

Ni desde las cartas reflexivas de Martín  Caparrós y Juan Villoro, publicadas como aperitivo balompédico en el diario El País, a los textos de un protagonista destacado como Jorge Valdano, se produce algún esclarecimiento conceptual.

Por ello, cabría preguntarse ¿Cuál es el significado real del fútbol masculino adulto en sociedades blandas?

Dicho todo esto, tras la barahúnda informativa del mundial recién concluido en este 2026.

Celebrado en Estados Unidos, Canada y México con un fin de fiesta propio de las grandes ligas deportivas de los USA.

Donde prevalece más el espectáculo y el comercio que el deporte.

Que ha concluido, finalmente, con la victoria de la selección española, obteniendo su segundo título en un mundial, tras el de 2010 en Sudáfrica.

Todo ello, partidos, post partido, victorias y trofeos, vivido desde una sobreabundancia informativa, digna de  mejores empeños.

Abundancia informativa muy publicitada por los patrocinadores y las cadenas informativas titulares de derechos de difusión.

Y abundancia celebrativa muy recorrida por valencias económicas.

Como reflejan el precio de las entradas en el Met Life estadio de New Jersey, que ascendían –la más barata– a 4.000 €, o la prima recibida por los jugadores españoles de 750.000€.

Jugadores, que al margen de ello, cuentan con retribuciones millonarias en sus clubes de origen, como medida de la espectacularización del negocio.

Sin descontar los 50 millones que se embolsará la Real Federación Española de Futbol.

Esa suerte de patronal federativa del deporte que gobierna el proceloso mundo del fútbol y sus realidades económicas.

Y que desemboca en la más que confundida FIFA, gobernada por el insolente Infantino. Una especie de Donald Trump del deporte del fútbol. Una especie de Rey Midas del fútbol, convirtiendo en oro todo lo que reluce y se publicita.

Los partidarios del festival balompédico aducen como elemento positivo la construcción de la identidad nacional (¿…?) que se deriva de todo ello. Una suerte de aprendizaje de la sentimentalidad nacional.

De lo cual da muestra ese nutrido grupo de participantes del seleccionado envueltos en banderas regionales, como muestra de su procedencia y como orgullo identitario de sus orígenes.

Aunque esto, al 20 de julio, no ha hecho más que empezar. Con las celebraciones esperadas a lo largo de la tarde y de la semana nacional en celebración del título.

Ante tal ruido informativo repetitivo, la elocuencia silenciosa de las viñetas de El Roto.

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